
A lo
largo del siglo XX corto - el que a nivel mundial va desde
el balazo de Sarajevo hasta la caída del Muro de Berlín, y a
nivel uruguayo más o menos por los mismos años – el Partido
Colorado se vio a sí mismo como el partido de la sociedad
urbana y en particular de su clase media, mientras el
Partido Nacional se vio a sí mismo como el representante del
interior, del país basado en el agro. Estos fueron los
estereotipos dominantes y como todo estereotipo tiene un
mucho de exacto y otro mucho de deformación. Lo que no hay
duda es que más exactamente el Batllismo - tanto el de José
Batlle y Ordóñez como el de Luis Batlle Berres, y en cierto
modo el de Julio Ma. Sanguinetti – reflejaron bastante ese
estereotipo. Es decir, el coloradismo y más precisamente el
batllismo aparecen como sectores cuyo referente sustancial
es la clase media urbana, con lo amplio y difuso que
significa este concepto de clase media, más exactamente
definibles como las capas medias, porque son sucesivas capas
y en general presentan un confuso sentimiento de clase.
También
uno y otro partido han sido populares, en cuanto a llegar a
los sectores trabajadores (asalariados) y a los marginales.
Más en Montevideo y Canelones (pero no solo en ellos), el
Partido Colorado. Más en el interior (pero no solo ahí), el
Partido Nacional. Diversos factores llevaron a que esa
relación con los sectores populares (e inclusive con los
sectores medios) derivase en formas de clientelismo.
Probablemente un Estado en fuerte crecimiento y un país
(aparentemente hasta mediados de los años cincuenta) con
grandes excedentes para financiar ese Estado, lo
transformaron en la fuente de trabajo más apetecible y
abundante, cuyo acceso requería el peaje del clientelismo.
La ineficiencia de los servicios públicos también derivaron
en que la forma de acceder a esos servicios (el teléfono,
por ejemplo) fuese otra forma de clientelismo. Y cuando se
dio a la vez el crecimiento del sistema previsional y el
agotamiento de los recursos, surgió un embudo para acceder a
la jubilación, embudo cuya llave de paso fue manejada con
formas también clientelísticas.
Ese
clientelismo fue eficiente en un doble sentido. Uno en el
cuantitativo, porque generó adhesiones traducibles en voto.
Otro cualitativo: fue visto como algo normal y aceptable,
salvo por un puñado de intelectuales y gente de partidos
menores.
Cuando
esas formas tradicionales se agotaron, cuando ya no bastó el
poder del Estado como gran padre de los sectores menos
favorecidos, como el gran protector, el clientelismo (más
exactamente el proselitismo político, ya como caricatura del
viejo y eficaz clientelismo) derivó en formas más duras y
raquíticas: chapas de zinc o fibrocemento para techos o
paredes, pedregullo y arena, bolsas de cemento, bloques para
la construcción, bolsas de comida, hasta algún paquete con
un quilito de arroz por acá, algún cuaderno con un lápiz por
allá.
Se pudo
observar además que el clientelismo fue bajando la eficacia
en relación al esfuerzo y la inversión, en lo cuantitativo.
Y en lo cualitativo derivó en una mancha para quienes lo
practicaban. Algunas investigaciones sociales incipientes
permiten inferir una escasa relación entre efectos del
clientelismo y la recolección de votos a nivel de partidos y
de grandes fracciones; solo subsistió eficaz para la disputa
de alguna banca de edil o algún lugar en una lista de
diputados. Sirvió para el personal político de nivel medio,
no para los partidos ni las grandes fracciones. Quizás al
contrario, la subsistencia de una práctica que quedó como
anacrónica, empezó a ser vista como sórdida. Y la visión de
prácticas políticas de sordidez – sea cierto o no que fuesen
sórdidas – fue uno de los factores relevantes en la caída
histórica del Partido Colorado. Que no empieza con este 10%
de 2004. Sino que empieza cuando cae de cerca del 60% de
1942 al entorno del 50% de las tres elecciones sucesivas y
de la de 1966. Y luego al nivel del 40% en que osciló en las
dos elecciones subsiguientes (1971, 1984). Después al 30% de
las otros tres comicios (1989, 1994, 1999) y finalmente sí,
al gran tobogán de las pasadas elecciones. No se cae a lo
largo de más de seis décadas, ni se pierden los cinco sextos
porcentuales del electorado, si no es por causas profundas y
de largo aliento.
Quizás
esto tiene que ver con que el coloradismo, pero
particularmente el o los batllismos, fueron perdiendo
sintonía con el Uruguay medio, con esas capas medias de
comportamiento mesurado, pacato y conservador, suavemente
onduladas como la orografía nacional. Y también pérdida de
sintonía con los sectores populares ajenos a la captación
clientelar, que puede decirse con los sectores bajos
probablemente más sanos.
Diversas
medidas de este gobierno lo alejan de las capas medias,
necesitadas de reencontrar referentes políticos,
particularmente en tiendas alejadas del oficialismo. ¿No
sería el momento para que el Partido Colorado y el batllismo
pensasen que por allí está el nicho donde pararse para
reverdecer? Porque apostar a las capas medias no es
contradictorio con apostar también a sectores trabajadores
de asalariados socialmente estructurados. La duda es si es
compatible una apuesta a las mesuradas y temerosas capas
medias, afectadas entre otras cosas por la realidad de la
delincuencia y la sensación térmica de la inseguridad, con
la apuesta a la incorporación orgánica y vociferada de
sectores que reivindican los códigos de la delincuencia y
las conductas socialmente desestructuradas.
Si la incorporación altisonante del Movimiento Plancha al
Partido Colorado no es producto de una profunda meditación y
evaluación de consecuencias, cuyos parámetros escapan a este
analista, podría terminar siendo una opción por un segmento
de la sociedad que de por sí espanta a otro segmento,
tradicional sustento colorado y hoy a la búsqueda de
referentes, como las capas medias.