Hace
una década, un gobierno de coalición de los partidos
Colorado y Nacional había desarrollado más de un centenar de
policlínicas barriales en el departamento de Montevideo,
donde se asistía a un número significativo de la población
capitalina. Una iniciativa desarrollada con mucha eficacia,
que prestó servicio a una cantidad muy importante de
habitantes capitalinos. Las policlínicas eran promovidas,
organizadas y dependían de una dirección del Ministerio de
Salud Pública, cuyo director era además un aspirante a
lograr un escaño parlamentario. El problema para el gobierno
radicó en que esa obra social de gran envergadura y éxito,
generó un significativo rechazo de la población. El por qué
estuvo en la praxis política asociada a la gestión pública:
al lado de cada policlínica se abría un club de la lista del
mencionado director, como quien dice, la policlínica fue
identificada como el objeto del intercambio de asistencia
por votos.
Otra praxis común, generalmente surgida desde las
intendencias municipales, es la entrega de chapas, bloques y
bolsas de Portland (es decir, de cemento para construcción,
valga el uruguayismo) a humildes vecinos que intentan
construir o ampliar sus viviendas. A cambio de esas chapas,
bloques y bolsas se coloca en las viviendas un cartel de
adhesión a la candidatura, la precandidatura o la aspirantía
a candidatura del dador de los bienes constructivos, cartel
que además del nombre del partido y del benefactor, lleva la
palabra “Club” y alguna denominación para el mismo, que va
desde el nombre del propio benefactor hasta el de algún
personaje histórico del partido, personaje que probablemente
jamás repartió chapas ni bloques, y en cambio con mucha
probabilidad sacrificó su fortuna y hasta su vida por los
ideales del partido.
Este intercambio de favores públicos por votos propios y de
amigos, es lo que comunmente se denomina “clientelismo”. Es
decir, la acción política donde hay un intercambio directo,
donde uno otorga lo que el otro necesita (bienes, empleo,
trámites), y el otro da lo que el primero necesita, que son
votos. El clientelismo está asociado en el imaginario
público a una praxis política de blancos y de colorados. Los
blancos y colorados se quejan de que los frenteamplistas
realizan el mismo clientelismo y que la población no los
castiga por lo que castiga a blancos y colorados.
De aquí surgen dos preguntas. La primera, si efectivamente
hay un juicio diferente hacia frenteamplistas que hacia
blancos y colorados. La segunda es si las cosas son tal como
la ven los dirigentes de segunda fila de ambos partidos
tradicionales. La respuesta a la primera es correcta: fuere
cual fuere el instrumento de medición, surge que el
clientelismo se asocia primordialmente con políticos de los
partidos tradicionales y en muy pocos casos con políticos de
izquierda.
La respuesta a la segunda pregunta es la clave ¿Los
dirigentes frenteamplistas piden que se abran comités de
base a cambio de chapas, de bloques o de bolsas de Portland?
La respuesta es negativa. No lo hacen. Ni tampoco abren un
comité al lado de una policlínica por ellos fundada,
promovida o administrada.
Los dirigentes colorados y blancos responden que hay un gran
nivel de proselitismo en la acción del asistencialismo, sea
en planes de salud, de alimentación o recursos monetarios.
Cualquier investigación objetiva y seria concluye en dos
cosas: la primera que no hay clientelismo en cuanto a toma y
daca, no hay trueque; la segunda es que efectivamente hay
proselitismo político, pero indirecto. Lo que hay es
propaganda por el ejemplo, hay el “vean cómo los de
izquierda ayudamos a los pobres sin pedirles nada”; o con
más refinamiento la difusión de un catecismo ideológico
sobre las bondades de la izquierda y las perversidades de la
derecha, a lo que se asocia la prédica de que la gente de
izquierda se preocupa de los pobres y de los trabajadores, y
la gente de derecha se ocupa de los ricos y, además, cada
uno de ellos de hacer dinero para sí mismo, por las buenas o
por las malas.
No todos actúan así ni en entre frenteamplistas ni entre
blancos y colorados, pero sí la descripción corresponde al
comportamiento mayoritario de los actores con mayor contacto
individual con la gente, los recorredores. Sobre este
comportamiento mayoritario se pueden hacer juicios éticos y
plantear dudas éticas, se puede discutir quién ayuda más a
quién. Pero lo que es relevante es que para el grueso de la
opinión pública unos buscan la compra del voto y los otros
no. Lo que importa no es cuál es la esencia de lo que hace
el uno y lo otro, sino como se percibe lo que hace el uno y
el otro. Y el grueso de la gente percibe las cosas como se
describe en este artículo, y esa diferencia de percepción
opera como un activo para el Frente Amplio y como un pasivo
para el Partido Nacional y el Partido Colorado.
Entonces, como resumen de tres análisis, la izquierda cuenta
en su haber con tres tipos de percepciones de la opinión
pública (no de sus votantes, sino de la abrumadora mayoría
de los electores): que ponen en primer lugar el
mantenimiento en el poder y el triunfo electoral de la
izquierda, mientras blancos y colorados priorizan la
competencia interna; que recorren los barrios y los pueblos
hablando de las bondades de la izquierda, de las maldades de
La Derecha (con mayúscula) y de la santidad de sus líderes o
partidos, mientras que la mayoría de los esforzados
activistas blancos y colorados recorren barrios y pueblos en
búsqueda de votos para sí mismos a efectos de poder ocupar
un cargo electivo; que la izquierda practica el proselitismo
a partir del asistencialismo sin exigir en forma directa y
explícita una contrapartida, y buena parte de los activistas
blancos y colorados plantean el quid pro quo que se traduce
en clientelismo.
Nada de lo dicho son juicios éticos, porque puede ser tan
moral o inmoral lo uno como lo otro. Son meras explicaciones
de por qué una forma de proceder es diferente a la otra, y
una forma tiene mejor recibo entre la población que la otra.
Estos tres temas son tres activos a favor de la izquierda y
tres pasivos en contra de los partidos tradicionales,
activos y pasivos derivados de la praxis política, no de las
ideologías, los programas ni los resultados de gobierno. Mal
no le vendría a los partidos tradicionales meditar sobre
estos temas. Muchas veces la forma de hacer política es a la
larga la diferencia entre el éxito y el fracaso electoral.