Hace poco más de una decena de años
que el sistema político exhibe su impotencia para resolver
por sí solo los conflictos políticos. En toda sociedad
moderna, libre, plural y pluripartidista, en una poliarquía
en suma, el sistema político debe afrontar el conflicto, no
como una patología, sino como una razón de ser. El sistema
político en un régimen poliarquico es el reflejo de la
sociedad y una sociedad moderna
es generalmente una sociedad con altos niveles de
diversidad; aún una sociedad muy homogénea social y
culturalmente es una sociedad a cuyo interior hay
concepciones diferentes sobre la familia, la pareja, la
relación de padres e hijos, la sexualidad (en el eje
liberalismo-conservatismo), la orientación sexual, el papel
del Estado y del mercado; los valores de la competencia, la
equidad, la protección social, la iniciativa individual. Hay
pues siempre alguna diversidad – por mínima que fuere – de
valores y de cultura. Esa diversidad supone conflicto,
contraposición, y es función del sistema político expresar
esa diversidad y resolver ese conflicto, mediante reglas pre-establecidas;
reglas que en un caso son formales (jurídicas) y en otro
caso consuetudinarias. Por tanto no es patológico el
conflicto en el sistema político, sino que es connatural a
la sociedad y la función del sistema político es resolverlo.
Cuando el sistema político es
incapaz de resolver el conflicto, o una parte significativa
de ellos, ahí aparece una patología, una falencia del
sistema, que no cumple a cabalidad su papel. En épocas
anteriores, en algunas sociedades, la falencia del sistema
político implicó derivar la resolución de los conflictos, el
arbitraje en la sociedad, hacia las fuerzas armadas; como se
dice vulgarmente: “se golpeó las puertas de los cuarteles”.
Modernamente se busca que el arbitraje del conflicto
político lo haga el sistema judicial, mediante la
judicialización del conflicto político; todo asunto en lugar
de dirimirse al interior del sistema político se externaliza
y deriva al sistema judicial, con lo que para seguir con el
mismo decir, “se golpea las puertas de los tribunales”.
Cuando se golpea las puertas de los
cuarteles o de los tribunales, muchas veces (inicialmente a
veces todos) lo hacen por impotencia, Más tarde o más
temprano algunos lo hacen por estrategia para provocar un
golpe de Estado; un golpe con toda la barba, con tanques y
marchas militares, o en la sutileza moderna – como en la
Italia de hace tres lustros – un golpe de Estado sin el
remarcar de las botas, un golpe judiciario, sin uniformes
verdes sino togas, revestido de lo augusto de la
magistratura.
Cuando se golpean puertas ajenas, se
hace sentir a esos ajenos que son muy importantes, que
constituyen la reserva moral de la Nación. Spengler decía
que cuando la civilización está en peligro, en el último
minuto es salvada por un pelotón de soldados. La paráfrasis
con la que han soñado o sueñan muchos jueces (de muchos
lados, aquí inclusive), es que en ese último minuto el que
salva la civilización es un puñado de magistrados.
En Uruguay se dan muchos síntomas de
que en la magistratura – ya fuere la judicial o el
ministerio público – hay bichitos de sentir su rol menos
gris que lo diseñado por los arquitectos de la
institucionalidad uruguaya. Cabe recordar, porque se olvida,
cuál es el rol asignado a los jueces y fiscales: un papel
estricto de aplicadores del derecho positivo, de
interpretación de las normas acorde a los criterios
hermenéuticos en parte reglados por el Código Civil y en
parte señalados por la jurisprudencia y la doctrina, en
síntesis: el papel gris y silencioso de decir el derecho, el
papel esencial para el funcionamiento normal de la sociedad,
de que alguien diga el derecho más allá de todo
cuestionamiento ético o político. Para reforzar ese papel,
la constitución dispone que los magistrados judiciales
”deberán abstenerse (…) de formar parte de comisiones o
clubes políticos, de suscribir manifiestos de Partido,
autorizar el uso de su nombre y, en general, ejecutar
cualquier otro acto público o privado de carácter político,
salvo el voto”. La contravención a esto es un delito punible
con pena de destitución e inhabilitación de dos a diez años
para ocupar cualquier empleo público, juzgable por la Corte
Electoral ante denuncia de cualquiera de las cámaras
legislativas, el Poder Ejecutivo o las autoridades
nacionales de los partidos. Así de simple y de tajante: no
pueden ejecutar ningún acto público o privado de carácter
político, salvo el voto.
La forma más elemental para cumplir
este papel, guardado durante décadas y décadas por los
magistrados, es la discreción. Nada más acorde a ese papel
de grisura y recato que el silencio. Un silencio necesario,
porque en definitiva el juez habla una sola vez, cuando
decide, cuando falla y sentencia; y ese hablar en el recato
de un aula judicial o vertido en una hoja de papel,
constituye la majestad de la judicatura y la función
judicial.
Sin embargo, el proceso político de
la judicatura marca otros caminos, algunos de ellos no muy
novedosos (en cuanto que tienen varios lustros de práctica)
y otros crecientes en los últimos tiempos. Al respecto cabe
considerar: creciente presencia en los medios de
comunicación (con generación de noticias y vertido de
opiniones, muchas de ellas esencialmente políticas),
polémicas de la Asociación de Magistrados con gobernantes,
ministros o dirigentes políticos, es decir, polémicas
políticas con políticos; polémicas de la Suprema Corte de
Justicia con el poder político; consideraciones políticas de
los magistrados vertidas en sentencias o decisiones;
indagaciones políticas de los magistrados (particularmente
en los años noventa). A lo que habría que agregar que cuando
los magistrados escriben en sus sentencias que alguien no
cometió delito pero sí una evidente falta de ética, se
arrogan un derecho ajeno a la función: juzgar la ética no
contenida en el derecho, lo que revela el sentirse jueces de
la moral pública, no sentirse exclusivamente administradores
del derecho. Más aún, cuando a pretexto de la integración
del derecho se crean normas jurídicas por vía de
jurisprudencia, se sustituye el papel del legislador y por
ende el del Cuerpo Electoral.
Vale la pena señalar la existencia
del fenómeno, que como tal es un fenómeno político. Y una
vez más vale la pena remarcar que el sistema político sin
darse cuenta continúa empujando este camino, abandonando la
lucha política por el reclamo judicial, exhibiendo el no
poder resolver los conflictos políticos dentro de los
continentes y procedimientos del juego político. Y en esto,
que tire la primera piedra el que esté libre de culpa.