A
lo largo del siglo XX la sociedad uruguaya moldeó una
cultura de fuerte subvaloración de la actividad comercial y
de la actividad empresaria en general, así como la visión
despectiva de la ganancia, del lucro. Las actividades
económicas de más prestigio se situaban en el ejercicio de
las profesiones universitarias (con los médicos – los
doctores – en un pedestal), el trabajo intelectual y la
producción rural. Con menos prestigio pero igual decoro, el
trabajo manual independiente y toda labor realizada en
relación de dependencia (la del empleado, del obrero). Lo
opuesto, en las actividades más cuestionables se ubicaban
el comercio - más aún el de intermediación – y todo lo
empresario en general.
Puede considerarse que este imaginario
aparece fuertemente cuestionado a través de la fuerte carga
ideológica de la campaña electoral de 1989 y del gobierno
presidido por Lacalle. Pese al resultado del referéndum
sobre la Ley de Empresas Públicas, al despuntar de los años
noventa comienza a darse una ruptura de la visión hegemónica
y la aparición de tres segmentos bastante equilibrados en el
pensamiento de la sociedad uruguaya: alrededor de un tercio
con fuerte adhesión al Estado fuerte y protector combinado
con una economía relativamente cerrada; otro tercio adhirió
a la postura contraria, de valoración del mercado y la
actividad empresaria, combinado con la apertura de la
economía; y un tercer segmento quedó en el medio, ya fuere
con posturas intermedias, con posiciones mixtas o
directamente oscilantes. Más o menos una década dura este
quiebre del imaginario tradicional. Hasta que llega primero
la fuerte recesión de comienzos de los años dos mil y luego
el descalabro del 2002. Entonces se produce el retorno
mayoritario - que cubre alrededor de siete de cada diez
uruguayos – al imaginario estatista y proteteccionista, o de
dudas de una economía abierta. Pero sobre todo, un retorno
al cuestionamiento de la ganancia, de la actividad
empresaria, inclusive de la labor profesional independiente
y la máxima exaltación del trabajo en relación de
dependencia.
Cuando el Tercer Milenio daba ya sus
primeros pasos, en Uruguay se produce el gran cambio
histórico del acceso a la titularidad del gobierno de un
tercer partido, el Frente Amplio por su nombre oficial, “La
Izquierda” por su apodo. Puede considerarse que el triunfo
de La Izquierda es el retorno al gran imaginario uruguayo
cuyo culmen se da por los años cincuenta, del estado fuerte,
protector y paternalista en medio de una economía cerrada,
es decir, el retorno al segundo batllismo; o puede
considerarse que es el triunfo del pensamiento realmente de
izquierda, de raíz marxista o por allí. Como fuere, y aún
matizando mucho lo uno y lo otro, lo que no hay duda es que
significa el mayor alejamiento del ideario del mercado y la
apertura, que pasará a ser sostenido por una minoría –
significativa, de peso en la conducción económica, pero
minoría al fin – del gobierno, frente a una nítida mayoría
de pensamiento estatista y refractario a la apertura.
Otro hecho de relevancia es que en
Uruguay el sindicalismo surgió fuertemente politizado, a
impulsos de las concepciones marxistas y libertarias, con
aportes posteriores del social-cristianismo, con un fuerte
contenido clasista y una clara visión política del país. Ese
sindicalismo desarrolló siempre vasos comunicantes con los
partidos políticas de izquierda y concibió la lucha sindical
como una forma de lucha política (en sentido amplio). Los
dirigentes sindicales se formaron en la conducción de
estructuras, en la obtención del seguimiento de sus
representados, en la lucha de fracciones, en los manejos de
una forma de la política; y además, en la comunicación hacia
la gente y la búsqueda de la captación de la gente.
Aprendieron de la necesidad de definir objetivos, medir el
espacio y el tiempo, contabilizar fuerzas, movilizar,
avanzar y retroceder. Con el cambio de gobierno el
sindicalismo sale del rincón, entra al centro de la escena,
crece espectacularmente en representación y mucho más en
peso político. Logra por sí, o a través de sus vasos
comunicantes con las estructuras partidarias, marcar buena
parte de la agenda del nuevo gobierno.
Frente a ello aparece un empresariado
con escaso manejo político, una muy fuerte ideologización y
escaso sentido de la comunicación hacia la opinión pública.
Ni las grandes cámaras empresariales ni las asociaciones
representativas de comerciantes pequeños y medianos, de
almaceneros y baristas, habían necesitado hasta ahora de
luchas por la conquista de la opinión pública, ni de peleas
que se disputan con el trasfondo de los imaginarios
dominantes en la sociedad.
Así se observa:
Uno. Un desajustado manejo del tiempo,
que llevó a salir a la defender sus intereses a posterior de
adoptadas las medidas de gobierno y no antes, e inclusive
antes de que tomase impulso la elaboración de las mismas. Al
respecto son claros los ejemplos de las leyes que establecen
el fuero sindical y las que regulan las ocupaciones
sindicales y las tercerizaciones.
Dos. Una apelación a fundamentos
ideológicos de fuerte libremercado, en oposición al
pensamiento dominante en la sociedad, sin la realización de
los esfuerzos para presentar las posturas empresariales a
partir de ese imaginario dominante, de buscar puentes entre
los intereses empresarios y el pensamiento mayoritario de la
sociedad.
Tres. El dejarse arrinconar por el
discurso oficial y hasta dejarse endilgar la calidad de
chivo expiatorio, como sucede actualmente con la carne, el
pan y los precios de artículos de la canasta básica, y en
particular con los carniceros y los almaceneros de barrio.
El empresariado
uruguayo, grande, mediano y pequeño, sufre un desfasaje con
el cambio operado en la sociedad. En particular sufre la
crisis de tener que cumplir un rol político y comunicacional
para el que no está preparado. Y a diferencia de la
tradicional relación sindicatos-izquierda, no se ha generado
un correlato de eficiente manejo político entre empresariado
y partidos tradicionales, ni tampoco el empresariado ha
logrado hacer base, tener defensores, al interior del propio
Frente Amplio.