Uruguay
es un como pueblo chico del Estado de Sao Paulo. Así definió
a este país el ministro de Comunicaciones de Brasil, molesto
porque Uruguay resolvió definir una norma para la televisión
digital diferente a la previamente definida por Brasil de
forma unilateral y sin consulta a sus socios. Luego llegaron
los pedidos de excusa, con lo cual la boutade se salvó en el
plano diplomático. En el plano analítico las cosas son
diferentes. Como enseñan los psicólogos, las vulgarmente
llamadas metidas de pata no son tales, son actos fallidos,
actos en que emerge el pensamiento real sin que opere la
barrera de la conciencia. La metida de pata, el acto
fallido, es la expresión más trasparente del individuo. Y
este individuo colectivo, llamado Brasil, dijo lo que
efectivamente piensa, lo que siente y lo que fundamenta su
accionar.
Años atrás, ante otra molestia por las
exigencias uruguayas sobre aplicación de los acuerdos del
Mercosur, otro ministro brasileño calificó a este país de
“El enano rezongón”. Un pequeño pedazo de tierra sobre la
que otrora flameó la bandera del Imperio del Brasil, único
pedazo de tierra que perdió Brasil, quizás en el único
momento de distracción en su historia imperial y de vocación
imperial, del siglo XIX, del XX y del XXI.
Contra lo que se cree, este tipo de
afirmaciones no son descalificantes para el país
pretendidamente descalificable, sino que son un síntoma de
las enfermedades, graves, que afectan a quien pretende
sentarse en la mesa de los grandes; en el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas y en el G-8. En esa mesa se
sientan los países más poderosos del planeta, que lo son
tales por el tamaño de sus economías (medido en Producto
Interno Bruto) y por su capacidad de influencia política, es
decir, de lo uno y de lo otro que llevan a la medición de su
capacidad de liderazgo. Todo liderazgo supone, va de suyo,
que detrás del líder hay liderados.
Para evitar equívocos cabe consignar
que un liderazgo implica la conducción de un grupo de países
o de personas que siguen al líder de forma voluntaria. El
liderazgo es no solo una forma de conducción, sino de
representación. Un líder lidera porque otorga ideas,
proyectos, caminos, beneficios, protección a sus liderados,
o un poco de cada cosa. Porque habla en nombre suyo y de
quienes lo siguen, y porque quienes lo siguen saben que
tienen un vocero a quien se respeta. No hay líder sin
liderados, esa es una verdad axiomática; alguien puede ser
un gran pensador, un gran expositor de ideas, pero no es
líder si no lo sigue nadie. Liderar no es mandar bajo
apercibimiento de sanciones, porque ello no es liderazgo,
sino dominación. No es lo mismo. Y aquí comienzan los
problemas de Brasil con estas frases: demuestra que no
pretende tener liderados sino subordinados, que carece de
vocación de líder sino de imperio, en el siglo abierto para
los líderes y en declive para los imperios. En un tema de
tecnología de futuro, como la digitalización, Brasil razona
ubicado en el siglo XIX.
El caso de marras es muy claro. Los
países del mundo se enfrentan a una decisión compleja como
lo es la elección de la norma de TV digital. Como toda
elección que se hace en el comienzo, tiene mucho de salto al
vacío, de apuesta al futuro en base a pocos datos, pocas
experiencias y muchas incertidumbres. No es una elección
simple para nadie. Con mucho de tecnológico, otro tanto de
económico y una buena cuota de geopolítica. Brasil optó por
Japón, Uruguay por Europa. Cada solución puede ser buena o
mala para cada uno. Lo que que se aspiraba era a una
decisión global y conjunta del Mercosur, camino que no se
abrió porque lo cerró Brasil. Decidió por sí y ante sí, sin
consulta alguna y sin siquiera auscultar a sus posibles
socios o liderados. E infringió una de las más elementales
normas de mando militar: nunca des una orden si no estás
seguro de que será cumplida. Porque la desobediencia es peor
para el desobedecido que para el desobediente. Lo que quedó
al desnudo con la decisión uruguaya es que Brasil no manda,
porque sus órdenes no son obedecidas, ni tampoco lidera,
porque no cuenta con el afecto o el seguimiento de quienes
deberían ser sus liderados.
En desventaja con México por el liderazgo
latinoamericano, busca refugiarse y acotar el terreno al
continente sudamericano, y para que quede claro que las
fronteras son de alcance continental - uno diría que más que
geográficas son geológicas - incluye Surinam y Guyana. Ese
es el coto que quiere para sí, sintiéndose casi solo, ante
el fuerte declive que tuvo Argentina (y del que por ahora
parece salir). (Como comentario al pasar: para incluir a
todas las naciones con efectiva y no disputada soberanía en
el continente sudamericano, falta Francia, donde cuenta con
uno de sus departamentos de ultramar: Cayenne, y a eso
Brasil no se va a atrever, no se va a animar a medir fuerzas
con una potencia de verdad). Pero aún en Sudamérica,
despejado temporalmente el riesgo de la competencia
argentina, apareció la de Chávez, sus petrodólares, su
intento de encumbrarse como el referente mundial contra
Estado Unidos, consecuentemente su afán de liderazgo
político urbi et orbi.
Brasil no lidera porque no ha sido capaz de hacer ninguna
concesión a sus pretendidos liderados, en gran medida
también porque no existe un poder central, ni político, ni
jurídico, ni económico, con fuerza suficiente para imponerse
a los intereses regionales, políticos, jurídicos,
económicos, sociales. Y posiblemente también porque ni
Itamaraty es la vieja escuela diplomática que todos
admiraban ni descuellan aquellos viejos estrategas militares
emanados de la Escuela Superior de Guerra. Hoy por hoy
Brasil destina el mismo esfuerzo en pretender sentarse como
miembro permanente en el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas (pretensión cada vez más lejana) como en
impedir el ingreso de unos pocos quilos de carne de ñandú
del Uruguay, para evitar afectar en algún mínimo porcentaje
a un fenomenal criaderos de avestruces del Estado Sao Paulo.
Pelea con sus vecinos con la misma fuerza por elevar el
arancel externo común como porque no eligen la misma norma
de TV digital que eligió por sí el propio Brasil. Eso marca
una clara falta de prioridades, y es otra falencia para el
liderazgo.
Si se observa el tamaño de la mayoría de los miembros del
G-8, resulta que el Reino Unido, Francia, España, Italia y
Japón tienen una superficie sumada que cabe dentro de
Brasil. Día llegará que se oiga a decir que esos países
tienen el tamaño de simples estados del interior de Brasil.