
El reciente fallo de la Suprema Corte de Justicia sobre
la inconstitucionalidad de aplicar a jubilaciones y
pensiones el Impuesto a la Renta a las Personas Físicas, se
parece al estallido de un conjunto de bombas, de acción
inmediata y de acción retardada, cuyos fragmentos golpean a
diestra y siniestra. Para empezar, no siempre cuando alguien
gana otro pierde, ni cuando alguien pierde otro gana. Para
que haya un vencedor alguien debe jugar para obtener la
victoria y ser reconocido como tal. Y cuando hay un
derrotado, es además porque ese otro jugador hizo todo lo
posible para que se le viese como derrotado.
Por primera vez los partidos tradicionales lograron una
victoria contundente sobre el oficialismo, jugaron con
claridad para lograrla e hicieron todo lo necesario para ser
reconocidos como ganadores. No es la primera derrota del
oficialismo, pero todas las anteriores fueron autoderrotas,
producidas por errores propios sin necesidad de acción de la
oposición o en triunfos opositores de menor cuantía, Esta es
la primera vez que la oposición golpea duro.
El gobierno además acentúa la derrota. Primero, porque dejó
llegar el fallo judicial sin anticipar un movimiento de
eliminación anticipada del problema; aquí jugó la conocida
firmeza (o tozudez, según se lo mire) del ministro de
Economía. En segundo término, porque el gobierno no salió a
la gente con humildad a decir: bueno, ahora nos faltan cien
millones, no tenemos más remedio que aumentar algunos
impuestos; por el contrario, salió con enojo: el mensaje
fue, ahora vamos a castigar a diestra y siniestra, qué se
creen, a nosotros no se nos lleva por delante, aguanten la
embestida. Y previo a todo esto, el titular de Economía
había embestido duramente contra el fiscal de Corte, quizás
como resabio de la otra derrota del oficialismo (de menor
magnitud) como fuera la no designación del candidato
propuesto por el gobierno, militante de las ideas y los
intereses del gobierno,
Por si fuera poco, desde algún lado del oficialismo se
maneja cierta pobreza de espíritu al imputar a Lacalle,
Sanguinetti y Batlle la intención de hacer toda esta
formidable movilización tan solo para mejorar sus
pasividades, o sostener que un magistrado emite un fallo de
tal trascendencia para ver si gana algún que otro peso en su
inminente magra jubilación. Es un mal mensaje, porque o
quienes lo emiten se creen la caricatura que trazan de los
otros o esa es su forma habitual de proceder. Hubo un
intento del equipo económico de minimizar la victoria
contraria, al deslizar a la prensa (y algún medio lo
recogió) la tesis de que todo este resultado fue producto de
la acción de una joven y desconocida abogada rochense,
intento que ante la obviedad de la acción política blanca y
colorada, devino en otro traspié. Lo curioso es que el
oficialismo incurre en estos errores pese a que antes había
surgido el formidable olfato presidencial, cuando con
claridad inequívoca anunció que de producirse este fallo, el
IRPF a los pasivos se derogaba de inmediato e in totum. Si
todo el gobierno hubiese seguido el olfato presidencial, si
no se hubiesen exhibido enojos contra la humanidad, si no se
hubiese ido por el camino de los ataques a ras del suelo, la
derrota hubiese sido mitigada en grado elevado.
Pero el tema tiene otra arista. Los cinco ministros
magistrados cumplieron con su deber, con los errores y
aciertos propios de todo fallo judicial y toda
interpretación jurídica, e hicieron lo que cabe: aplicar el
criterio mayoritario del cuerpo colegiado, en función de la
opinión de los integrantes de este momento, no atarse a una
jurisprudencia en un país en que ella no es obligatoria ni
fuente de derecho, atenerse al caso concreto. Pero esta
impecabilidad judicial no es fácilmente entendible por la
opinión pública, por amplios segmentos de la sociedad, que
no entienden de sutilezas jurídicas. El sistema judicial fue
puesto por el sistema político como árbitro de un tema
esencialmente político. Y la sociedad quedó expectante de
ese arbitraje a un problema político, y analiza el tema en
clave política. Y en esa clave resulta de gran perplejidad
para la gran mayoría de la opinión pública – que no entiende
de caso concreto, autonomía del magistrado y ausencia de
jurisprudencia vinculante – que la Suprema Corte de Justicia
considera que es constitucional que gobiernos colorados y
blancos graven las pasividades, y que es inconstitucional
que lo haga un gobierno frenteamplista. Esta lectura, esta
consecuencia del fallo judicial que es ajena a la voluntad
de los miembros de la Suprema Corte y al fiscal de Corte, es
el efecto de haber puesto al sistema judicial a definir un
tema esencialmente político. Además, se sigue sembrando la
confusión de que las cosas son justas si son
constitucionales e injustas si son inconstitucionales,
cuando lo uno nada tiene que ver con lo otro.
Hace más de quince años que el sistema político acude en
forma sistemática y creciente a la cancha judicial para
dirimir el conflicto político, en lugar de hacerlo en su
propio terreno y por sus propias reglas. En todo país en que
el sistema político ha declinado sus potestades y las ha
trasladado al sistema judicial, en que el sistema político
ha llevado a la magistratura a jugar hechos políticos, en
todos ellos la institucionalidad ha sufrido y en algunos
casos hasta se ha quebrantado. Pero aquí esa lección no se
aprende, y menos se va a tomar en cuenta en medio de la
euforia que invade a la oposición, a blancos y a colorados.
Otra lección que es necesario aprehender, es el desgaste que
al sistema judicial ocasiona el moverse en el terreno de la
alta exposición pública. En forma creciente fiscales y
jueces se exhiben en los medios de comunicación, informan lo
que van a hacer, adelantan su parecer, filtran fallos,
textos de sentencia y comentarios sobre los otros actores.
En este caso se agrava por el haber filtrado las disputas
personales entre los máximos magistrados del país, efectuar
filtraciones y hacer comentarios sobre lo uno y sobre lo
otro, y hasta polemizar con gobernantes y dirigentes
políticos. El sistema judicial se preserva cuando actúa – en
un marco de garantías, de total apego al derecho, a
sustancias y procedimientos – con la mayor discreción
posible, lejos de las candilejas, con serenidad y grisura;
cuando resiste los intentos de sacarlo de esa serena grisura.
Porque lo que importa, lo que debe preservar un estado de
derecho, es que la Justicia habla cuando dice el derecho, ni
antes ni después; atiende apelaciones, reexamina fallos y
sentencias, argumenta y fundamenta, pero no polemiza.