
El imaginario laboral dominante en el
Uruguay, que en general se ubica en el modelo que existió o
se cree que existió en los años cuarenta y cincuenta, se
caracteriza por la presencia de grandes complejos laborales.
Estos complejos son el propio Estado, sus entes autónomos y
servicios descentralizados, los gobiernos departamentales,
bancos, frigoríficos, barracas de frutos del país (cueros,
lanas, granos), grandes fábricas (laneras, textiles,
metalúrgicas) y grandes comercios (de intermediación o lo
que en el mundo se conoce como tiendas de departamentos, y
más modernamente hipermercados). La característica principal
y común a todos ellos es: alta concentración de dependientes
bajo un mismo patrono, niveles salariales en promedio
sensiblemente más altos que los obtenidos en otras
actividades en relación de dependencia, beneficios
adicionales, pago puntual de salarios y beneficios, y
estabilidad laboral (ya fuere emanada de normas
constitucionales o legales, de convenios colectivos o de la
costumbre).
Este es el sueño de la gran mayoría de
los habitantes de esta tierra, que en definitiva se resume
en buenos salarios en una estructura grande y sólida, con
escalafones. Como se puede deducir con facilidad, estas
estructuras generan el clima propicio para la
sindicalización: por la concentración de trabajadores, la
relativa impersonalización o lejanía del o los patronos, la
necesidad de representación de lo colectivo para negociar
con esos patronos. De donde, este tipo de patrono es el
preferido por el sindicalismo, y así ha sido manifestado en
los últimos días por uno de los más importantes dirigentes
sindicales de este país.
Del otro lado, en una clasificación
simplificada, están las pequeñas y medianas empresas,
básicamente de comercio (minorista o de intermediación de
bajo monto), industrias pequeñas o talleres artesanales,
servicios (que en los últimos tiempos es lo preponderante).
Sus características básicas son las opuestas: un número
reducido de dependientes, dentro de ellos un alto porcentaje
de dependientes zafrales o de alta rotación, niveles
salariales y beneficios en promedio más bajos, menor
estabilidad laboral (por las características de la actividad
y por ser más vulnerables a los cambios económicos), y
cuando el viento económico es en contra, dificultades para
el pago en tiempo. En general no son ni los empleos más
codiciados ni benefician la sindicalización; más bien son
las condiciones que dificultan y a veces impiden esa
sindicalización. Expresamente dicho por algún dirigente
sindical de nota, son los patronos menos deseados.
En los últimos tiempos las grandes
concentraciones de asalariados corresponden a las entidades
públicas o a capitales extranjeros. Y las empresas pequeñas
y medianas son todas uruguayas, en el sentido de ser
propiedad de ciudadanos uruguayos o de ciudadanos
extranjeros con residencia permanente en el país. De allí
una frase oída: que es más fácil para los trabajadores – en
realidad para los sindicatos – tratar con los empresarios
extranjeros que con los empresarios nacionales.
Ocurre que las grandes empresas
proveen mayor estabilidad laboral y mejores salarios, y las
pequeñas y medianas menor estabilidad y más bajos salarios.
Pero también ocurre – y la crisis del 2002 fue ruidosamente
demostrativa de ello – que la mayor cantidad de empleos en
el país, una abrumadora mayoría de empleos, es generada por
las pequeñas y medianas empresas. Para muestra un botón
bastante representativo: una inversión industrial
milmillonaria en dólares o euros genera la misma cantidad de
empleos directos que una veintena o treintena de pizzerías,
bares o restaurantes; y la inversión en conjunto de estos
comercios y servicios es inferior al uno por ciento de la
inversión industrial. Y de paso – aunque es otro tema - sin
cortes de puentes, litigios internacionales ni mediaciones
mayestáticas.
Las cifras son claras en cuanto a las
fuentes de sindicalización. No solo es porcentualmente bajo
el nivel de salariados sindicalizados de las pequeñas y
medianas empresas, sino que cualitativamente son sindicatos
de escasa fuerza y casi nula capacidad de presión, al menos
por sí solos.
Ocurre también que estos pequeños y
medianos empresarios - junto a los profesionales
universitarios y los cuadros empresariales – conforman la
denominada clase media, o para decirlo con mayor precisión,
las capas medias. Muchos sostienen que del tamaño de las
capas medias, de su extensión y peso, depende y mucho el
tipo de país. Al menos el tipo de país relativamente
homogéneo, de baja dispersión (según el Indice de Gini), que
conduce a una sociedad amortiguadora y suave en sus
comportamientos sociales. La permanencia de un país así
depende mucho de la extensión y fuerza de esas capas medias.
Y aquí viene la gran contradicción a
la que se ve enfrentada el sindicalismo. Las contrapartes
que más los favorecen, con lo que pactan mejores relaciones,
son los que generan menos empleo (aunque de más calidad) y
no conducen a un modelo de sociedad equilibrada. Las
contrapartes que más les disgustan son las que producen la
abrumadora mayoría de los empleos (en general de menor
calidad) y conducen a un modelo de sociedad más equilibrada.
Este es un tema en sí mismo, como lo es la relación entre
sindicalismo y tipo de empresariado, y la tipo de estructura
empresarial que favorece o desfavorece el desarrollo
sindical. Pero también está relacionado con otro tema que ha
aparecido sobre el tapete en los últimos tiempos,
particularmente en torno a la reforma tributaria, y es cómo
la izquierda se aleja de las capas medias. Ya fuere por la
política impositiva, ya fuere por la política salarial, ya
por la visión sindical, son varios los factores que se
acumulan para generar una separación – y quizás pueda
apuntar hasta a un divorcio – entre izquierda y capas
medias. Precisamente lo opuesto a la teoría desarrollada por
la izquierda desde distintas fuentes y diferentes momentos,
se trate de las tesis del XVI Congreso del Partido Comunista
de mitad de los cincuenta, se trate de los documentos
fundacionales del Frente Amplio al despuntar los setenta.
Como fuere y como han señalado también analistas
comprometidos con la izquierda, es hora de que este debate
la izquierda lo realice.