En
ajedrez gana el que comete menos errores. En política
también. Lo más importante es no cometer errores, lo
siguiente es saber ver los errores del contrario y saber
aprovecharlos y lo último – si es posible – alguna
genialidad. Este simple aserto no es entendido por la
mayoría de los políticos, que se preocupan más de generar
hechos novedosos que de evitar errores. Cuanto más hechos
novedosos se pretenda producir, más probable es la comisión
de errores. Así de simple.
Tras
acumular errores de todo tipo y magnitud, el Frente Amplio
cerró el año con la peor intención de voto desde el otoño de
2002 y por primera vez se creyó que era superado por la
oposición. El crecimiento del Partido Nacional, la aparente
ventaja de la oposición y el crecimiento del Partido
Independiente fueron los tres hechos con que cerró el año
2007. El 2008 se inicia con dos tipos de movimientos, uno de
los cuales anula el dato fundamental, la ventaja de la
oposición.
El
primero proviene del Partido Colorado el cual todavía no ha
logrado hacer un diagnóstico más o menos certero que le
permita entender la formidable caída sufrida en 2004. Pero
tanto el año pasado con la incorporación del Movimiento
Plancha como ahora vuelve a exhibir ante la opinión pública
algunos de los mismos errores que lo llevaron a esa caída,
esta vez con la idea que la política se resuelve mediante la
descalificación de quienes hasta ayer se apoyó, y que lo que
más importa no es lo que uno exhibe sino lo que descalifica
del otro, de otro que además es de su mismo partido y fue su
candidato único en medio país. En 1999 en el Partido
Nacional se vio la estrategia de algún sector que prefirió
su propia caída siempre y cuando lograse la destrucción del
adversario interno. Desde el Partido Colorado se dan esas
mismas señales, quizás sin ser conscientes de ello. Desde el
punto de vista del juego gobierno-oposición, los errores del
coloradismo son irrelevantes, pues el descontento hacia este
partido deriva en traslación de votos hacia el Partido
Nacional (y más precisamente hacia Lacalle). No se debilita
la oposición.
Otro
cantar es el giro sorpresivo del Partido Independiente,
siempre que las palabras de su presidente reflejen la del
partido y el pensamiento del presidente haya sido recogido
con exactitud por el periodismo (lo que no es lo más
frecuente). Estas líneas van como si efectivamente ambas
cosas fuesen correctas, y si no lo fueren, sirven igual como
advertencia de errores posibles a cometer. El hecho más
relevante es que, al separarse el PI de la oposición y pasar
a ser una opción intermedia, el FA supera a la oposición. El
cambio no es nada menor.
El
Partido Independiente es un partido electoralmente débil y
que – crezca mucho o poco – seguirá teniendo un bajo
porcentaje de votos (menos de uno cada diez), como todos los
cuartos partidos en Uruguay. Pero su fortaleza electoral
hacia fines de año se veía en que esos votos – pocos o
bastantes – podían ser lo suficiente para determinar la
derrota del Frente Amplio. Porque exhibe una captabilidad
completamente diferente a ambos partidos tradicionales: por
ser un partido inequívocamente de izquierda o centro
izquierda, formado a partir de la izquierda, sin origen en
ni contaminación con la praxis política exhibida por blancos
y por colorados. Además, solo capta desde la izquierda.
Estas cualidades aparecen como muy atractivas para el
votante frenteamplista desilusionado, de izquierda moderada,
de nivel socioeconómico medio alto, de nivel educativo alto
y medio alto. Atractivas en la medida en que el Partido
Independiente (PI) aparezca inequívocamente como un partido
opositor. Y aparecer como partido opositor quiere decir: que
en caso de balotaje va a acompañar sin margen de duda alguna
al candidato de la oposición que llegue a esa instancia, que
con su fuerza (pequeña pero decisiva) va a influir sobre el
gobierno siguiente desde una óptica diferente, por ideas y
por praxis política. Porque si ese votante frenteamplista no
se desilusiona del todo, volverá a votar dentro del lema
tricolor, y si se desilusiona lo suficiente como para
atravesar la frontera, no va a querer medias tintas, va a
querer que el objeto de su desilusión pierda.
Porque el
posicionamiento que sugiere ahora el presidente del partido
es otro, más parecido al que cumplió el Nuevo Espacio (del
cual se desprendió el PI) en 1999: ser un partido bisagra,
equidistante del Frente Amplio y de los partidos
tradicionales, ser el “juez de la segunda vuelta”.
Justamente abre la puerta a asociarse con el Frente Amplio
cuando proclama la utilidad para éste de tener que negociar
con terceros. Bien, entre uno y otro posicionamiento hay una
diferencia sustancial. Hasta ahora los analistas trabajaban
con la idea de que el PI no era equidistante de las dos
áreas sino inequívocamente opositor, y cabe decir que
también la opinión pública razonaba en esos términos (y los
posibles votantes del PI). El crecimiento registrado en
intención de voto se dio por considerarlo opositor, de
centro-izquierda y diferente a los partidos tradicionales.
No es seguro que esa intención de voto se mantenga si se
perfila como partido equidistante y bisagra.
Hace
semanas[1]
este analista escribió un artículo titulado “La elección se
define el 25 de octubre”, precisamente sobre la hipótesis de
la existencia de solo dos bloques, que uno de ellos obtenía
indefectiblemente mayoría parlamentaria el 25 de octubre de
2009 y quien lo hacía lograba la Presidencia de la República
(sin importar si es primera o segunda vuelta). Si el PI
cambia de posicionamiento, cambia el esquema, porque habrá
tres áreas: oposición (blancos y colorados), gobierno (FA) e
intermedios (PI). Así si la oposición o el FA obtienen
mayoría parlamentaria lograrán también la Presidencia, pero
si ninguno de ambos bloques principales obtiene mayoría
absoluta habrá un balotaje real, verdadero, con
incertidumbre, en que la llave la tendrá el Partido
Independiente. La elección no se definirá el 25 de octubre
sino el 29 de noviembre. Pero para llegar a este trascedente
rol el PI necesita dos cosas: que sea efectivamente
decisivo porque sus votos resulten más que la diferencia
entre ambos bloques, y que haya (lo que ahora no se
comprueba) un área significativa de electores equidistantes
entre gobierno y oposición. Pero si el PI opta por el rol de
partido bisagra – seguramente obligado por sus principios -
y no se crea un segmento significativo de electorado
equidistante, que por ahora no se percibe, podría ser el
cuarto fracaso desde la restauración institucional en hacer
sobrevivir un cuarto espacio. Si opta por el rol de partido
opositor, en cambio, la única duda es si vota igual que en
2004 o de ahí para arriba. Pero una cosa es el marketing
electoral (donde hay errores y aciertos) y otra cosa los
principios (donde no hay errores ni aciertos, sino valores
en uno u otro sentido), y cada partido va a ser siempre lo
que sus integrantes quieran ser.
[1]
Publicado en El Observador el 21 de octubre de 2007