Más tempranamente que en el periodo
anterior y mucho más aún de lo previsible hasta hace muy
pocos meses, la campaña electoral comenzó a toda marcha.
Como siempre aparecen las y como ya es norma, se usan, se
malusan, se cuestionan y se polemiza sobre las mismas. Como
siempre entonces - o como parece conveniente, cada cinco
años – es necesario aclarar algunas cosas.
Las encuestas son un instrumento de
medición del estado de la opinión pública en un momento
presente y la sucesión de encuestas realizadas con la misma
metodología son un indicador de las tendencias habidas hasta
ese mismo momento desde un punto determinado del pasado, más
reciente o más remoto. Como toda técnica en que hay seres
humanos con su capacidad y conocimientos esas
investigaciones pueden realizarse con mayor o menor
rigurosidad, con mayor o menor afinamiento metodológico, con
mayor o menor control de la obtención y el proceso de los
datos. De todo ello surge que los datos en sí mismo pueden
ser de mayor o de menor calidad. De ahí pues que haya
encuestas o institutos de relevamiento que tenga mayores
adeptos y otros menos adeptos, que según el gusto y paladar
de cada quien prefiera confiar en unos y no en otros; y
además unos serán los gustos de los actores políticos, otros
de las elites informadas y a su vez formadoras de opinión
pública y unas terceros los gustos de la propia opinión
pública, de los ciudadanos comunes y corrientes.
El uso de estas encuestas es diverso
para cada cual. Para los actores políticos son instrumentos
para orientarse en su praxis políticas, para el resto –
elites y universo general – elemento para informarse y saber
a qué atenerse.
Hay otro uso de las encuestas, de
parte de los propios actores políticos: como instrumentos de
marketing, o para decirlo en términos más antiguos y quizás
más exactos, como instrumentos de propaganda. Entonces, lo
que importa aquí es intentar influir a la opinión pública
con datos de dudosa fiabilidad – no necesariamente
inventados, pero pueden ser sesgados por otros elementos –
con el objetivo de lograr un resultado de adhesión, como
ocurre con todo instrumento propagandístico. Pero hay que
tener muy en claro y no confundir la difusión de una
encuesta como información de la difusión de una encuesta
como propaganda, en este caso, su veracidad no difiere
demasiado de la de cualquier aviso publicitario. Esta
diferenciación parece sustancial en la medida que parece
haber quedado asentado este uso de las encuestas, ya fuere
mediante sellos de ocasión, ya fuere a través de
instituciones o empresas conocidas.
Otro ángulo importante del tema
encuestas es cuál debe ser la actitud de un dirigente
político frente a las mismas. En realidad el tema no es qué
hace frente a la encuestas, sino qué hace ante el sentir o
pensar de la ciudadanía, porque – cabe repetir – las
encuestas son instrumentos que auscultan lo que siente o
piensa la gente. Y aquí cabe una muy clásica y vieja
clasificación de los políticos en relación a la gente: están
los seguidores, los conductores y los profetas.
Los seguidores son aquellos que
auscultan permanente a la opinión pública para en todo
momento actuar tal cual en ese momento piensa y siente la
gente. Auscultar por todos los métodos posibles: las
encuestas y otros estudios de investigación social, mediante
el mano a mano con cientos y cientos de personas, el
escuchar a dirigentes locales, gremiales, sociales. En este
caso el político es alguien conducido por la gente. El tema
es que en el mercado de bienes es admisible que una empresa
cambie el color, la forma y el olor del producto, el envase,
la presentación y hasta la marca, y si es necesario deje de
producir un producto y pase a producir otro diferente; de
ahí la sabiduría de los dirigentes de marketing de analizar
los gustos y comportamientos de la gente y atenerse a ellos.
Pero un dirigente político o un partido no puede cambiar su
color, ni su forma, ni su olor, un partido no puede cambiar
de nombre solo por razones de marketing (y cuando se
intentó, se fracasó).
Los profetas son aquellos para quienes
no existe la opinión pública. Tienen su modelo de país, de
sociedad y de mundo, y predican su verbo día tras días,
lugar por lugar. Muchas veces a la larga triunfan, la mar de
las veces ese triunfo se da después de su muerte física o
después de su desaparición política, es decir, triunfan
porque lograron que la gente se convenciese de su
cosmovisión y adhiriese a ella, pero la mar de las veces el
portador de las verdades estaba fuera de circulación y no
fue comprendido en el momento de su vigencia física.
Los conductores son los sabios
combinadores de ambos extremos. Auscultan a la opinión
pública tanto o más que los seguidores de la gente. Son
grandes consumidores de encuestas, pero grandes escuchas de
la gente común y de toda persona que haga algo en algún lado
o represente a alguna parcela de la sociedad. Tienen por
otro lado su visión del mundo y la sociedad. Y su discurso
es la búsqueda de combinar su modelo ideal con las certezas
de la gente. Tender un puente entre el de dónde se parte
(que son las certezas de la gente) y el a dónde se va (que
es el modelo al que se quiere arribar).
Las encuestas son útiles a todos
menos a los profetas, pero el uso que seguidores y
conductores den a la misma es diferente. Si alguien es en
esencia un conductor, las encuestas le indican por dónde
trazar el puente, pero no le cambian el a dónde ir. Si las
encuestas le enseñan el a dónde ir, la mayoría de las veces
es porque no se sabe a dónde se quiere ir. Nunca hay que
olvidar que la política es el arte de interpretar a la gente
y de conducir a la gente.