Al
despuntar el último tercio del siglo XIX, Uruguay opta por
el modelo educativo proyectado por José Pedro Varela, luego
de un intenso y apasionado debate nacional. En un tiempo en
que la participación política estaba reservada a las elites,
un debate nacional supuso la confrontación de ideas entre el
reducido círculo de esas elites; pero para la época, fue una
verdadera discusión global. El proyecto de José Pedro Varela
en el plano educativo fue uno de los que – complementados
por otros proyectos políticos, demográficos y económicos –
delineó ese Uruguay basado en una fuerte clase media,
altamente educada, y en una sociedad casi universalmente
alfabeta. Lo ocurrido en la época, centralmente entre 1860 y
1879, demuestra que algunos aspectos medulares de un diseño
educativo es un tema cuyo interés y cuyas consecuencias
exceden largamente el ámbito técnico de los especialistas en
la materia, porque lo que se define no es cómo se educa sino
cuál va a ser la educación para un modelo de país. Hay pues
decisiones del plano educativo que son decisiones
estratégicas del país, decisiones que indican hacia qué tipo
de sociedad se quiere ir.
La enseñanza de los idiomas en la
educación escolar y media no es exclusivamente un tema
pedagógico. Más aún, no es principalmente un tema
pedagógico. Es un tema sobre qué elementos culturales se
piensa que deban servir de base a la sociedad, a la
estructura de valores comunes de una sociedad determinada,
en un lugar y en un tiempo específicos. En menos de un año
las autoridades de la enseñanza pública han adoptado dos
decisiones trascendentes en la materia: primero fue la
eliminación de la obligatoriedad del italiano en la
orientación humanística del bachillerato y ahora parece ser
la implantación del portugués como segunda lengua
extranjera, urbi et orbi, por debajo del inglés (primera
lengua extranjera) y por encima del francés, el italiano y
el alemán. La mera descripción de la decisión hace ver con
absoluta claridad que es un tema que excede el ámbito
técnico y específico de un programa educativo, para
transformarse en una visión clara e inequívoca del país al
que se quiere llegar. No es menor rebajar el peso de dos
lenguas de la centralidad de la cultura europea, a su vez
centrales en la construcción de la cultura uruguaya. No es
un tema menor poner por encima de esas tres lenguas
centrales europeas a la lengua de Brasil (porque el
portugués en estas latitudes quiere decir Brasil y no
Portugal). De lo primero, de la eliminación del italiano, no
ha habido ninguna explicación pública clara y profunda de
las autoridades de la enseñanza; lo que más ha habido son
explicaciones de tipo administrativo, sobre cantidad de
profesores, cargas horarias y el asegurar a los profesores
de italiano la posibilidad de mantener sus horas en otras
tareas. Una decisión que supone cortar la raíz de una parte
considerable de los uruguayos (cuantitativamente bastante
cerca de la mitad) requiere de una explicación todavía
ausente. Las decisiones de las autoridades educativas pueden
tener fundamentos muy sólidos – por eso sería conveniente
que fuesen detenidamente explicitados – y podrían ser
compartidos por buena parte y hasta por la abrumadora
mayoría de la sociedad; también podría resultar que los
fundamentos sean endebles – porque no se los conoce – y
podrían no ser compartidas por buena parte y hasta por la
abrumadora mayoría de la sociedad. Pero no se puede saber lo
uno ni lo otro, si no se explicita detallada y profundamente
y si luego no se debate con total amplitud y extensión.
Además de estratégicas, de largo
plazo, estas decisiones también impactan en elementos
presentes de la política nacional. “Nos ha golpeado mucho la
eliminación del italiano” fue la frase que tuvo que oír este
analista al iniciar una larga entrevista con un alto
exponente de La Farnesina, del Ministerio de Asuntos
Exteriores de Italia. Son múltiples las señales enviadas
desde Italia sobre la profunda molestia causada por esta
decisión nacional. El Ministerio de Educación y Cultura
declara que cuesta hacer entender en el exterior que las
decisiones educativas son tomadas por una organización
autónoma, no sometida al contralor del gobierno. Lo cual es
rigurosa y formalmente correcto. Pero también cuesta hacer
entender en el extranjero que sea ajeno al gobierno o al
sistema político en general, que nada tiene que ver el uno o
el otro – por comisión o por omisión - con decisiones de
autoridades de la enseñanza general que son designadas todas
y cada una por el presidente de la República en acuerdo con
el Consejo de Ministros, que requieren venia de la Cámara de
Senadores y que todas los organismos integrados desde la
restauración institucional hasta ahora lo fueron con
personas de confianza del partido de gobierno o de la
coalición de gobierno. Cuesta hacer entender que se pueda
tomar una decisión trascendente, no solo para la educación,
sino para el desarrollo de la sociedad en su conjunto, con
la oposición manifestada por significativas figuras del
gobierno y de la oposición (un ministro de fuerte peso
calificó la eliminación del italiano como una barbaridad). Y
cuesta más hacer entender que toda una sociedad es ajena a
decisiones que impactan sobre el futuro de la propia
sociedad, que son decisiones que se escapan del debate
nacional para ser delegadas en un cuerpo de especialistas.
Lo cierto es que la consecuencia en
el plano cultural - en lo inmediato y en lo estratégico – es
el alejamiento del Uruguay de la cultura italiana
(complementado con el anterior alejamiento de la cultura
francesa) y el mayor acercamiento a la cultura brasileña.
Decisiones de esta naturaleza y esta
profundidad ameritan explicaciones profundas, claras y
públicas, de detenido razonamiento. Y ameritan también un
gran debate nacional, público, en lo que verdaderamente es
una discusión profunda a lo largo y ancho del país, a lo
largo y ancho de la sociedad.