Normalmente
hay una distancia entre la cantidad de alternativas
teóricamente posibles (todas las que caben en un pizarrón) y
el número de alternativas reales, es decir, con elevadísima
probabilidad de que ocurran, sin tomar en cuenta aquéllas
cuya probabilidad – aunque siempre existente – es casi
irrelevante. Eso mismo pasa cuando se pretende analizar
cuántos y cuáles son los escenarios posibles en la próxima
elección presidencial, no en cuanto a partidos y personas,
sino en cuanto a cuándo se define la elección (si junto con
las elecciones nacionales o luego en el balotaje) y en qué
dirección (planteado en forma dicotómica, si hacia la
revalidación del oficialismo o hacia la oposición).
Desde la reforma constitucional
vigente desde 1997, el presidente y el vicepresidente de la
República se eligen por el sistema de mayoría absoluta
invariable mediante sucesiva reducción forzosa del número de
candidatos. Lo que comunmente se conoce como balotaje. Hay
una votación el último domingo de octubre cada cinco años
donde se vota en conjunto para presidente y vicepresidente,
senadores y diputados. Para ser elegido presidente y vice,
se requiere obtener la mayoría absoluta del total de
votantes; si no, se realiza otra elección el último domingo
de noviembre siguiente, entre los dos lemas (o dos fórmulas
presidenciales, como se quiera) más votados.
Es importante prestar atención a lo
siguiente. El régimen dominante en el mundo en materia de
sistemas de balotaje determina que en la primera vuelta el
candidato o partido más votado debe obtener la mayoría
absoluta del total de votos válidos. Dicho de otra manera:
el partido o candidato más votado debe tener más votos que
todos los demás partidos o candidatos sumados. No se cuentan
en consecuencia ni los votos en blanco ni los anulados.
En el sistema uruguayo, un partido
puede obtener la mayoría absoluta de los votos válidos (lo
que implica la mayoría absoluta de legisladores) y aún así
haber segunda vuelta, una segunda vuelta que puede
calificarse de técnica, ya que el candidato más votado llega
a esa instancia con la ventaja de contar con mayoría en
ambas cámaras; al electorado queda darle al partido más
votado la totalidad del gobierno (el balotaje carece de
sentido real) o llevar al país a la incertidumbre de la
cohabitación o al riesgo de la ingobernabilidad, con un
presidente de un lado y una mayoría parlamentaria en sentido
contrario. Esto estuvo cerca de ocurrir en 2004, cuando el
Frente Amplio había logrado ya en octubre 52 diputados en
99, 16 senadores en 30, y una ventaja de casi tres puntos
porcentuales sobre todos los demás partidos sumados; y a
pesar de ello, por el peso de los votos en blanco y
anulados, se estuvo al borde de haber habido balotaje; un
balotaje condenado al inexorable triunfo de quien contaba
con holgada mayoría de votos válidos.
Visto así, hay tres escenarios
posibles: Uno, el partido más votado obtiene más votos que
la suma de todos los demás tipos de voto (de los demás
partidos, de los en blanco, de los anulados) y es elegido en
primera vuelta.. Dos, el partido más votado tiene más votos
que todos los demás partidos sumados (y consecuentemente
mayoría parlamentaria) pero no logra la mayoría absoluta del
total de votantes, por el efecto de los votos en blanco y
anulados; hay pues lo que se puede llamar un balotaje
técnico pero no real. Tres, el partido más votado tiene
menos votos que todos los demás partidos sumados y hay un
balotaje real, una efectiva competencia por la Presidencia
de la República.
Si se aterriza en la realidad actual
uruguaya surge que el país camina hacia las elecciones
dividido en dos grandes bloques: de un lado el Frente Amplio
gobernante y del otro todos los demás partidos que, con
ideas diferentes, tienen en común el considerar prioritario
el cambio de gobierno. No hay pues partidos situados en el
medio, a mitad de camino del gobierno y la oposición. Este
es un primer dato relevante.
A esta altura, si no hay hechos
absolutamente imprevistos, todo indica que el Frente Amplio
será el partido más votado. La incógnita radica en si gana o
no a todos los demás partidos sumados, o dicho de otro modo,
si gana al bloque opositor. Si gana, si obtiene más votos
que todos los demás partidos en conjunto, obtiene la mayoría
absoluta en ambas cámaras y retiene la Presidencia de la
República, ya sea en primera vuelta o en segunda mediante
balotaje técnico.
En un escenario así, si hay balotaje
real quiere decir que los votos del bloque opositor son más
que los votos del Frente Amplio. En un balotaje real y con
un bloque opositor, el candidato opositor solo puede perder
si entre él y el candidato oficialista hay una significativa
distancia ideológica, la suficiente como para que votantes
opositores de centro o centro-izquierda optaren en segunda
vuelta por la izquierda antes que por un candidato muy
alejado de sus principios o valores. O si no hay distancia
ideológica, que el candidato opositor más votado levantase
resistencias insalvables en un segmento de los votantes
opositores. En otras palabras, que se crease un intersticio
entre el candidato oficialista y el candidato opositor, que
permitiese al candidato oficialista captar votos opositores.
Pero si el candidato opositor está en la frontera misma con
la izquierda y no despierta rechazos profundos, un balotaje
real implica el triunfo de la oposición. Más aún, porque se
llegaría a ese balotaje con mayoría absoluta parlamentaria
de la oposición.
En resumen. Si
el candidato opositor está ubicado, se sitúa o es visto en
la frontera misma con el oficialismo y no presenta rechazos
especiales, hay dos escenarios a la vista. O el Frente
Amplio obtiene la mayoría absoluta de los votos válidos y
retiene el gobierno (así como la mayoría absoluta en ambas
cámaras) o la oposición obtiene la mayoría absoluta de los
votos válidos (con lo que obtiene la mayoría absoluta en
ambas cámaras) y gana la Presidencia en el balotaje. La
hipótesis de un Frente Amplio que obtenga menos votos que
los demás partidos (haya balotaje real) y luego gane la
Presidencia de la República, parece de escasísimas
probabilidades.