Hay
cierta creencia de que Uruguay era un país tranquilo,
afable, tolerante, próspero, profundamente creyente en la
democracia, confiado en sus instituciones, dirigido por
políticos altamente prestigiados en la sociedad; y que una
buena noche, una persona con vocación de dictador e
indiscutible filosofía falangista, ocasionalmente presidente
de la República, se le ocurrió dar un golpe de Estado, con
la complicidad de algún que otro general, que luego llegaría
a detentar la banda presidencial. Otra creencia concordante
es que ese golpe de Estado fue dado por ese puñado de
tenedores de la fuerza contra la casi totalidad del pueblo
uruguayo.
La realidad es otra. Hubo segmentos
significativos de la sociedad uruguaya – quizás
mayoritarios, quizás no – que en el error o en el acierto
consideraron que el país estaba en crisis y en caos,
flagelado por la corrupción y la subversión, y que requería
el restablecimiento del orden mediante un gobierno
autoritario. Hubo segmentos tan significativos – también
quizás mayoritarios o quizás no – que se opusieron al golpe
de Estado. Y una parte minoritaria de ese segmento opositor
tradujo la oposición en resistencia, con el consiguiente
costo de gente que sufrió prisión, exilio o ambas cosas (de
paso, este analista se cuenta en esta categoría), o que
perdió sus empleos o quedó proscripto de todo trabajo que
rozara con lo intelectual o lo estatal, o que sufrió tortura
o vio la muerte. Y a favor o en contra del golpe, y muchos
primero a favor y luego en contra, y unos cuanto ni fu ni
fa, resolvieron que su postura fuese conocida tan solo por
el silencio de su conciencia.
Una gran hazaña del pueblo oriental
fue haber derrotado en plebiscito al proyecto constitucional
que instauraba un régimen de institucionalidad tutelada por
las Fuerzas Armadas, con un aplastante 58% por el NO. Pero
tan importante como ello es que, a siete años y medio del
golpe, ya con una buena cantidad de presos,
torturados, muertos, desaparecidos, exiliados, destituidos y
proscriptos, el 42% de la población dio el SI al proyecto
dictatorial. El plebiscito diseña el mapa de una sociedad
dividida en dos, donde el NO fue una vez y media el SI, pero
éste reflejó el sentir de cuatro de cada diez uruguayos.
Tampoco el golpe vino por casualidad y
por algo no ocurrió en el eje de Maracaná. Vino al cabo de
casi dos décadas de persistente caída libre, agotado el
modelo que llevó al país a los primeros lugares en el mundo,
viendo que los países de donde emigraron los abuelos vivían
mejor que este país de llegada, con inflación galopante
(llegó a pasar el 150% anual), caída persistente del ingreso
de los hogares, reiteradas crisis bancarias (algunas de
ellas delictivas, que dieron con los huesos de los socios y
directores de los bancos en la cárcel) que hicieron perder
los ahorros a cientos de miles de hogares, y por encima de
todo, una carencia de diagnóstico por parte de la clase
dirigente, que tan cerca del golpe como en 1966, creía que
el gran problema era de arquitectura constitucional y el
remedio la supresión del Poder Ejecutivo colegiado y su
sustitución por un presidente de la República, además con
poderes gaullistas.
En esos años sesenta grupos de jóvenes
de izquierda inician el camino de la lucha armada para
cambiar la sociedad, eliminar el capitalismo, lograr la
segunda y definitiva independencia y construir el hombre
nuevo. No fue un alzamiento contra una dictadura, ni contra
excesos autoritarios puntuales o permanentes. Fue algo más
de fondo: el sueño de un mundo distinto y mejor. Más aún, se
cuestionaba la calificación de democrático a todo sistema
basado en el capitalismo, en la economía de mercado. Y otra
izquierda que no comulgó con la lucha armada – más fuerte y
poderosa, con más base popular – profundizó la organización
y lucha del movimiento sindical hacia la concientización de
los asalariados en los conceptos de lucha de clases; si bien
toda su acción se realizó dentro de la institucionalidad
democrático-liberal, predicaba contra sus principios. El
punto de convergencia de unos y de otros fue la superación
del sistema institucional llamado democrático-liberal
asentado en una economía de mercado, en un sistema
capitalista.
El cuadro se completa con una
dirigencia política que fue perdiendo sintonía con la
población y no se dio cuenta de ello (una frase usual: “la
gente vota igual”, sin medir que ese voto ocultaba un
compromiso cada vez menor). Esa pérdida de sintonía tuvo
mucho que ver con la exacerbación del clientelismo y el
patronazgo estatal, que llevó a que casi todo ingreso a
cualquier empleo estatal requiriese la recomendación
política y se adjudicase por cuota política, así como casi
cualquier ascenso en los escalafones de la administración
pública, o la obtención de una tarjeta para poder adquirir
leche a precio subsidiado, o tener un teléfono en la casa, o
lograr el “pronto despacho” imprescindible para que la
jubilación o la pensión se aprobasen. Mucha gente – los
militares entre ellos – confundieron clientelismo con
corrupción, entendiendo por corrupción el apropiarse de los
dineros públicos o usar la influencia para amasar fortunas.
Y esta creencia se consolidó con el juego de los propios
políticos y medios de comunicación de realizar fuertes
campañas de denuncia ética contra los otros políticos. Tuvo
que pasar toda una dictadura, dedicada entre otras cosas a
buscar y rebuscar en las cuentas de los políticos, para que
en lugar de un mar de corrupción encontrasen algunas gotas
aisladas, lo que precisamente fue uno de los elementos que
permitió a esa misma clase política emerger re-prestigiada
al restaurarse las instituciones.
Las líneas anteriores son trazos al
carbón, deshilvanados, sin jerarquización de los hechos,
como un mero llamador a una gran asignatura pendiente del
país: analizar y discutir, con cabeza fría y sin
apasionamiento, sin dedos índices alzados, para diagnosticar
qué es lo que llevó al golpe de Estado, y antes del golpe de
Estado qué es lo que llevó a la violencia y a la
intolerancia. Solo cuando se sabe por qué ocurrieron las
cosas es cuando se está en condiciones no solo de decir
“Nunca más”, sino efectivamente de lograr un “nunca más”, de
evitar que las cosas se repitan. Porque si las causas se
repiten, es muy difícil que no se repitan las consecuencias.
Perseguir el “nunca más” implica llenar esta asignatura
pendiente, de leer el pasado reciente y entenderlo en
profundidad.