Es
un dato que los partidos tradicionales como conjunto han
caído en forma sostenida, sistemática y sin excepciones
desde 1966 a 2004, lapso en que pasaron de representar el
90% del país al entorno del 45%. Cayeron a la mitad. Hace
cuatro décadas que los dirigentes de una y otra colectividad
buscaron la explicación en hechos puntuales, la mar de las
veces con búsqueda y encuentro de un culpable individual,
que casi siempre fue algún dirigente de su propio partido y
por excepción algún dirigente del partido histórico
adversario. No ha habido una reflexión profunda sobre cuáles
fueron las causas de esta caída sistemática, que significa
una pérdida sistemática de sintonía con el grueso de la
sociedad. Una de las causas que explican esta asintonía –
según las investigaciones realizadas con fines académicos –
se relaciona con las formas de hacer política, con las
formas de captación individual del voto. Esto es
particularmente significativo en la población de
características metropolitanas y con menor énfasis – aunque
existente y pesante – en el país más clásicamente del
interior.
La persistencia en las mismas formas y en los mismos
procedimientos por parte de blancos y colorados hace pensar
que este diagnóstico académico no es compartido por la
dirigencia política tradicional, o que si es compartido no
es internalizado, o si es internalizado no hay posibilidad
alguna de cambiar la manera de ser y de actuar, que es algo
tan inherente a la personalidad del actor político
tradicional, que no puede hacer política de manera
diferente.
Es común que la gente vea al otro como a sí mismo o como su
contracara. No logra ponerse en la mentalidad del otro,
razonar y sentir con sus valores y su cultura. Entonces, la
mar de las veces lo que hace es trasladar al otro sus
valores y su cultura, y entonces no lo entiende. O le
atribuye los valores y la cultura opuesta, en forma
simplificada, traza una caricatura, y lo ve a partir de la
caricatura que trazó. Esto es muy claro en cómo lo actores
políticos tradicionales ven a los actores de izquierda.
Entonces, creen que las formas de captación individual del
voto que realiza la izquierda es la misma que realizan los
blancos y los colorados. El problema está que la gente común
y silvestre no lo ve así.
Conviene ver dos cosas: cómo exhiben sus diferencias y cómo
recorren los barrios los dirigentes de una u otra área
política. Al recorrer los barrios, al dirigirse a la gente
por medios de comunicación, el Frente Amplio se expresa a
través de un discurso central abarcativo de todo el
frenteamplismo cuyo emisor principal es Tabaré Vázquez, y se
expresa también a través de los discursos sectoriales de
siete corrientes con al menos cinco pensamientos diferentes
que (para usar alguna de las clasificaciones) son el
socialdemócrata, el cristianismo de izquierda, el socialista
marxista, el comunista y el popular revolucionario. No hay
ningún referente que abarque no solo toda el área contraria,
sino todo lo blanco de un lado y todo lo colorado del otro.
Si alguien emerge con la pretensión de esa calidad, son los
mismos copartidarios los que se encargan urbe et orbi de
descalificar esa representación globalizadora. Entre
Sanguinetti y Batlle siempre hubo claras y nítidas
diferencias de pensamiento, como que uno abreva en las
fuentes de la socialdemocracia moderada y el otro en el del
más fuerte libremercadismo; pues el uno y el otro, y los
seguidores del uno y del otro, se empeñaron en convencer a
la ciudadanía que los único que los ha separado son
rivalidades personales, rencores o rechazos mutuos,
apetencias individuales. Entre Larrañaga y Lacalle la
diferencia es mucho más fuerte, es sustantivamente más
fuerte, que diferencias de estilos, trayectorias o
capacidades: hay diferencias de visión del país y de
proyecto. También el mensaje que recibe la población es que
son dos líderes que piensa igual y ambicionan la misma
silla.
En la recorrida de los barrios, los actores políticos de
izquierda que lo hacen habitualmente, que son los actores de
segundo y tercer nivel, hablan con la gente para presentar
qué hace y defiende la izquierda contra lo que hace y
defienden sus adversarios, a los que invariablemente se
califica como “La Derecha”. Luego se particulariza en a
quiénes defiende e interpreta cada una de las corrientes en
particular, ya sea expresada en un sector institucionalizado
o en un líder. El diputado o dirigente explica por qué hay
que seguir o apoyarse en Mujica, Astori, la Vertiente, los
comunistas o los socialistas.
Desde que desaparecieron las listas centrales (como la vieja
15 de Luis Batlle o la 504 del Movimiento Nacional de Rocha)
o desde que aparecieron las mal llamadas “elecciones
internas”, los actores blancos y colorados de segundo y
tercer nivel no recorren los barrios para hablar de las
bondades de sus partidos y las maldades de los otros, ni
siquiera sobre las virtudes de sus líderes o de sus
sectores. Lisa y llanamente le piden a la gente que apoyen a
cada uno de ellos, al diputado o aspirante a diputado
fulano, que no apoyen al diputado o aspirante a diputado
mengano de su mismo partido y su mismo sector, porque fulano
quiere ir en la lista en lugar seguro y delante de mengano.
Aunque las aspiraciones de los actores frenteamplistas sea
tan fuerte como la de blancos y colorados, aunque la lucha
interna tenga el mismo grado de ferocidad, la gente ve otra
cosa: ve a frenteamplistas preocupados por la lucha de ideas
e intereses colectivos, y a los blancos y colorados
preocupados por el destino personal de los mismos actores
políticos. Esta diferencia marca una ventaja comparativa de
la izquierda en la captación del voto, que es tanto más
ventaja cuanto los dirigentes tradicionales no solo no la
ven, sino que se resisten a verla y recurren a una
multiplicidad de listas y candidaturas parlamentarias que
para el votante simple significa la exhibición de la
multiplicidad de apetencias personales.
Mientras persista esta dicotomía, que la izquierda se
presente y sea vista como un conjunto de personas que luchan
por ideas e intereses colectivos y los partidos
tradicionales se exhiban y perciban como conjuntos de
personas que luchan por sus ambiciones personales
individuales, hay un significativo plus electoral para la
izquierda.
NOTA: El domingo pasado se publicó un análisis sobre las
ventajas comparativas del Frente Amplio sobre los partidos
tradicionales, en cuanto el primero tenía como prioridad
retener el gobierno y en los Partidos Nacional y Colorado
predomina la obsesión por la lucha interna. El mismo domingo
se publica la información del fracaso del Plenario Nacional
del F.A., que demuestra que pese a que es un hecho que la
izquierda prioriza retener el gobierno, persiste un nivel
agudo de patología interno que puede conducirlo a la
derrota, más por sus propios deméritos que por mérito de sus
adversarios.