Una
administración nueva, con gente nueva, corre en cualquier
parte del mundo el riesgo de la omnipotencia, y de la mano
de ella, de la soberbia. Está relatado en muchos libros de
memorias y recuerdos de aquellos años, y como autocrítica en
las memorias de muchos de los protagonistas, la arrogante
autosuficiencia de los jóvenes egresados de Harvard que
llenaron los cargos principales del gobierno de los Estados
Unidos con la asunción presidencial de John F. Kennedy. Aquí
y en este tiempo, cuando se llevaba tan solo dos meses de
gobierno, cuando como pasa a cualquier gobierno la opinión
pública tiene una alta expectativa en la nueva gestión y en
particular en el primer mandatario, el hermano del
presidente de la República, prosecretario de la Presidencia
y confidente del presidente, lanza la idea de reformar la
Constitución para posibilitar la reelección inmediata de su
hermano. Desde entonces, el tema de la reelección
presidencial estuvo presente en el debate político, hasta el
“no” dado por el propio Vázquez en ocasión del señalado
“Nunca Más”.
Al cerrar el
año pasado, quizás como efecto del nuevo talante de la
opinión pública y la medición que de ella surge en la
respectiva encuesta, el tema de la reelección aparece con
gran fuerza y con especial destaque periodístico. Es que los
datos de la Encuesta Nacional Factum indican que el Frente
Amplio tiene comprometida la elección. Si en marzo – como
proclamó un alto dirigente – ganaba las elecciones aunque
llevara a una heladera de candidato, hoy tiene tantas
posibilidades de perder como de ganar. En el último semestre
estuvo en intención de voto siempre por debajo de la
votación de 2004, pero además a lo largo del año evidenció
una constante pérdida de votos, trimestre a trimestre, que
lo llevó de una intención inicial del 57% a caer al 47% en
setiembre y cerrar el año con el 44%, apenas un punto por
encima de la oposición de blancos y colorados.
Pero hay otro
dato de la encuesta significativo: el presidente de la
República cuyo nivel de aprobación cayó también desde marzo
a setiembre, no solo detuvo la caída sino que creció al 52%.
Lo más significativo es que en setiembre la aprobación del
presidente y la intención de voto al Frente Amplio
coincidían en el porcentaje del 47%. De entonces a diciembre
la aprobación presidencial trepa cinco puntos y la intención
de voto al partido cae tres puntos. Hay una interpretación
que entusiasma al grueso de la dirigencia oficialista: el FA
cae porque Vázquez no es candidato, de donde la solución es
cómo fuere y por dónde fuere, impulsar su reelección (vale
decir, impulsar una reforma constitucional que posibilite la
reelección presidencial). Hay otra interpretación del
movimiento de la opinión pública: que al no ser Vázquez
candidato presidencial se sitúa por encima del bien y del
mal, no esté en carrera y por eso se puede ser más
condescendiente con su gestión; abona esta tesis la
existencia de un segmento que vota al Partido Nacional y
aprueba la gestión del presidente. Sin duda cuál tesis es
correcta implica la necesidad de investigaciones más
profundas y por más tiempo. Lo importante es que la
dirigencia frenteamplista cree en la primera y apuesta a
ella.
Sin embargo,
simultáneamente abre el paraguas y propone retornar al
sistema de elección presidencial a mayoría simple, con la
hipótesis razonable que el FA puede llegar a tener
dificultades para obtener el apoyo de la mayoría absoluta
del total del electorado, pero tendría asegurado – o le
resultaría más sencillo – continuar siendo la primera fuerza
del país.
Lo primero (la
reelección) tiene lógica si es que la premisa es correcta
(la premisa de que el FA cae porque Vázquez no es candidato,
a la inversa el FA repunta), el dilema está en saber si es
correcta. Lo segundo carece de lógica: cualquier reforma
constitucional requiere el apoyo de la mayoría absoluta de
los ciudadanos; carece de sentido apostar a contar con esa
mayoría absoluta para poder retener la presidencia por
mayoría simple. Porque si se logra captar la mayoría
absoluta para reformar la constitución, es obvio que se
logra también la mayoría absoluta para ganar la elección
presidencial.
Pero los
problemas son más complejos aún. Los hechos vinculados con
la celebración del Congreso del partido oficialista en
diciembre (en intermedio hasta abril), particularmente las
negociaciones, propuestas y votaciones para la elección de
un nuevo presidente del Frente Amplio, dejan tres lecciones
significativas:
Una. La
dirigencia del FA, los líderes sectoriales, evidenciaron
graves dificultades para lograr entendimientos entre sí en
tema de selección de personas. Cabe presumir que si esas
dificultades fueron de tal envergadura que impidieron todo
entendimiento para un cargo menor como la Presidencia de la
fuerza política, serían mucho mayores, de total
imposibilidad de entendimiento, para una posición de mayor
envergadura como la candidatura presidencial y la
Presidencia de la República.
Dos. José
Mujica jugó todo su peso, toda su capacidad
prestidigitadora, su carisma, su encanto actoral y su
seducción oratoria, jugó todo ello en su alocución final
para convencer al Congreso para que votase a la politóloga
Constanza Moreira como nueva presidente de la fuerza
política. Lo hizo para intentar lograr la elevada cifra de
dos tercios de votos. No solo no logró los dos tercios de
votos, sino siquiera la mayoría. Su candidata contó con la
mayoría del Congreso en contra.
Tres. El
presidente de la República jugó todo su peso, su autoridad,
intentó dar el dictat arbitrario ante la falta de consenso
de los líderes sectoriales, apeló a las consabidas armas que
siempre le habían dado resultado y fracasó por dos veces:
dos nombres por él propuestos para presidente del Frente no
lograron consenso.
Ahora se ha
iniciado un movimiento para revitalizar y dar un envión
definitivo a la reforma constitucional que posibilitase la
reelección presidencial. Pero el FA no puede por un lado dar
las señales de discordia, de debilidad de sus máximos
dirigentes y de desautorización al presidente de la
República, y por otro convencer al país que su destino está
atado a la reelección presidencial. El FA debe dar muchas
señales opuestas a las dadas cuando el Congreso, para que
resulte coherente y convincente la apuesta a la reelección
presidencial.