Luego
de asumir el mando, en su discurso a la gente en la
Explanada del Palacio Legislativo, el novel presidente de la
República Tabaré Vázquez se dirigió “a
nuestros compatriotas que viven en el exterior, porque la
patria peregrina es peregrina, pero sobre todo es patria”.
Allí englobó a todos los que “andan por tierras extrañas” –
que es lo que quiere decir peregrino - pero que son parte de
la patria; es decir, el presidente define un conjunto (los
peregrinos) y lo considera parte del todo mayor (la patria
uruguaya). La patria peregrina es lo que Liber Seregni llamó
“la diáspora”
En una película española reciente, el
personaje es un español que emigra a Argentina en busca de
mejor vida y retorna tras la crisis del 2001. Ya no es el
tío rico, sino el que se fue “mientras aquí tuvimos que
pasar hambre y miseria”. El retorno del migrante no es un
retorno aceptado, porque no padeció junto a sus compatriotas
las miserias y angustias de estos.
Del lado de los inmigrantes se observa
como una conducta extrema la de aquel republicano español
que vivía en un apartamento en Moscú, del que colgaban
ristras de ajo del techo de su cocina, porque su casa se
veía, se olía y se oía como un pedazo de la lejana España.
Son los que llevan la patria en la valija, a veces como un
pedazo de sí mismos para conservar, cultivar y trasmitir a
sus descendientes; otras veces como planta a regar mientras
se espera el ansiado retorno, aunque más no fuere para dejar
sus huesos en su propia tierra.
Pero están los otros inmigrantes, los
que se sintieron expulsados, los que se fueron para no
volver y, si les va bien en el peregrinaje, dejar de andar
por el mundo para arraigar en otra tierra y asumir otra
patria.
Estas son, del lado de los que se
quedaron y del lado de los que se fueron, dos grandes
visiones del fenómeno migratorio. Y cada una de estas
visiones supone ver a los que se fueron, o verse a sí mismos
los que se fueron, de manera diferente. Estas dos visiones
existen en todos los países donde, más lejos (como España,
como Italia) o más cerca (como este Uruguay), se produjeron
grandes aluviones emigratorios
La primera de las visiones, la de la
patria peregrina, supone considerar a los emigrantes como
una colectividad o un conjunto desprendido del territorio
nacional pero perteneciente al colectivo nacional. La nación
uruguaya desde esta perspectiva se compone de todos los
uruguayos, los de adentro y los de afuera. La ciudadanía
como base de soberanía es pues una sola, la nacionalidad en
tanto cultura, valores y emociones, es una sola.
La segunda de las visiones supone
considerar que el conjunto nacional se integra con todos
quienes habitan en el territorio. Quien se va se desarraiga,
en el sentido literal de “arrancar de raíz” o en el figurado
de “separar a alguien del lugar
o medio donde se ha criado, o cortar los vínculos afectivos
que tiene con ellos”.
Este eje, de de considerar a los que
se fueron como parte integrante del colectivo nacional o
como sujetos individuales definitiva o temporalmente
separado de ese colectivo, debería ser la base de la
discusión del tema de los uruguayos en el exterior. Debate
que no debió haber empezado con el tema del voto sino, en
todo caso, haber terminado con el tema del voto como
corolario de la aceptación de la existencia de un conjunto
como parte inseparable del todo nacional; porque si no se
acepta esto último, la discusión ya terminó. Lo primero en
la discusión, no es si los de afuera siguen las noticias de
adentro o les afecta las consecuencias de su voto, sino si
son o no son parte del colectivo nacional (o si deben ser o
no deben ser parte del colectivo nacional). Como se observa,
en esta línea de razonamiento, el debate no empieza ni por
lo práctico (el voto) ni por lo jurídico (las definiciones
que pudieren extraerse de los textos normativos).
No es menor estudiar qué opinan de
esto los uruguayos de adentro, como ven los que se quedaron
a los que se fueron. Y también indagar más específicamente
qué piensa el sistema político.
Del Frente Amplio como fuerza
política y desde largo tiempo, del actual gobierno, se saben
varias cosas (más allá de que haya acertado o no, haya sido
claro o impreciso en la formulación de los instrumentos):
que considera a los que se fueron como un conjunto que es
parte del colectivo nacional y al que se le ha llamado “La
diáspora” o “La patria peregrina”; que fomenta que ese
colectivo se articule, se institucionalice y se exprese en
tanto tal; que existe una obligación del Estado de asistirlo
y protegerlo, o que existe el derecho de los que se fueron a
un conjunto de protecciones y beneficios que debe darles el
país de origen; que ese conjunto se compone de ciudadanos y
esa ciudadanía deben ejercerla en plenitud, vale decir, con
el derecho a emitir el voto en algunas circunstancias. De
los otros partidos no se sabe mucho; en tanto el debate
comenzó por la última punta, por el voto, solo se sabe que
no están de acuerdo con ello, por lo que valdría la pena
conocer definiciones más profundas y más extensas sobre su
noción de patria y territorio, de existencia o inexistencia
de un colectivo exterior, de alcance y límites a los
derechos de ese colectivo.
Corresponde en todo debate no
confundir la sustancia con las herramientas. Debatir, llegar
a acuerdos o encontrar el límite de los disensos, sobre las
definiciones sustantivas. Y a partir de esas definiciones
profundas empezar a diseñar herramientas.
También corresponde debatir sobre el
concepto mismo de ciudadanía, quién es y cuándo se es
uruguayo. No hay discrepancias en cuanto al jus soli; habría
que hilar fino en cuanto al jus sanguinis.
En cuanto al voto en el exterior
específicamente, debería discutirse primero lo sustantivo y
luego lo instrumental, no al revés, como se ha hecho hasta
ahora. Pero además si se quiere discutir sobre los reales o
presuntos beneficios electorales, tener alguna idea de ello.
Porque nadie ha estudiado qué resultados produciría, cuánto
sería la votación de los unos y cuánto la de los otros. La
experiencia de los países más parecidos al nuestro señala
que es mayor la cantidad de veces que los imaginarios
electorales fracasaron que los que acertaron. Esto va por
las dudas, pues se está partiendo de un supuesto no
demostrado: que el voto en el exterior favorece a la
izquierda y perjudica a los partidos tradicionales, lo cual
nadie puede sostener sobre bases sólidas. En Italia se creyó
que favorecía a la derecha y en cambio fue vital para el
triunfo de la izquierda.