Al
instalar su gobierno Tabaré Vázquez hizo una jugada riesgosa
al integrar al gabinete ministerial a los líderes
sectoriales. En su contra se jugó la tesis de que los
ministros son fusibles y esa función de fusibles es difícil
que pueda ser cumplido por un líder sectorial: remover a la
cabeza de un grupo con una cantidad significativa de votos y
un no menor respaldo de legisladores, deviene en un acto
difícil cuando no temeraria. Esta tesis en principio adolece
de una visión excesivamente presidencialista, es decir, ve
al sistema uruguayo como un régimen presidencial al estilo
argentino o norteamericano; y en un régimen presidencial los
ministros, los jefes de departamento o de dicasterio,
ofician como auxiliares del presidente, como secretarios del
jefe de Estado-jefe de Gobierno. En un régimen
semiparlamentario como el uruguayo, los ministros no son los
secretarios del presidente, sino miembros del Consejo de
Ministros a la par del presidente, que no solo aportan su
calidad política y técnica, sino su propia fuerza
parlamentaria para conformar la mayoría parlamentaria que la
constitución exige al Consejo.
Entonces, ver al sistema uruguayo como
semiparlamentario, ayuda a ver la importancia de que los
jefes de corriente político se sienten en el Consejo de
Ministros ¿Qué aportan? En primer lugar su fuerza ante la
opinión pública. Pero sustancialmente, que tras ellos hay un
conjunto más grande o más pequeño, pero siempre relevante,
de senadores y diputados, que otorgan apoyo al gobierno. Ese
apoyo se traduce en el voto para evitar la censura
parlamentaria, pero más asiduamente en votos para la
aprobación de las leyes en general, de las leyes que el
gobierno considera relevantes y en particular de las leyes
presupuestales, que en este país lo son el Presupuesto
Nacional quinquenal y las rendiciones de cuenta anuales.
La otra innovación de Vázquez fue
hacer funcionar eficazmente el Consejo de Ministros, en
forma semanal, como el ámbito de acuerdo de los ministros
con el presidente, de deliberación de los ministros entre
sí, de deliberación colectiva de los ministros con el
presidente y de aprobación colectiva de las decisiones del
Poder Ejecutivo. Con un esquema de tal naturaleza, va de
suyo que lo aprobado por el Consejo cuenta con el apoyo
mayoritario de ambas cámaras y el apoyo del partido político
oficialista. Y va más de suyo que cuando lo que decide el
Consejo de Ministros es la remisión al Poder Legislativo de
un mensaje y proyecto de ley, y además ese proyecto cuenta
con la firma de todos y cada uno de los ministros, se supone
que cuenta con el respaldo suficiente para asegurar su
pronta aprobación parlamentaria.
Esta hipótesis no ha funcionado
plenamente, y en los últimos tiempos ha fallado
ostensiblemente. La Rendición de Cuentas fue enviada al
Parlamento con la firma de la totalidad de los ministros de
Estado y el aval del vicepresidente de la República y del
director de Planeamiento, lo que quiere decir, además, con
el apoyo del presidente del Frente Amplio, del líder del
Espacio 609, del presidente del Partido Socialista, del
líder de la Vertiente Artiguista, de la primera figura
electoral de Democracia Avanzada (1001, Partido Comunista y
aliados), de las tres figuras liderales de la Alianza
Progresista y naturalmente del jefe del equipo económico y
líder de Asamblea Uruguay. Por su parte, el Nuevo Espacio
aparece reflejado en el equipo económico. En otras palabras,
las cabezas de las siete corrientes frenteamplistas más la
cabeza del propio Frente Amplio, más el presidente de la
República, respaldaron la Rendición de Cuentas.
Sin embargo, a los pocos días muchos
de los propios firmantes expresaron públicamente sus dudas
con lo firmado, y los diputados de la mayoría de esas
corrientes emprendieron una protesta o rebelión, que tuvo
como mensaje presidencial el destacar la separación de
poderes. Más allá de la discusión conceptual sobre la
autonomía de los parlamentarios y la disciplina partidaria,
hay algo que no funciona.
Las explicaciones son varias pero
todas muy simples. Y en una de ellas o en una combinación de
las mismas debe estar la realidad. Una es que los líderes no
son tales, sino quizás primum interpares, y por tanto sus
votos en el Consejo de Ministros comprometen por igual a un
presunto líder sectorial como a un ministro sin filiación
político. Otra es que los líderes actúan como tales, pero su
liderazgo está en cuestionamiento por sus propios
legisladores. Una tercera es que esos líderes no libran la
pelea correspondiente en el ámbito del Consejo de Ministros,
y dejan el combate para la vía pública (por sí mismos) y
para el Parlamento (por la interpósita persona de sus
parlamentarios).
Quizás la lección más fuerte que surge
es que al Frente Amplio le faltan ámbitos donde discutir y
resolver los problemas. Como ámbitos hay demasiados, se
trata de definir aquéllos en que todos acuerden dirimir las
diferencias. Porque está el Consejo de Ministros con todos
los líderes o figuras referenciales sentados allí (con la
excepción de Michelini), está la Agrupación de Gobierno y
está la Mesa Política del Frente Amplio y en alzada el
Plenario Nacional. Sin embargo, lo que predomina no es la
discusión en un lugar específico, sino por múltiples vías y
formas, y la resolución por la vía fáctica del juego de
pesos y contrapesos, de poderes y contrapoderes.
Si esto no se soluciona, a medida que termine de trasponerse
las diferentes barreras que diferencian la primera de la
segunda parte, en cuanto se acerquen más los tiempos
electorales, el problema se va a complicar más. Y 2008 es el
año decisivo en materia presupuestal, el último antes de las
elecciones, en que se dan las señales finales para el
conjunto de la población y para todos y cada uno de los
segmentos específicos.