Los sucesos que derivaron en un enfrentamiento entre
Colombia y Ecuador por un lado, y entre Colombia y Venezuela
por otro, plantean cuatro elementos: la violación en actos
bélicos de la soberanía territorial del Ecuador por parte de
Colombia; la acción de amenaza de Venezuela mediante la
concentración no justificada de tropas en la frontera con
Colombia, concentración no avisada ni consentida por la otra
parte; la denuncia del gobierno del presidente colombiano
Uribe de que el gobierno del presidente venezolano Chávez
financia a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC); y la denuncia del gobierno de Uribe de que el
presidente ecuatoriano Correa apoya, protege o da sostén a
las FARC. Si no se separa los cuatro elementos y se ordenan,
no se puede analizar; y algo así ha ocurrido estos días en
muchas declaraciones y comentarios, aquí y fuera de aquí.
En primer término hay un punto básico, de previo y especial
pronunciamiento: en el mundo por ahora sigue rigiendo la
tesis del respeto a la soberanía de los Estados reconocidos
en tanto tales como sujetos de derecho internacional y la
inviolabilidad de su espacio material de soberanía, vale
decir, de su territorio. De paso conviene aclarar que la
inviolabilidad del territorio es algo diferente, aunque
emparentado con la no intervención en asuntos internos, y al
respecto la Cancillería uruguaya cometió una confusión un
poco elemental entre lo uno y lo otro. Bien, hasta ahora
parece un principio admitido que ningún Estado por ningún
motivo – con una sola excepción – puede violar el territorio
de otro. Parece claro y confeso que Colombia ingresó a
territorio colombiano con tropas armadas, disparó hacia
territorio ecuatoriano, mató gente en territorio ecuatoriano
y secuestró bienes también en territorio ecuatoriano. La
única excepción admitida a la inviolabilidad territorio es
que ella fuese imprescindible para resistir un ataque armado
en toda regla del otro Estado, y no hubiese otro modo de
evitar el ataque que con un contraataque con penetración en
el territorio del otro, sucesos que no ocurrieron en esta
oportunidad y por tanto no permiten el uso de dicha
excepción. Hasta aquí las cosas parecen claras e
inequívocas.
Sin embargo se ha dicho algo así como (y por ahí anda algo
de la línea argumental del gobierno colombiano): sí, pero
Ecuador protege o ayuda a las FARC. Vale suponer como
hipótesis analítica que lo sostenido por el gobierno
colombiano resulte rigurosamente cierto y probado ¿ello da
derecho a Colombia a por sí y ante sí violar el territorio
de Ecuador? Esta pregunta parece crucial, porque de allí se
deriva si un Estado tiene derecho por sí y ante sí a ejercer
actos punitivos, preventivos o correctivos sobre lo que por
sí considera actos incorrectos, delictivos o indebidos de
otro Estado. De ser así, como resulta obvio, solamente un
país más fuerte que otro está en condiciones de corregir o
castigar a otro más débil, excepto que ese más débil tuviere
la protección de alguien tan o más fuerte que el fuerte de
esta relación bilateral. Más o menos como la garantía dada
por el Imperio Británico y Francia a Polonia en 1939. Dicho
de otra manera: si el guerrillero de las FARC hubiese estado
en territorio venezolano y no ecuatoriano, no es tan lineal
suponer que el ejército colombiano hubiese disparado hacia e
ingresado en territorio venezolano. Estados Unidos invadió
Irak bajo acusación de fabricar bombas nucleares, pero no
invadió Coreo del Norte que efectivamente tiene bombas
nucleares. Argentina bloquea el libre tránsito hacia
Uruguay, pero nadie imagina que se animase a bloquear
siquiera por cinco minutos un puente con Brasil. Es que así
funcionan las relaciones de poder cuando lo que impera es
exclusivamente el balance de fuerzas.
El mundo ha avanzado bastante – mucho o poco, según algunos
muy poco – para sustituir el predominio de la fuerza por el
juego del derecho e instituciones mundiales que regulen la
aplicación del derecho. De no ser así, se volverá al esquema
en que los países más débiles (que en última instancia son
siempre todos menos dos, tres, cuatro o cinco grandes
potencias, y punto) deberán concertar algún pacto de
protección con alguna gran potencia, y confiar en que esa
gran potencia cumpla con sus compromisos. O predomina lisa y
llanamente la fuerza o se busca que predomine el derecho y
la aplicación mundial (global, multilateral o internacional)
del derecho.
Cuando se considera que hay que defender el derecho, hay que
tener cuidado en no confundir las cosas. Fácil es decir que
un abogado que defiende a un delincuente es porque apoya la
delincuencia, que un comisario que tortura o mata a un
presunto o real delincuente lo que hace es defender la ley,
que quien critica a ese torturador está del lado de la
delincuencia, que quien considera que Ecuador tiene derecho
a la inviolabilidad de su territorio lo que hace es apoyar a
las FARC o al terrorismo internacional. Hay que tener
cuidado con estas falacias, que son argumentos para debates
entre gente de baja o nula inteligencia. La gente
intelectualmente refinada sabe que las cosas deben
separarse, pesarse, medirse, analizarse, sin mezclar lo no
mezclable, y ordenando las cosas como haya que ordenarlas.
Si el gobierno de Ecuador protege, ayuda o financia a las
FARC, o lo hace el gobierno de Venezuela, o ambos, y en uno
u otro caso - o en ambos casos - el gobierno de Colombia
tiene pruebas al respecto, sin duda serían hechos
extremadamente graves, y el camino que a éste corresponde es
efectuar la correspondiente denuncia y la presentación de
las respectivas pruebas ante la Organización de Estados
Americanos o la Organización de Naciones Unidas, y pedir que
se adopten las medidas preventivas y sancionatorias
correspondientes. O recorrer el camino de la Corte
Internacional de Justicia. Lo único que no puede hacer es lo
que en esencia y en lenguaje común significa hacer justicia
por mano propia, lo cual está expresamente vedado en todo
derecho nacional o internacional.
Este analista pretende siempre no involucrarse con el objeto
de estudio. En este caso reconoce que él es producto de
haber nacido y haberse formado en un país pequeño, débil,
lejano y en el último siglo largo de nula propensión al uso
de la fuerza. Es posible que esto explique la importancia
que le da al derecho como factor de convivencia entre los
individuos y entre las naciones.