A partir del último cuarto del siglo pasado los partidos
políticos han debido hacer una profunda introspección sobre
su identidad, su ideología y su base de representación. En
parte debido a los límites alcanzado por el modelo dominante
combinación de welfare state y economía nacional cerrada, en
parte a los impactos de las nuevas tecnologías, en parte por
los efectos de la caída del socialismo real. Un debate
esencialmente circunscrito a los partidos políticos en
sistemas de competitividad plena, pero no limitados
estrictamente a ellos. La necesidad de la introspección ha
sido más necesaria en los partidos en el gobierno que en los
partidos de oposición.
Pero aún antes de estos fenómenos, siempre los partidos de
larga oposición debieron hacer ese ejercicio de
aggiornamento. Unos lo hicieron en la preparación para
alcanzar el gobierno, todavía en la fase opositora, como el
Programa de Bad Godesberg del Partido Social Demócrata de la
entonces Alemania Federal o el abandono del marxismo en el
Partido Socialista Obrero Español, provocado por la dimisión
de Felipe González al liderazgo partidario y la necesidad de
su retorno. En otros casos, como el del Frente Amplio en
Uruguay, se llegó a la misma toma de posesión del gobierno
no solo sin aggiornamento discutido, sino siquiera sin una
profunda discusión de qué y el por qué del mantener viejos
vectores. Ya en el gobierno se osciló entre el giro al
centro, la moderación dentro de la izquierda o la
acentuación de la línea de izquierda, como efecto de
impulsos individuales de dirigentes o sectores, y no como
producto de una confrontación abierta, de una polémica
pública, o como el resultado de un debate global.
Muchos factores ayudaron a que ese debate se postergase: la
novedad de un gobierno frenteamplista, la favorable
coyuntura económica que permitió tomar medidas
contradictorias sin coste alguno, el carisma de Tabaré
Vázquez, el desgaste de los partidos tradicionales, la
ausencia de una oposición coherente y eficaz en los dos
primeros años. Para completar este periodo de gobierno
parecería que no es necesario preocuparse demasiado por
estos temas. En cambio, a esta altura aparece como esencial
para posicionarse ante la ciudadanía con la intención de
pedir un apoyo para la reválida en el gobierno. Ha llegado
pues la hora del debate intenso, profundo, extenso, claro
para todo el Frente Amplio, para toda la izquierda uruguaya.
Como todo gran debate, debe ser precedido por un previo
debate o una previa definición: cuáles son los temas a
debatir, qué es lo que hay que resolver o acordar.
Hay un primer punto que seguramente en lo público todos van
a considerar innecesario, que conlleva el desdeñoso rechazo,
el ¡qué barbaridad! Y es lo que hoy está en la orden del día
de muchos países políticamente desarrollados, casi de
siempre en los Estados Unidos, ahora en Italia. Por un lado
la vieja concepción de los partidos como expresión de un
conjunto de valores e ideas rectoras, que dibujan un modelo
de país y de sociedad, y que conlleva la adhesión de muchos
ciudadanos en una relación de pertenencia que normalmente
trasciende el ámbito estrictamente político para abarcar
otros ámbitos de la vida cotidiana. Del otro lado la nueva
concepción (y muy vieja en Estados Unidos) de partidos
esencialmente nucleados en torno a una figura carismática a
la que se llama líder (aunque su capacidad pueda ser
exclusivamente de convocatoria y no de conducción, es decir,
no de efectivo liderazgo), con difuso manejo de valores y
cierta vaguedad en los proyectos; esta concepción lleva
esencialmente a confrontaciones electorales altamente o
hasta exclusivamente personalizadas, con apelación a la
emotividad y una buena dosis de marketing comercial. Aunque
parecería que el Frente Amplio adhiere más a la primera
concepción, en realidad se debe una discusión; porque hay
unas cuantas figuras enamoradas de la nueva concepción y
porque muchas de sus figuras emergentes o de sus figuras
dominantes son esencialmente productos de marketing, con una
peculiaridad uruguaya: esos productos de marketing se
asientan en viejas estructuras de fuerte identidad y alta
carga ideológica.
Pero además hay un abanico de temas de los que cabe hacer
una especie de borrador de inventario:
Uno. La inserción internacional del país, que va de la mano
de una definición sobre cuánto de política exterior
ideológica y cuánto de realpolitik, cuánto de búsqueda de
hermandades ideológicas y cuánto de raison d´Etat.
Dos. Cuánto de apuesta al Estado fuerte tanto como ejecutor
como regulador y cuánto de apuesta al libre mercado, a la
competencia y la libre concurrencia. De uno a otro extremo
están hoy presentes en el Frente Amplio en niveles
significativos y están presentes en las más altas esferas de
gobierno: desde el más nítido estatismo hasta el más fuerte
de los libremercadismos.
Tres. Cuánto de más laicidad y cuánto de dilución de la
laicidad, dicotomía que este gobierno enfrenta sin debate
público y de manera soterrada
Cuatro. Hasta dónde el peso de los corporativismos y hasta
dónde el interés general por encima de los corporativismos.
(Quizás sin esperar a la definición teórica ni a la campaña
electoral, el Frente Amplio dará una clara respuesta sobre
este tema – más hacia un lado, más hacia el otro - cuando
encare la reforma de la Caja Bancaria)
Cinco. Cuál es el modelo de país desde el punto de vista de
su producción. Dicho en términos muy sencillos: de qué
piensa vivir el Uruguay, de producir qué (bienes, servicios)
para vender cómo y a quién.
Seis. Cuánto de apuesta a la capacitación de la gente y al
mérito, y cuánto de apuesta a la igualdad. Porque suena muy
bien decir que se quieren las dos cosas, pero siempre, en
todo momento y en todo tema, hay un mayor énfasis hacia lo
uno o hacia lo otro.
Siete. A qué sectores sociales apunta el proyecto
frenteamplista. Más específicamente, con qué clases o capas
pretende aliarse y con cuáles no. Es clara su apuesta a los
sectores por debajo de la línea de pobreza y en la
marginalidad, como también en relación al bajo proletariado.
Ahora bien: qué piensa de y qué políticas piensa desarrollar
en relación a sectores con los que mantiene una relación
dudosa (y en los últimos tiempos hostil), como el
proletariado medio y alto, la burguesía pequeña y mediana; o
para decirlo en otros términos, con los asalariados medios y
medio-altos, con los profesionales, trabajadores
independientes, empresarios pequeños y medianos. Y ni más ni
menos qué piensa de los grandes empresarios y los grandes
inversores, donde se ha instalado una relación de amor y
odio, según los temas se analicen desde el ángulo de la
política económica o de lo laboral.
Son apenas siete puntos de un borrador de inventario. Todo
ellos, todo lo planteado, sirve para esbozar la magnitud del
esfuerzo que supone este necesario e impostergable debate en
la izquierda.