Entre su primera y su segunda presidencia (1903-07 y
1911-15), don José Batlle y Ordóñez realizó un largo viaje
por Europa, trascendental para el sistema político uruguayo.
Trajo dos innovaciones: el moderno partido político de
cuadros y el Poder Ejecutivo pluripersonal, el colegiado. Lo
primero fue la observación de la novedosa estructura
política de los partidos socialdemócratas (como los de
Alemania) y lo segundo lo deslumbró en Suiza. De allí surgen
dos grandes impulsos. Uno fue la construcción del Partido
Colorado “Batllismo” con una estructura de comités
ejecutivos nacional y departamentales, convención,
comisiones nacionales y departamentales, comisiones
seccionales al interior de los departamentos, elecciones en
todos los niveles y, como corolario natural, un partido
intensamente movilizado y en debate permanente, a cuya
cabeza quedaba la figura lideral de don Pepe. El otro fue el
lanzamiento del debate constitucional que dominó la vida
política uruguaya desde 1913 hasta 1966: la eliminación de
la Presidencia de la República y su sustitución por un
Consejo Nacional de 9 miembros. Y así fue que este país tuvo
un Poder ejecutivo bicéfalo de 1919 a 1933 (un Presidente de
la República y además un Consejo Nacional) y más tarde el
llamado colegiado integral, de 1952 a 1967.
Pero lo más significativo fue que de la combinación de esas
dos iniciativas emergió una tercera: un modelo de
relacionamiento del partido oficialista con el gobierno. El
modelo del viejo Batlle en definitiva no fue demasiado
diferente al modelo primigenio de los partidos
socialdemócratas y en cuanto a la relación partido-gobierno
fue exactamente el mismo modelo de los partidos comunistas
gobernantes. En esencia, al partido se le reservó la
conducción estratégica, el mando superior, la última
palabra; al gobierno se le confeccionó la conducción
operativa, la decisión cotidiana, el mando ejecutivo. En
Uruguay este mismo modelo (en la oposición, sin contacto
alguno con gobierno o administración) fue el concebido por
los dos partidos marxistas con fuerza parlamentaria, como el
Socialista y el Comunista, y aparece también en el
nacimiento en los años sesenta del Partido Demócrata
Cristiano).
Cuando nace el Frente Amplio, en 1971, heredó la misma
concepción tanto del viejo batllismo como de los tres
partidos llamados “de ideas” que construían cuatro de los
cinco pilares de la nueva fuerza política, concebida
inicialmente como alianza y devenida por vía de los hechos
en partido (el quinto pilar es la herencia blanca,
primigeniamente representada por los diversos grupos
conducidos por Ariel Collazo, Jorge Durán Matos, Enrique
Erro y Francisco Rodríguez Camusso, Entre 1985 y 1990 esta
nueva fuerza toma contacto con las responsabilidades de la
administración nacional (los entes autónomos) y mantiene esa
tesis. Pero en el mismo 1990 comienza otra experiencia, la
del gobierno departamental de Montevideo, y comienza
rápidamente a desvanecerse esa teoría, sin que hubiese
habido un solo planteamiento teórico ni una sola discusión.
Tabaré Vázquez armó por sí su primer gabinete y cumplió con
la formalidad de solicitar su aprobación por la Mesa
Política, más tarde cambió toda la arquitectura del gobierno
departamental, puso y sacó gente, y las autoridades
frenteamplistas tuvieron a bien enterarse por la prensa. Con
Mariano Arana como intendente (en sus dos periodos), la
autonomización del poder fue total. Al Frente Amplio le
quedó reservada la función de guiar a sus parlamentarios (en
este caso, los miembros de la Junta Departamental de
Montevideo). La única relación de los intendentes con la
estructura política fue toda vez que debieron pedir auxilio,
cuando requirieron apoyo político por la soledad en que se
habían situado.
La llegada al gobierno nacional generó dos fenómenos: la
acentuación de la línea de separación total entre gobierno y
fuerza política, o más exactamente entre el presidente de la
República y su fuerza política; y la conflictiva relación
entre el divorcio, la lucha y la superposición de poderes,
entre la estructura política formal (Plenario Nacional del
F.A., Mesa Política) y la estructura política parlamentaria.
La presencia de los líderes o referentes de 6 de las 7
corrientes en el gabinete (porque el Nuevo Espacio estuvo y
sigue excluido de esa participación) fue el mayor nexo entre
gobierno y fuerza política, y hubo una relativa relación
entre gobierno y bancada parlamentaria. Pero fue muy débil
la relación entre gobierno y estructura político-partidaria.
La salida de una parte significativa de los líderes
políticos del gabinete ahora (Mujica, Gargano, Arana) o más
tarde (Astori), más la pérdida del papel lideral de
Arismendi y la continuada exclusión de Michelini, deja en el
gobierno solamente a los tres líderes de las tres partes de
Alianza Progresista (Nin Novoa, Rossi, Lescano). A ese hecho
objetivo se sumo uno subjetivo: la expresa voluntad del
presidente de la República de separar al gobierno de la
fuerza política en los dos años finales del gobierno. Por
otro lado surge una voluntad explícita de relanzar el
funcionamiento y el papel de la estructura partidaria, que
podría ir de la mano de una mayor imbricación entre el esa
estructura partidaria y la bancada parlamentaria. Más o
menos por la vía de los hechos y sin debate trascendente
alguno se va definiendo la situación, y con mayor fluidez o
mayor tensión, el problema de la relación gobierno-partido
quedaría resuelto para el resto del periodo de gobierno.
En cambio, subsiste y con mayor fuerza aún, la necesidad de
un debate profundo y una definición clara para el futuro. Si
el Frente Amplio pretende renovar su permanencia en el
gobierno por otro quinquenio, le surge la necesidad
imperiosa de tener claro a qué tipo de relación
gobierno-partido aspira para ese segundo tiempo gobierno, si
es que se le da. Pero ya no es la falta de preparación para
el gobierno lo que puede excusar la falta de una definición.
Sin duda que este es otro de los temas trascendentes en que
– como el de su relación con las capas medias, como el de la
inserción internacional del país, como el de la política
económica – las decisiones han caminado por la vía de los
hechos, sin debate alguno. Y eso en una fuerza política que
tiene en el país casi el monopolio de las reuniones, las
discusiones, la pluralidad de órganos y el tamaño de esos
órganos.