La
conducción y la gestión de los entes autónomos tienen mucho
que ver con la concepción ideológica del Estado. La
conducción en el sentido político que refiere a los
directores designados políticamente, y la gestión en el
sentido de administración, de los cuadros ejecutivos o
gerenciales cuya impronta puede ser – al menos en plazos
determinados – de mayor impacto sobre las políticas de los
entes que la acción de los propios directorios. A lo largo
de los último cuatro décadas el debate ideológico ha
impactado sobre el lenguaje: se habla de entes autónomos o
de empresas estatales; de clientes o de usuarios; de
servicio público o de marketing.
Son diversas las variables que juegan
en la definición ideológica del tema. No solo una, sino
varias que se interrelacionan. Para señalar algunas, si de
las más importantes, pero quizás no todas, cabe mencionar:
Uno. La dicotomía entre ser organismos administrativos (con
autonomía o descentralización, pero administrativos al fin)
o ser empresas.
Dos. La dicotomía entre ser un servicio público de finalidad
pública, cuyo objetivo central es el servicio a la sociedad
en su conjunto y a la mayor cantidad de integrantes de la
misma, o ser una empresa comercial cuyo objetivo principal
es lograr la mayor cantidad de clientes o la mayor
rentabilidad.
Tres. La opción por la calidad de empresas o entes
monopólicos, la de estructuras estatales en competencia
privilegiada con la actividad privada, o con competencia
igualitaria con la actividad privada, o lisa y llanamente
que no deberían existir, y esos servicios públicos o
actividades comerciales ser prestados exclusivamente por
empresas privadas.
Cuatro. El moverse, especialmente en el plano de las
compras, en el derecho público o en el derecho privado.
Cinco. En el plano laboral, actuar como empresas privadas
sujetas al derecho laboral privado o como empresas públicas,
sujetas más al derecho administrativo que al derecho laboral
propiamente dicho.
Seis. Si deben tener esencialmente objetivos políticos u
objetivos comerciales.
Siete. Si deben ser dirigidos por políticos o por los mal
llamados técnicos, que en realidad quiere decir, por
técnicos en empresas, administración o la especialización
técnica de cada servicio.
La visión dominante en el país desde
el surgimiento de los entes autónomos hasta fines de los
años ochenta puede resumirse en la definición de: organismos
administrativos autónomos, como servicios públicos con
finalidad pública, como entes monopólicos, con sistema de
compras por derecho público, con sistema laboral público,
con objetivos políticos y dirigidos por políticos.
A fines de los ochenta, desde el punto
de visto gubernativo a comienzos de los noventa, se impone
con fuerza una opción contraria, que primero lleva a la
concepción de la desaparición de muchos entes autónomos, o
su desmonopolización, o su permanencia en la medida en que
se asocien con capitales privados (capitales de peso
mayoritario en cada empresa), que camine en todos los
terrenos hacia el derecho privado y hacia la concepción
empresario-comercial. El referendo del año 1992, el que
derogó la parte sustantiva de la Ley de Empresas Públicas,
terminó siendo el gestor de un nuevo camino, más intermedio,
o más bien de un conjunto de caminos del medio, del que
sobresalen dos: el que se aplicó fundamentalmente en la
segunda parte de la administración Lacalle y a lo largo de
la segunda administración Sanguinetti, y el que impulsó
sustancialmente la administración Batlle y en muchas
empresas de primera línea continúa la administración
Vázquez, aunque en otras empresas de primera línea el modelo
puede aproximarse más al de la segunda administración
Sanguinetti y en otras directamente no es claro a qué modelo
se va.
Uno de los caminos del medio,
cronológicamente el primero, más recostado al estatismo, fue
apostar a dos cosas. Una la desmonopolización o el
mantenimiento del monopolio mediante la asociación (en
mayoría o en minoría) con capitales privados. La otra cosa,
cuando el monopolio estatal se mantiene, apostar a la mayor
eficiencia y a la modernización de la administración,
combinando la mejor gestión empresarial posible con el
mantenimiento de objetivos políticos de finalidad pública.
En tal sentido son paradigmáticos los caminos de Ancel, AFAP
República o Banco de Seguros (en automotores) en cuanto a
empresas estatales en competencia igualitaria con privados;
el camino (fallido en Ancap) de asociación con privados (o
el camino también fallido en Pluna por una gestión
desastrosa y posiblemente deshonesta del gestor privado); y
el camino de modernización y eficiencia con mantenimiento de
la finalidad pública, política, de servicio societal, de
Antel y Ute.
El segundo camino del medio, más
recostado al libremercadismo, tiene como paradigma a Antel a
partir de 2000 y hasta ahora. La concepción del ente como
una empresa privada con finalidad estrictamente comercial,
donde la finalidad público-societal queda relegada a un
objetivo de segundo nivel, estructurada con un criterio
corporativo (en el sentido empresarial del término, referido
a grandes corporaciones empresarias), con creciente
desmonopolización de sus servicios (unos por vía legal,
otros por vía fáctica) y con crecimiento de las formas
privadas de compra y de relaciones laborales. Otro paradigma
es Ancap, donde este gobierno retoma la propuesta de la
administración Batlle de asociar el organismo con empresas
extranjeras.
El ministro de
Economía ha lanzado un desafío ideológico adicional al
proclamar que los monopolios van a desaparecer. Se abre pues
un momento muy interesante y necesario de debate, de un
debate que ni el país ni la fuerza política gobernante están
dando en la magnitud que se necesita, acerca de cuál es el
papel que cabe a los entes autónomos, a las empresas del
Estado o a los servicios que las empresas estatales cumplen.
El debate sobre cada uno de los siete puntos señalados y
sobre la interrelación entre los mismos.