Con
la elección del obispo (¿suspendido?) Fernando Lugo como
presidente del Paraguay ha surgido la visión de que toda
Sudamérica se ha vestido de izquierda, con la excepción de
Colombia (y para algunos, de Perú). Entendida Sudamérica en
su concepción tradicional, tanto geopolítica como cultural,
que abarca los diez países iberoparlantes del continente
sudamericano, con exclusión de los tres territorios
geopolítica y culturalmente volcados al Caribe, es decir,
Guyana, Surinam y el departamento francés de Cayenne.
El presidente Chávez en su peculiar estilo dijo “tenemos un
sindicalista presidente, tenemos un médico, tenemos un
indio, tenemos un militar revolucionario como Fidel, tenemos
un militar cuartelero como yo, ahora tenemos un cura”. La
primera persona del plural implica la pertenencia a un
conjunto del que todos ellos son parte. Ahora bien ¿todos
ellos se corresponden con una misma ideología o con una
misma orientación política? ¿es igual la política de - y
representan lo mismo - Hugo Chávez, Luis Inacio Lula da
Silva, Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet, Evo Morales,
Rafael Correa, Cristina Fernández de Kirchner y Fernando
Lugo? ¿Por qué en esta lista tan dispar la mayoría de las
veces se excluye al presidente Alan García, miembro pleno de
la Internacional Socialista? ¿Acaso en la inclusión y la
exclusión operan decisivamente los afectos y desafectos del
o hacia el mandatario venezolano?
Antes que nada hay que empezar a definir de qué se habla
cuando se habla de izquierda, más no fuere como una
definición operativa. Clasificar los distintos conceptos de
izquierda excede la mención en un artículo y es materia que
va desde una monografía a un tratado. Lo común a todas las
definiciones es una cierta propensión a la igualdad social,
a la equidad socioeconómica o a la igualdad socioeconómica
(que no es lo mismo) y una actitud refractaria – que va
desde la búsqueda de frenos hasta el más abierto combate –
al juego libre e irrestricto del mercado y del capital. Pero
estos elementos comunes engloban tanto a las corrientes
populistas, nacionalpopulistas y neopopulistas como a las de
izquierda clásica, como el comunismo, el socialismo o la
socialdemocracia. E inclusive comprende a las nuevas
izquierdas de características más movimientistas, que se
reconocen en el ambientalismo, el pacifismo, el liberalismo
sexual y el laicisimo radical.
Hay muchos ejes para clasificar derecha e izquierda, y
entonces hay muchos elementos que separan entre sí a las
izquierdas. A título de inventario parcial y al vuelo:
Uno, la adhesión y asunción plena de los valores de la
poliarquía (que corresponde más o menos a los que se
simplifica en los términos de democracia liberal) versus la
adhesión condicionada y hasta el rechazo a dichos valores;
en otros términos, la dicotomía entre democracia liberal
clásica y otras formas que se denominan a sí misma
democráticas, como por ejemplo la democracia participativa.
O en esencia la contraposición entre posiciones
sustantivamente poliárquicas y otras sustantivamente
propensas al autoritarismo. En el primer caso son
inequívocos los casos de Bachelet, da Silva, García, Lugo y
Vázquez; del otro son inequívocos los casos de Chávez,
Correa y Fernández (Morales es un caso aparte).
Dos, la clásica izquierda defensora del Estado laico (que es
el caso del Frente Amplio de Uruguay, si se excluye la
personal posición diferente del presidente Vázquez) y las
corrientes de fuerte entronque confesional (donde se destaca
sin sombra alguna el presidente Chávez).
Tres, el entronque con los diversos pensamientos clásicos de
la izquierda internacional (donde son paradigmáticos los
casos de Chile y Uruguay) versus el entronque con los
pensamientos populistas tanto de los europeos de los años
treinta, de los sudamericanos de los años cincuenta como los
unos y otros reformulados en este nuevo siglo (donde los
paradigmas son Argentina, Ecuador y Venezuela)
Cuatro, las diferentes búsquedas de presencia en el
escenario internacional, donde hay una inequívoca
pertenencia a una misma sintonía de los gobiernos de Brasil,
Chile, Perú y Uruguay (y se anuncia en la misma frecuencia
al próximo de Paraguay) y la pertenencia a otra sintonía de
los gobiernos de Bolivia, Ecuador y Venezuela; y de difícil
sintonización la del gobierno de Argentina.
Pero el análisis se complejiza más por el caso boliviano,
que es un caso muy especial. Evo Morales pese a las
apariencias no es un conductor político populista, sino que
representa un fenómeno etnicista, y por ello diferente. Es
el referente de una mayoría del pueblo boliviano que se
siente a sí misma excluida por más de cinco siglos y que
cree que le ha llegado la hora de encontrarse con sí misma y
tener su propio poder. Ocurre que cuando se destacan las
virtudes de una etnia dominante, en este caso
cuantitativamente dominante, es lo mismo que destacar las
virtudes de una raza dominante; ocurre que el lenguaje usa
dos términos muy similares con connotaciones opuestas,
porque etnicismo suena bien y racismo suena mal. Como fuere,
por lo bueno o lo malo, por lo positivo o lo negativo, el
etnicismo boliviano es un proceso político absolutamente
diferente a los nacional populismos de Chávez, Correa y
Fernández de Kirchner (o los Kirchner). Aunque, y esto en
parte lo aproxima al evismo, el chavismo opera también en un
clivaje étnico, en tanto representante de la Venezuela
postergada de zambos, negros, mulatos, mestizos y aindiados
frente a la Venezuela dominante por un siglo y tres cuarto
de las elites caucásicas o semicaucásicas.
También hay una diferencia en el apego al derecho de Brasil,
Chile, Perú y Uruguay, y la conflictiva relación que con el
derecho tienen los gobiernos de Argentina, Bolivia y
Venezuela.
Como en toda clasificación, si se hila demasiado fino se
llega a que nueve países constituyen nueve categorías
diferentes. Pero lo claro es que, según el metro que se use,
los nueve países son clasificables en dos o tres categorías,
donde algunos permanecen siempre con los mismos socios y los
mismos disociados, y otros cambian de socios según el
clivaje que se use. Lo que también resulta claro es que muy
difícilmente, se use la vara que se use, se pueda concluir
que estos nueve países, estos nueve presidentes, estas nueve
fuerzas políticas, pertenecen todas a un mismo universo
político. En todo caso Sudamérica se viste de diferentes
izquierdas.