En su discurso de asunción
presidencial, Cristina Fernández de Kirchner reveló
dos elementos sustanciales para entender la posición
argentina; más exactamente cabe decir que remarcó
dos elementos a veces explícitos y otras subyacentes
en la argumentación del gobierno asentado del otro
lado del charco. En esencia manifestó: a) Argentina
tiene razón porque Uruguay violó el Estatuto del río
Uruguay; b) recurrió a la Corte Internacional de
Justicia; c) la situación tensa con Uruguay no es
responsabilidad alguna de Argentina porque Uruguay
es culpable. Podría considerarse subyacente, porque
no fue explicitado, que se refería a que Argentina
no es culpable del cierre de los puentes.
La lógica de la
argumentación en esencia es: a) el hecho de
presentar una demanda ante un juez es per se
demostración de que el demandante tiene razón; b)
entonces, no hay dos partes con posiciones
enfrentadas a la espera del fallo del juez, sino que
el juez solo puede fallar a favor del demandante,
porque por el solo hecho de la demanda tiene la
razón; c) de donde, el recurso ante la Corte
Internacional de Justicia no es una demanda judicial
sino una denuncia ante una entidad policial para que
actúe ante el evidente trasgresor (hay un auto que
obstruye la entrada de mi garaje, proceda a
retirarlo con un guinche). Y este es el primer
elemento revelador de la tesitura argentina, el cómo
se sitúa en una instancia judicial: da por sentada
la convalidación de su argumento y por tanto, actúa
en consecuencia sin necesidad de esperar el fallo
judicial.
La argumentación continúa
con esta lógica: como uno tiene la razón – lo que
queda demostrada por la sola presentación de la
demanda ante la Corte Internacional de Justicia – no
hay que esperar ningún fallo; la razón es evidente
por sí misma, y evidente – como dice la Real
Academia Española de la Lengua – es aquello “Cierto,
claro, patente y sin la menor duda”.
Como Argentina no tiene la
menor duda sobre su razón, no debe esperar el fallo
judicial sino actuar como si hubiese un fallo
judicial a su favor y, además, como si el juez o
alguna otra autoridad le hubiese delegado la
ejecución de la sentencia: entonces resuelve
clausurar el puente o los puentes sobre el río
Uruguay (según los días y las horas); la contraparte
solo debe asentir. Entonces, Argentina no es
culpable de cerrar los puentes, porque considera de
toda evidencia que tiene un poder delegado por una
autoridad internacional para ejecutar una sentencia
que debe emitirse de todas maneras porque no es
razonable que los quince magistrados de La Haya
fallen en contra de lo que es evidente y demostrable
por sí mismo.
Lo que la presidente
Cristina revela es una precisa escala de valores y
un esquema de razonamiento dominantes en la sociedad
argentina, que se traducen en estos dos elementos
dominantes: no hay confianza en el juez y tengo el
derecho de aplicar la justicia por mano obra, en
función de mi leal saber, entender y proceder. Es
natural que estos valores dominen en la sociedad
argentina, pues hace demasiado tiempo que los allí
jueces no son confiables, ya fuere porque actúan al
compás del poder de turno (compases cambiantes a
alta velocidad), ya fuere porque actúan con
venalidad. Lo uno y lo otro ha sido denunciado en
forma permanente y sostenida - desde hace tres
cuartos de siglo a la fecha - por políticos,
juristas, analistas, periodistas y gente común de la
República Argentina, de todos los pelos, marcas y
señales; no es pues, una difamación de los vecinos
de enfrente.
Esta escala de valores y
este esquema de razonamiento son precisamente una
gran barrera para entenderse con la República
Oriental del Uruguay, con su presidente, sus
gobernantes, sus políticos, su gente común. Los
uruguayos confían en el sistema judicial, al que no
consideran perfecto: a veces se cuela algún que otro
elemento político en la cabeza de alguno, a veces
hay algunos que se sienten tocados por la vara del
destino, muy a veces (no cada muerte de obispo, sino
cada muerte de un sínodo episcopal entero) algún
fiscal o algún juez incurren en conductas venales,
muchos tienen fallas en su razonamiento y en general
el trámite es muy lento. Estadísticamente se puede
decir que las fallas están dentro de lo esperado en
cualquier sistema humano de cualquier naturaleza
(judicial, político, militar, empresarial,
sindical). Entonces, los habitantes de la margen
oriental del río Uruguay piensan que cuando se hace
una demanda se puede creer que se tiene razón, pero
se entiende que a los efectos de la sociedad lo que
vale es el pronunciamiento judicial. Por
consiguiente para los uruguayos es una arrogancia de
mal gusto que alguien le diga a otro: yo tengo toda
la razón porque te demandé judicialmente y eso
demuestra que es evidente mi razón, y por eso tú
eres culpable de lo que pase entre nosotros, hasta
que actúes en claro reconocimiento de que yo tengo
razón.
Como consecuencia directa de
lo anterior, si se respeta a los jueces, si se
considera que a los efectos societales la razón es
el producto de la actuación de los magistrados, no
se admite la justicia previa ni por mano propia. Uno
puede demandar a otro por el cobro de una deuda,
pero hasta que haya sentencia y el juez o los
códigos determinen el quién, el cómo y el cuándo de
la ejecución de la sentencia, uno no tiene derecho a
zamarrear al deudor para extraerle las monedas de la
real o presunta deuda.
En general, las sociedades
más avanzadas en cuanto a convivencia y
funcionamiento del Estado de Derecho tienden a
coincidir con la escala de valores y los esquemas de
razonamiento de estos pocos habitantes del planeta
arrinconados en la esquina del Río de la Plata con
el Océano Atlántico. Mal que le pese a la
presidente, al gobierno y a buena parte de la
sociedad argentina - aunque esto pueda herir su
gran autoestima – la tesis de la razón demostrable
per se y de la justicia por mano propia no son de
recibo entre las naciones más civilizadas del
planeta.