Lo normal en sistemas políticos
consolidados y poliárquicos es que en a mitad del periodo de
gobierno se concentren las mayores dificultades. En general
se explica porque ya se han diluido las expectativas
iniciales y todavía no aparecen los resultados. Estos pueden
aparecer o no, ser más rutilantes o menos rutilantes, pero
tienden a darse al final del periodo, en parte por tiempo
natural de los procesos y en parte – parafraseando a un ex
ministro de Economía – porque se busca hacer calzar los
tiempos económicos con los tiempos electorales.
La administración Tabaré Vázquez
vivió la mitad del periodo, el año del medio, en forma
contradictoria. Porque sus dificultades no están en el
normalmente indomable campo económico, sino en la más
manejable campo político y político-social. En materia
económica y económico social hay consenso en un conjunto de
resultados, lo que no lo hay es cuanto de ello es virtud del
gobierno y cuanto mera consecuencia de un periodo
excepcional de crecimiento a nivel global y en particular de
la región. Tampoco hay consenso si los resultados
económicos, en particular el gasto, ha sido prudente, o se
está dejando al país al descubierto ante la menor pérdida de
velocidad del crecimiento. Todo ello entra en la materia
opinable de políticos y de técnicos. Los datos más allá de
toda duda razonable son: fuerte caída en el nivel de pobreza
y en particular en pobreza extrema o indigencia, importante
incremento en el ingreso de los hogares (y va de suyo,
significativo aumento del salario real), aumento del
consumo, baja significativa de la desocupación (aunque
oscilante), aumento de la formalización laboral, fuerte
incremento de la formalización impositiva (incluido allí, la
previsional). También cabe agregar – lo que se ve como
positivo por unos y como negativo por otros – el explosivo
crecimiento de la sindicalización y el fortalecimiento de la
acción de los sindicatos.
Por otro lado el gobierno afronta
problemas, algunos de ellos directamente relacionado con lo
anterior: la conflictividad laboral va en ascenso, no hay un
marco claro y consensuado en las relaciones laborales, hay
un distanciamiento profundo entre las cámaras empresariales
y el sindicalismo y otro distanciamiento no menos profundo
entre el gobierno y las cámaras empresariales. Es
francamente mala la relación entre gobierno y oposición. En
materia económica, la alta inflación que quedó a milímetros
de la barrera de los dos dígitos afecta la tranquilidad de
los hogares y reduce el impacto psicológico del ingreso de
los mismos y del crecimiento del salario real. El atrasado
cambiario o la inflación en divisas, como se lo quiera
llamar, comienza a afectar a diferentes sectores
exportadores y con mayor intensidad aún a quienes producen
para el mercado interno, que una vez más ven invadida la
plaza por mercadería importada de bajo precio (que nadie se
llame a engaño con que el dólar está en caída en todo el
mundo: desde que asumió este gobierno, el peso uruguayo
-deflactado- se ha apreciado más de un tercio en relación al
euro, la moneda de referencia más fuerte del mundo).
Pero quizás los puntos más flacos
del gobierno vienen por lo estrictamente político o
psico-político, donde cabe anotar varios hechos y unas
cuantas incertidumbres.
Uno. El Congreso del Frente Amplio
permitió ver que Vázquez no tiene poder para imponer un
presidente de la fuerza política, que Mujica tiene
importantes límites a su capacidad de imposición y encanto,
que el oficialismo tiene serias dificultades para acordar
cualquier nombre que no sea Vázquez.
Dos. La ley del aborto es una espada de
Damocles sobre la cabeza de diputados frenteamplistas, del
presidente y del gabinete, y posiblemente también de los
senadores si llega a aprobarse la ley y ser vetada por el
Poder Ejecutivo.
Tres. El Frente Amplio ha sido golpeado
en su carta más fuerte, en la línea divisoria mayor con los
partidos tradicionales: la honestidad. Ahora hay procesados
dirigentes políticos de segunda fila blancos, colorados y
también frenteamplistas. Y así como los rumores carcomieron
a dirigentes y sectores blancos y colorados, hoy los
rumores, las denuncias y las negativas a investigar carcomen
a la izquierda. Es visible un estado de desazón en cantidad
significativa de votantes frenteamplistas, mucho más fuerte
aún en los votantes de toda la vida, en los frenteamplistas
de ley.
Cuatro. El gobierno carece de política
exterior en tanto tal (lo que es no una novedad, porque en
el gobierno anterior hubo diferencias significativas entre
los énfasis del presidente y los del canciller). Ya van casi
tres años en que el país exhibe una clara, inequívoca y
fuerte línea política elaborada por el canciller
(tercermundista, latinoamericanista, mercosuriana,
desconfiada de los Estados Unidos) y otra no menos fuerte,
clara e inequívoca línea inspirada por el ministro de
Economía (abierta al mundo, en pro de un tratado de libre
comercio con los Estados Unidos, desconfiada del Mercosur).
Pero además hay incertidumbres. El
2008 será el año de despejar o confirmar las incertidumbres
del oficialismo. En primer lugar el impacto residual del
Impuesto a la Renta de las Personas Físicas, es decir, el
impacto que queda una vez que se haga la reliquidación en
mayo y el IRPF pase a ser un árbol del paisaje; entonces,
por mediados de año, se verá qué es lo que queda de
satisfacción, neutralidad o insatisfacción en la opinión
pública, y que grado de impacto tendrá en lo electoral. En
segundo lugar, las reformas de la salud: cuántas
dificultades habrá en su instrumentación, cuánta gente se
beneficiará y para cuánta solo será otro aumento más de
impuestos directos, si se mantendrá o caerá la calidad de
las emergencias médico móviles. En tercer lugar, la
incertidumbre propiamente política: si el Frente Amplio es
capaz de lograr consensos en cuanto a personas, si en abril
elegirá un presidente de la fuerza política, si se camina
hacia consensos en la conformación de la fórmula
presidencial
Y queda además la incertidumbre como
país de qué va a pasar con el Mercosur y cómo decantarán las
relaciones con Argentina.