Una de las características del general Liber Seregni como
conductor político – quizás una virtud, quizás un gran error
– fue su repulsión a la demagogia. No solo no incursionó en
ella, ni hizo concesiones al marketing, sino que sentía una
aversión física, visceral. Es muy probable que ese rechazo
al facilismo fuese un factor significativo de debilitamiento
de su liderazgo, porque se necesita haber educado
suficientemente a su gente, tener seguidores muy firmes e
incondicionales, para predicar el camino a seguir, guste o
no guste, y estar en competencia con gente que le dice a la
misma gente lo que ésta quiere creer, fuere o no realizable,
o aunque lo que se le dijere a uno fuese contradictorio e
incompatible con lo que se le dijese a otro. Quizás entonces
su antidemagogia lo llevó a cierto despegue de quienes eran
o debían ser sus seguidores y pudo haberse transformado en
los últimos años más en un profeta que en un conductor.
En la etapa de acumulación electoral para alcanzar el
gobierno sin ninguna duda es necesario una fuerte dosis de
cultivo de las ilusiones de la gente, de trazo de
imaginarios idílicos, de presentación de soluciones al
alcance de la mano y sin sacrificios, para todos y cada uno,
algo así como aquel vendedor de la antigüedad que ofrecía un
escudo capaz de detener cualquier lanza y a su vez también
ofrecía una lanza capaz de atravesar cualquier escudo. Se
requiere un pueblo plenamente satisfecho de sí mismo para
que una prédica prudente, fría, racional, cartesiana, sea de
recibo en las grandes masas. Si no, si lo que hay son
expectativas desmesuras de cambio inmediato, la
antidemagogia no funcione.
En cambio, lo que Seregni siempre creyó es que a la larga
todo gobierno es valorado y se sostiene por sus resultados,
por sus logros auténticos. Valorado no solo por las elites y
los técnicos, sino por toda la gente común, que es la base
de la democracia, donde cada voto vale uno. Que no dura
demasiado el destello de las luminarias y a la postre lo que
cuenta es la cruda realidad. Más aún, que cuanto más
ilusiones se creen en la etapa previa, mayor va a ser la
distancia entre expectativas y resultados, y que cuanto
mayor sea esa brecha, mayor será la desilusión. Así es que
él entendía que el fuerte arraigo que generó el batllismo en
la primera mitad del siglo XX – según su óptica de origen
batllista, porque habría que decir el fuerte sostén que
obtuvo la totalidad del sistema político – se debió a un
país en que la gente se sintió plenamente satisfecha,
orgullosa de vivir y crecer en él, un país próspero,
pujante, trabajador y con una fuerte cultura del trabajo y
la familia. Por supuesto que José Batlle y Ordóñez primero y
Luis Batlle Berres después desplegaron estrategia y táctica,
jugaron sus movimientos en el tablero, maniobraron, lanzaron
consignas estruendosas para la captación o para la
demonización del adversario, pero que todo ello fue el
decorado de una sustancia, y que esa sustancia fueron las
realizaciones. Juicio que puede extenderse a Luis Alberto de
Herrera o a la pléyade de notables del nacionalismo
independiente, y a las figuras directrices de los partidos
Socialista, Comunista y la desaparecida Unión Cívica del
Uruguay.
Aquí hay sin duda una gran distancia conceptual entre
quienes piensan que lo esencial en la conducción política es
el encanto de serpientes y quienes piensan que lo esencial
es la obra realizada, lo efectivamente dejado.
El tema es que para apostar a las realizaciones, sin
premuras, acorde a los tiempos que llevan las cosas, lo más
conveniente es llegar al gobierno luego de haber preparado a
sus seguidores, de haberles desinflado el exceso de
ilusiones y construido un horizonte de realizaciones al
final del camino, después de atravesar pantanos y desiertos.
Algo así hizo el Partido Social Demócrata de la entonces
Alemania Federal con el programa de Bad Godesberg, o Felipe
González en la transformación del Partido Socialista Obrero
Español en las vísperas del acceso al poder al despuntar de
los ochenta. Por igual camino anduvo el viejo Partido
Comunista Italiano del que hoy ya no quedan trazos, tras la
desaparición de sus dos sucesores (el Partito Democratico di
Sinistra y Democratici di Sinistra) cuando caminó paso a
paso hacia el realismo político, en lo internacional, en lo
económico y en lo laboral. En los tres casos la llegada al
gobierno pudo realizarse con mayor o menor éxito, haber
resistido las tentaciones del poder con mayor fuerza o menor
fuerza, haber salido del poder más tarde o más temprano, con
más apoyo o menos apoyo. Pero en los tres casos lo que hubo
fue la voluntad de realizaciones, de obtención de
resultados.
Es posible que el facilismo, la demagogia, el encanto de
serpientes o su contracara, la antidemagogia, la austeridad,
el frío realismo, ni el uno ni el otro sean producto de
decisiones estrategias o tácticas, sino que resulten de los
más profundo de la personalidad de cada dirigente político.
En definitiva, que sea la propia psiquis la que determine el
camino. Lo que nunca debe olvidarse es que la democracia se
asienta en la conformidad de los ciudadanos con el sistema,
y esa conformidad es a la larga producto de la conformidad
con su propia vida.