Las
relaciones entre gobierno y oposición admiten diversas
modalidades, relacionadas con el sistema de gobierno, el
sistema de partidos, la arquitectura política emergente de
las elecciones y la cultura política. En el caso uruguayo el
sistema de gobierno es de tipo semipresidencial o
semiparlamentario, más presidencial que el sistema francés,
mucho más presidencial que los sistemas parlamentarios puros
(como el alemán, español, italiano o israelí), más
parlamentario que los sistemas presidenciales puros
(Argentina, Brasil, Estados Unidos).
En esencia, aparecen los siguientes
caminos:
Uno. El presidente de la República
puede administrar el país sin necesidad de mayoría
parlamentaria, siempre que cuente con un mínimo de 13
senadores o de 40 diputados – indistintamente lo uno o lo
otro - a los efectos de poder ratificar los vetos a leyes
sancionadas que considere inconveniente.
Dos. Requiere contar con un mínimo de
43 legisladores para evitar la censura inexorable del
Consejo de Ministros o de ministros individualmente; aunque
con ello no evita las censuras, pero conserva la carta de
mantener al o a los ministros censurados, disolver las
Cámaras y convocar a nuevas elecciones.
Tres. Requiere una mayoría de 16
senadores y 50 diputados para poder sostener el gabinete
(evitar toda censura) y llevar adelante su programa
legislativo
Además de cualquiera de las tres
alternativas, requiere conformar mayorías especiales de 21
senadores y 66 diputados para lograr determinadas reformas,
como por ejemplo las que impliquen enmiendas
constitucionales, electorales o algunas referidas a
seguridad social.
Esta descripción permite ver que un
presidente requerirá más o menos apoyo parlamentario según
el nivel de reformas que desee adoptar y según el nivel de
confrontación o estabilidad con que quiera que navegue su
gabinete. Por otro lado, la arquitectura parlamentaria
emergente de las elecciones es fundamental para ver qué
necesidad de acuerdos políticos requiere el Poder Ejecutivo;
lo elemental es si el partido de gobierno cuenta por sí solo
o no cuenta con mayoría en ambas cámaras.
Por primera vez desde las elecciones
de 1966 un partido obtuvo ese requisito. El partido del
presidente pues tiene una mayoría parlamentaria cómoda, ya
que cuenta con un senador excedente y dos diputados
excedentes. Pero toda mayoría depende no solo de lo
cuantitativo sino de lo cualitativo, del nivel de solidez y
disciplina del partido. Un senador y dos diputados carecen
de poder alguno, pero dos senadores por un lado o tres
diputados por el otro tienen el poder de dejar al presidente
sin mayoría y, por ende, presionar en temas clave para su
gobierno, como son en general los trámites presupuestales,
tratados internacionales clave (como en este periodo la
ampliación del Mercosur, creación de su Parlamento, tratados
con Estados Unidos de América) o leyes de reforma profunda
(como vienen siendo la tributaria o la del Sistema Nacional
Integrado de Salud)
En el primer año de gobierno el
presidente tuvo un solo problema (que lo zanjó con su dictat
y tuvo como consecuencia la dimisión de un diputado y la
omisión de un senador) y algunos escollos menores. En el
segundo año de gobierno hubo varios problemas reales y otras
tantas amenazas, que determinaron la larga negociación de la
reforma tributaria y otros escollos algo mayores. En el
tercer año las señales de disidencia son mayores, aparecen
desafíos varios, particularmente en el tema de las
violaciones a los derechos humanos ocurridas en los años
setenta y eventualmente sesenta, y también en materia
presupuestal. El poder de dictat del presidente aparece
disminuido, y en junio ya no exhibe la fuerza y el esplendor
que lucía en marzo, como quien dice, el invierno es más duro
que el verano.
Muy oscilante ha sido la relación del
presidente y el Frente Amplio con la oposición en general, y
con las partes de la oposición en particular. En términos
concretos ha habido un juego de gobierno de mayoría con la
minoría en la oposición pura y llana. Son muy pocos los
acuerdos prácticos: con toda la oposición y luego de un
juego duro de tira y afloje (con interpelación de por medio
y jugadas gubernamentales de dudosa constitucionalidad), la
designación del Fiscal de Corte; con el Partido
Independiente, un miembro en el Directorio del Banco de
Seguros del Estado, que le fue quitado al fallecimiento del
titular. En el plano de las declaraciones y los gestos puede
señalarse que ha predominado la tirantez recíproca más que
el diálogo y el entendimiento. Todo ello condimentado por
los estilos personales del jefe del gobierno y del jefe de
la oposición.
El presidente siente que está sentado
sobre una mayoría frágil. La contestación desde la izquierda
es creciente. Los movimientos sociales - y el movimiento
sindical en particular - acrecientan las críticas y alzan
cada vez más fuerte la voz. Diversos sectores
frenteamplistas disienten públicamente con el presidente. No
sabe qué pasaría ante un nuevo dictat, si será obedecido
como lo fue en oportunidades anteriores, y en particular en
diciembre de 2005. La mejor forma de fortalecerse es tener
la carta de acuerdos con la oposición (con toda ella, con la
mayoría, con una parte significativa), como para combinar el
dictat con la amenaza de jugar esa carta, de tornar en
prescindible los senadores y diputados decisivos. Esa es una
muy buena razón para acercarse con la oposición, primero por
la vía gestual, después – y es lo que hay que ver si ocurre
– a través de los hechos. Además, un acercamiento con la
oposición le sirve para despolarizar la relación de la
población con el gobierno. La forma en que terminó llevando
a término la compleja convocatoria para el 19 de junio
permite ver - como una de las múltiples y significativas
señales de ese acto – que es probable que transite por este
camino.
La oposición, al menos la mayoría de ella, siente que
tampoco le sirve la crispación permanente. No fortalece al
liderazgo de la oposición decir siempre que no; le sirve
decir que no es afecto a decir siempre que no, sino que no
ha tenido más remedio que hacerlo, que le gustaría alguna
vez decir que sí, poder acordar algunas cosas, aunque fueren
pocas pero trascendentes. Esto también explica – asimismo en
un mar de múltiples y significativas señales – la actitud de
buena parte de la oposición, de una gran mayoría de ella,
este 19 de junio en la Plaza Independencia.