En los últimos
doce meses el escenario de competencia interpartidaria en el
país cambió radicalmente. Al cierre del primer trimestre del
año pasado había dos elementos clave: la posibilidad de que
el Frente Amplio afrontase elecciones efectivamente
competitivas, con riesgo, eran extremadamente remotas; y
dos, que la oposición se dividía entre un Partido Nacional y
un Partido Colorado con bajas preferencias, relativo
equilibrio entre sí (aunque mayor captación blanca que
colorada) y un segmento significativo de personas
decididamente opositoras pero sin definición entre las
fuerzas opositoras.
Al cierre del
año el panorama es completamente diferente: el Frente Amplio
afronta elecciones con las mismas probabilidades de ganar
que de perder (quizás tenga un poco más de chance de ganar,
pero en un juego claramente competitivo real), el Partido
Nacional aparece como dominante en la oposición, el Partido
Colorado no ha logrado recomponerse (aunque ha demostrado
signos importantes de revitalización).
Hay un elemento
adicional: la posibilidad de la reelección, de impulsar un
cambio constitucional para posibilitar la reelección
presidencial, parecería definitivamente descartado (ya lo
había sido el 18 de junio, lo que no impidió que
reverdeciese y que el presidente esperase varias semanas
antes de desautorizar los empujes en tal sentido). Con esta
decisión del líder frenteamplista, la fuerza política
oficialista se encuentra en pleno desconcierto, porque su
primer problema es definir el cómo se decide la candidatura
presidencial, lo cual no es nada menor. Los otros dos
partidos la tienen resuelta: por el mecanismo de las
elecciones preliminares, generales y obligatorias para todos
los partidos, en competencia abierta con apelación a todo el
electorado nacional. La izquierda no sabe si buscar el
consenso, ir hacia una compulsa de sus simpatizantes o
recorrer el camino de esas elecciones preliminares. Desde el
punto de vista formal, desde que rige el sistema de 1997 ha
hecho una combinación de lo primer y lo tercero: por
consenso (acuerdo de los dos tercios) elige un candidato
presidencial y autoriza a que otras figuras puedan
presentarse a competir con él en ocasión de esas elecciones
nacionales y generales de carácter preliminar. Así fue que
en 1999 compitieron Vázquez y Astori, y en 2004 ello no se
repitió ante la no presentación de Astori (acto voluntario y
unilateral, pero formalmente tenía el derecho a
presentarse).
El Partido
Nacional ha sido el primero en definir el escenario hacia
las elecciones presidenciales de 2009, en esencia con la
repetición de la puja entre el nuevo y el viejo líder
partidario y la posibilidad de un tercer actor como el
intendente de Durazno Carmelo Vidalín. Pero una lucha
esencialmente centrada en Larrañaga-Lacalle, en la reedición
de la campaña de 2004, es de por sí un clásico, que genera
gran atracción. Larrañaga es un caudillo fuerte, pujante,
joven; Lacalle un experimentado estadista. Uno y otro
representan visiones del país con acentos diferentes.
Larrañaga aparece como una reedición del wilsonismo,
entendido éste como la propuesta de Wilson Ferreira Aldunate
en el periodo que va de “Mi compromiso con usted” (el
programa de las elecciones de 1971) hasta la restauración
institucional. Lacalle presenta una visión con una adhesión
más fuerte al libre mercado, aunque más atenuada que cuando
las elecciones de 1989 y su subsiguiente gobierno.
Larrañaga
aparece en buenas condiciones de ser un refugio para
frenteamplistas desencantadas y Lacalle es una propuesta
seductora para coloradas desencantados (cuenta ya con el
apoyo de votantes y figuras coloradas) y para
frenteamplistas que quieren todo lo contrario de lo que
quisieron ayer. Falta ver qué pasa con el intendente de
Durazno: si entra al ruedo, con qué propuesta, con qué
capacidad de captación y hacia dónde; si logra el difícil
arte de jugar un juego de tríadas y evitar se transforme en
un juego binario, o queda aprisionado por la polarización.
Así, pues el Partido Nacional ha largado primero y lo ha
hecho con la propuesta de una elección preliminar altamente
interesante. Cabe ahora que cada ala nacionalista administre
bien su juego y el Partido en su conjunto repita la conducta
de 2004 y evite el canibalismo de 1999.
Una competencia
de esta magnitud y este interés crea dificultades al Partido
Colorado, salvo que éste finalmente logre una competencia de
alto potencial. Pero quizás lo más relevante es que
condiciona mucho al Frente Amplio. Hace un año se pensaba
que si la izquierda volvía a habilitar la competencia
abierta en las elecciones preliminares y su triunfo en las
elecciones nacionales se consideraba una certeza más allá de
toda duda, se abría el atractivo para que muchos ciudadanos
proclives a los partidos tradicionales votasen dentro del
Frente Amplio a Astori. Como quien dice: ya que la victoria
de la izquierda es inevitable, prefiero ayudar a que gane el
más moderado. Pero hoy no es lo mismo. Primero porque Astori
y su reforma tributaria son uno de los factores sustanciales
de desencanto de los desencantados. Segundo porque no es un
dato de la realidad el triunfo de la izquierda, por lo cual
simpatizantes blancos y colorados van a preferir influir en
sus partidos para que ellos ganen. Entonces, en la izquierda
el juego se dará con la sola apelación a los ya
simpatizantes de esa misma izquierda: a los viejos
simpatizantes que quedan, a los nuevos simpatizantes
captados por la gestión de gobierno, menos los viejos
simpatizantes decepcionados por otras aristas de la misma
gestión de gobierno. Y todos los partidos apelarán a los
nuevos votantes.
Pero hay algo
que no se debe olvidar, ni propios ni extraños: para el
Frente Amplio es muy importante el cómo se define la
candidatura presidencial y el quién o quienes competirán por
ella, pero tanto o más importante es el balance que la gente
haga de la gestión de gobierno. La adhesión a la izquierda
se mantendrá, ganará o perderá más que nada en función de lo
que cada cual sienta que ha sido el gobierno, al menos tanto
o seguramente más, que por las candidaturas.