La
identificación correcta del enemigo principal es un elemento
central en la estrategia de los actores políticos. Si la
palabra suena muy bélica, remplácese por quién es el
adversario o quién es el competidor principal. Una vez
definido ese enemigo principal, vendrán entonces sí los
enemigos secundarios. Lo significativo cuando se tiene claro
cuál es el principal y cuál es el accesorio, que ello
determina además de la estrategia, la táctica, las
operaciones y las comunicaciones. Y en este tema aparece una
diferencia sustancial entre la definición de los dirigentes
frenteamplistas y la de los dirigentes tradicionales,
divergencia de definición que puede constituir un activo
para los unos y un pasivo para los otros.
Hasta diciembre del año pasado el Frente Amplio vivió en
medio de la embriaguez, el autismo y la soberbia que produce
el percibirse con el poder absoluto, único representante de
la voluntad popular, con mayoría absoluta en las cámaras.
Los ejemplos de países culturalmente cercanos ayudan a
ejemplificar los efectos de la soberbia. José María Aznar
hizo un primer periodo prudente, ante la necesidad de
sostener su gobierno con el apoyo de los nacionalistas
catalanes y vascos; pero el Partido Popular se desmadró en
el segundo periodo al contar con mayoría absoluta en el
Congreso de los Diputados, y usó esa mayoría absoluta como
una aplanadora que no respetó a ningún opositor, ni
nacionalista (en el sentido español de “regionalista”) ni
españolista, ni conservador (como la CiU) ni de izquierdas.
En Italia, convocadas estas elecciones con un seguro augurio
de un claro y arrollador triunfo del centro derecha, Silvio
Berlusconi se dedicó a expulsar aliados a la derecha y al
centro, desde los neofascistas de La Destra hasta los
centristas de UDC, y logró el milagro de tener el resultado
en duda ante la posibilidad de no lograr mayoría (o no
lograr mayoría cómoda) en el Senado. El Frente Amplio impuso
sus mayorías en una y otra cámara, en todo momento, gobernó
sin ninguna consulta real a la oposición (excepto algún par
de fotos en la Residencia Suárez), creyó que tenía asegurada
las siguientes elecciones aunque llevase a una heladera de
candidato y desató una serie de despiadadas luchas internas:
la que corroe a los socialistas, cuyo presidente fue objetó
de una persistente campaña de rumores hostiles desde el
propio entorno presidencial, la que afecta al Movimiento de
Participación Popular, la que – particularmente en el campo
sindical – enfrenta a comunistas con comunistas, la que
confronta a sectores contra sectores, a alas contra alas.
Así llegó al Congreso del Frente Amplio en que no pudo
elegir al presidente del partido y debió postergar esa
instancia de representación masiva de bases.
Como dijo alguien, “no hay nada que refresque más de golpe a
un mamado que un buen susto”. La profunda caída en la
intención de voto, la incapacidad de los dirigentes de
lograr consensos o siquiera de negociar civilizadamente, la
impotencia del líder y presidente de la República que vio
rechazar uno tras otros sus candidatos a la presidencia
partidaria, todo ello fue el susto que necesitaba el beodo.
La dirigencia frenteamplista adquirió conciencia de que por
ese camino y con esos procedimientos iba derecho a la
derrota, que el triunfo está lejos de descontado. También
hubo acuerdo espontáneo, como producto de la comunidad de
sentimientos, que para todos y cada uno de ellos lo
principal es el mantenimiento del poder, revalidar el
triunfo en las elecciones de octubre del año que viene,
conservar la Presidencia de la República y la mayoría
absoluta en ambas cámaras.
Las siete corrientes con representación parlamentaria y del
buen par de docenas de subcorrientes, son adversarias entre
sí, y adversarias duras. Pero resulta absolutamente claro
que todos subordinan la lucha interna a la lucha externa,
que dan prioridad al triunfo frenteamplistas y al
enfrentamiento a blancos y colorados. Por eso es predecible
que la fórmula presidencial (seguramente en un mismo paquete
con la candidatura a la Intendencia Municipal) será resuelta
por consenso, más tarde o más temprano, pero sin grandes
fricciones y en particular sin grandes controversias
públicas. Que los disensos entre los sectores se harán con
reglas que marquen límites, que subordinen esos disensos a
la presentación de un frente unido hacia fuera.
En los partidos tradicionales comienza a verse el panorama
opuesto. En el momento en que por primera vez blancos y
colorados superan en intención de voto al Frente Amplio,
aunque fuere puntualmente, por la mínima diferencia, nadie
echa campanas al vuelo. El resulta torna a todos
indiferente. Porque en los blancos la atención está puesta
en la competencia entre Larrañaga y Lacalle, o en un tercer
candidato que busca abrirse camino para no quedar prisionero
en la polarización; y aparecen síntomas de que comienzan a
usarse los mismos procedimientos que condujeron al destrozo
electoral del nacionalismo en 1999. Los blancos comienzan a
demostrar que el enemigo principal está dentro del partido,
y que fuera del partido está un adversario secundario, por
lo menos de aquí hasta el 28 de junio del año que viene. Y
si se sigue por este camino, cuando llegue ese momento ya no
tendrán que preocuparse del adversario externo, porque como
en 1999, cuando llegue la hora de la verdad, la de la
confrontación interpartidaria, estarán en la disputa del
descenso.
Lo dicho sobre los blancos vale para los colorados, donde el
grueso de la dirigencia está obsesionado en luchas de pre-precandidatos,
de subcorrientes o de subsectores, mientras los ciudadanos
van por otros caminos y en búsqueda de otras opciones.
Con independencia de aciertos o fracasos del gobierno, de
humores y malhumores, aún de desafines estridentes, el
partido oficialista ha encontrado el clima interno adecuado
para afrontar las elecciones y definido una exacta lista de
prioridades acorde a los resultados que busca. Si los
partidos tradicionales no hacen lo mismo, si la preocupación
por lo interno supera la preocupación por lo externo,
entonces estarán hipotecando lo logrado hasta ahora. No sólo
porque son gruesos errores de procedimiento, sino porque
estarían exhibiendo ante la opinión pública las mismas
formas de proceder que alejó a la gente de blancos y de
colorados.
Así como en diciembre la dirigencia frenteamplista despertó
de golpe de la embriaguez y el autismo, llegó la hora para
que hagan lo propio la dirigencia nacionalista y la
dirigencia colorada, porque no les queda para ello demasiado
tiempo.