A
dos años de haber llegado al gobierno, la izquierda italiana
sufre una doble derrota: la pérdida estruendosa de ese
gobierno y al cabo de tres lustros, la pérdida de la
Intendencia de Roma. Los procesos políticos en países afines
son siempre lecciones importantes para la política uruguaya,
tanto por lo que hay de similitudes como de diferencias, de
cosas parecidas y de cosas diferentes.
La primer gran diferencia entre el Frente Amplio y la
extinta L’Unione italiana, es que el uruguayo es un
verdadero partido político, pluri ideológico, de estructura
federativa, pero partido al fin, con un largo proceso de
construcción y consolidación, una masa cuya pertenencia es
con el conjunto, es decir, con el frenteamplismo y muy poco
con sus partes componentes, más un liderazgo popular
extraordinariamente fuerte. Nada de eso tuvo l’Unione. Una
segunda diferencia tiene que ver con el arco ideológico, ya que L’Unione contaba desde una derecha confesional que en
términos uruguayos debería considerarse de centro-derecha
hasta un extremo izquierdo, con representación
parlamentaria, en posiciones ultrarradicales.
Un gran tema de reflexión surge a partir de un común
denominador: la búsqueda del bipartidismo. En Uruguay el
Frente Amplio buscó el bipartidismo mediante su
consolidación como partido y la creación de un escenario
binario, que obligó a los partidos tradicionales a turnarse
en la opción de competidor principal; como se dice
vulgarmente, barrió hacia adentro. En Italia los máximos
dirigentes del centro izquierda (los continuadores oficiales
del viejo, poderoso y desaparecido Partido Comunista y los
herederos de las vertientes de izquierda de la también
desaparecida Democracia Cristiana) apostaron a un
bipartidismo ortopédico, mediante la exclusión a diestra y
siniestra, y la canibalización de la izquierda fuerte. La
izquierda pura fue expulsada del parlamento en virtud de las
leyes electorales excluyentes, obligada a la movilización
callejera y la contestación extraparlamentaria. El nuevo
partido que a sí mismo se define como de centro-izquierda,
creció a costas de destrozar a sus antiguos y potenciales
aliados futuros, porque en algún momento los va a necesitar,
como ya apeló a ellos en Roma. Hasta aquí se puede decir lo
que la izquierda italiana debería aprender de la izquierda
uruguaya.
Donde ambas cometieron pecados equivalentes es en la
soberbia. En Italia hace dos años L’Unione en votos empató
la elección en Diputados (aunque por la ley desproporcional
obtuvo una cómoda mayoría) y perdió en el Senado (aunque por
una ley muy compleja, obtuvo una banca de mayoría en más de
trescientas). Pero apenas consiguió ese resultado que le
permitió formar gobierno, desplegó campanas al vuelo y se
consideró dueña de todas las verdades y de todos los apoyos
populares. Aquí el Frente Amplio no empató sino que ganó,
pero en un país donde un poquito más de la mitad se inclinó
por él y otro poquito menos de la mitad estuvo en su contra;
y con poco sentido de las proporciones, creyó ser el
depositario de la confianza de todo el país, y echó también
las mismas soberbias campanas al vuelo. A L’Unione la
soberbia le duró unas pocas semanas y el gobierno unos pocos
meses; al Frente Amplio la soberbia le duró dos años y algo,
y los sustos de opinión pública le han servido para corregir
el pecado, a tiempo.
Otras son lecciones para estudiar, para no caer en las
mismas tentaciones y los mismos caminos, o si se cae en la
tentación, saber bien los beneficios y perjuicios que puede
suponer hacerlo en un momento y en un tiempo dados. Sin
hacer comparaciones, conviene mirar exclusivamente el espejo
italiano; después se estudiará si hay algo o alguien par
reflejarse en ese espejo. Y las cosas y personajes que allí
no reflejan.
Conviene aclarar que L’Unione terminó dividida en dos
grandes grupos y algunos más pequeños. El más grande, el
Partito Democrático, que giró fuertemente hacia posiciones
que en Uruguay se ubicarían entre el centro y el
centro-derecha, rompió violentamente con la izquierda pura
(la que fagocitó), se enamoró del modelo político
norteamericano y realizó una campaña electoral con slogan y
canciones en inglés, y tomó como íconos a Tony Blair,
Clinton y Obama. Pero un dato significativo es que ese
partido originario de la más pura izquierda clásica, y como
tal laica y anticonfesional, fue derivando hacia una fuerte
atenuación de la laicidad y a sostener posturas
confesionales o de pacto con el confesionalismo.
Propios y extraños coinciden en que además esa izquierda
reformulada perdió contactos significativos con el grueso de
la sociedad italiana. Por qué. Porque buscó tanto la
sintonía con diferentes minorías, que se olvidó de las
mayorías. Su mensaje quedó fuera de la frecuencia de onda de
la gran mayoría de la gente que pelea para llegar a fin de
mes, educa a sus hijos en la educación pública, sufre los
miedos de la inseguridad ciudadana, teme la invasión de
culturas extrañas, ve la vida como una gran incertidumbre,
no les llegan los programas que defienden a las minorías
culturales (como homosexuales y etnias diferentes), tampoco
le llegan las ayudas para la pobreza, sufre el impacto de
los impuestos que recaen sobre los que trabajan y no sobre
los grandes inversores y los grandes especuladores, tampoco
les llegan los llamados a los grandes inversores (porque
para ser inversor hay que tener lo que esa mayoría no tiene,
que es dinero a raudales).
En definitiva predominó un discurso que en una punta fue
dirigido hacia los grandes inversores, en la otra punta
hacia los sectores marginalizados de la sociedad (pobres,
inmigrantes extracomunitarios) y en ninguna punta hacia esa
gente que sufre y trabaja, que habla el idioma del país y
solo él, ni el árabe, ni el rumano ni el inglés, que
casualmente es la gran mayoría del país. Un tema importante
es que el centro-derecha italiano sí supo llegarle a esa
mayoría, porque supo dirigir con exactitud el mensaje, sin
perderse en vaguedades. Supo diferenciar la apelación a los
inversores – extraños a esa gran clase media – y
concentrarse en la apelación a los que no tienen nada para
invertir, pero sí mucho para ganar con su trabajo y mucha
carga pesada de impuestos sobre el trabajo. En un proceso
paralelo entre ambos países con orígenes comunes, en ambos
la izquierda aumentó los impuestos que gravan a quienes
ganan con su trabajo.
Los espejos son para reflejarse en ellos. Para ver cuánto de
lo que reflejan es reflejo de la realidad y cuánto sombras
y deformaciones. El arte está en saber distinguir lo uno de
lo otro.