Mariano Arana como intendente de Montevideo intentó educar a
los ciudadanos de su departamento en la cultura del pago de
impuestos y para ello creó la imagen de los “gastos comunes
de la ciudad”, a semejanza de los gastos comunes que paga
todo condominio, desde edificios de propiedad horizontal a
cooperativas de ayuda mutua. Puede decirse que fracasó. No
logró ninguna simpatía por el pago de impuestos. Lo que no
es nada nuevo ni en Uruguay ni en el mundo. Por algo –sabia
prudencia– en este país no se puede imponer recurso de
referéndum contra las normas tributarias, ni en lo nacional
ni en lo departamental. Este gobierno nacional y el partido
gobernante vieron la caída de sus respectivas apoyaturas
ciudadanas por el rechazo provocado en vastos sectores
cuando impusieron una reforma tributaria que afectó los
ingresos de los sectores medios. Hasta ahora de nada ha
servido ni el halago ni el destrato a los empecinados
refractarios, al convocarlos a dar algo de sí para ayudar al
prójimo o estigmatizarlos por no querer hacerlo.
Hay gente más egoísta y gente más generosa, personas más
avaras y personas más derrochonas. Pero en materia de
impuestos es difícil encontrar diferencias: casi todas
pertenecen al grupo de los refractarios. La pregunta es:
entonces en materia tributaria ¿todos se vuelven avaros y
egoístas? ¿pasa lo mismo con los gastos comunes de su
condominio? Y si la conducta no es la misma ¿dónde está la
diferencia? ¿y por qué? ¿Por qué fracasó Mariano Arana en la
intención de educar a la gente en el pago de impuestos para
solventar los gastos de la ciudad?
La primera diferencia tiene que ver con el proceso de
decisión en la adopción de los gastos. En un edificio, en
una cooperativa, normalmente el monto del gasto a pagar por
cada uno de los contribuyentes es consecuencia del debate y
la decisión colectiva de los condóminos. La segunda
diferencia tiene que ver con que el monto de los gastos se
adopta en forma paralela a la resolución sobre el destino de
los gastos. En otras palabras, los copropietarios,
condóminos o consocios optan entre pagar más gastos comunes
y tener más calefacción, o entre pasar más frío y pagar
menos. O pintar la fachada –y pagar ese gasto– o ahorrar el
dinero y seguir con la fachada afeada. O tener una
vigilancia de veinticuatro horas con el consiguiente aumento
del gasto, o correr más riesgo a cambio de una alícuota
menor. Y además puede, lo que no es menor, contratar más
gente o contratar menos, inclusive resolver reducir personal
o suprimir al único empleado que se tiene. Puede contratar
gente con mayor salario o con menor salario, con la mínima
obligación de cumplir los laudos, las contribuciones
sociales y las condiciones laborales. Es decir, en todo
momento ese condómino tiene ante sí la decisión que tiene
todo individuo con su propio presupuesto: tengo esto y pago,
o ahorro y no lo tengo; o tengo de mayor calidad (y pago
más) o de menor calidad (y ahorro más).
Lo que se ha dicho hasta ahora es de Perogrullo. Pero a
veces lo de Perogrullo es lo que los gobernantes olvidan.
Nada de lo anterior se hace en un gobierno. Ni aún en un
presupuesto participativo. Por ejemplo, en la pasada
consulta efectuada por la Intendencia Municipal de
Montevideo a los vecinos, en el marco del denominado
“Presupuesto participativo”, se pidió a los vecinos que
optasen por determinado conjunto de obras o servicios. Pero
hubo dos tipos de pregunta ausentes. No se preguntó cuánto
estaban dispuestos a pagar de impuestos, si lo mismo que
entonces, algo más o algo menos. Tampoco se preguntó qué
conformidad tenían con la cantidad de funcionarios empleados
para cumplir con los servicios municipales ni qué
conformidad con los salarios y demás beneficios que se les
otorgan. En otras palabras, lo que fue participativo fue con
qué se decoraba el postre. Pero qué había en la comida, cómo
se cocinaba, quiénes lo hacían, cuánto se les pagaba y
cuánto debía abonar cada comensal, nada de eso fue
participativo.
En realidad no está nada mal que eso no se consulte a los
ciudadanos, ya que es lo que ocurre en la abrumadora mayoría
–uno diría que en la casi totalidad de los casos– a nivel de
los estados, las regiones, las provincias y las ciudades. Lo
que ocurre es que los presupuestos no son participativos,
como no lo es ni el presupuesto de Montevideo, ni el de
Canelones, ni el de San José, ni el de la República Oriental
del Uruguay. Lo que en principio puede estar bien, como que
la democracia representativa se basa en la elección de
representantes y en que éstos hagan las leyes, formen los
presupuestos y determinen los impuestos. Y además, se
atengan a las consecuencias de lo que hacen.
Puede haber otros modelos, por ejemplo de democracia
participativa, como algunos pregonan. E incluso puede haber
mayores avances en democracia plebiscitaria, mediante la
consulta a la ciudadanía del gasto y su cobertura, vale
decir, de la obra y el impuesto. ¿Ud. quiere que se haga
esta obra y para ello está dispuesto a pagar XX pesos, o no?
Pero por ahora eso está bastante lejos de expandirse por el
mundo, salvo a nivel de poblaciones pequeñas.
Entonces, vale la pena sintetizar que con los gastos comunes
los vecinos se comprometen a una contribución para solventar
un conjunto de gastos y de obras, o para la contratación de
determinado personal a determinada retribución y con
determinadas obligaciones. Eso no pasa con los impuestos. Y
eso es lo que hace que no sean bien recibidos. Cuando a
alguien se le quitan dineros en forma de impuestos directos
(los más visibles y por eso los más odiados), quien quita
puede pretender su aceptación porque invoca que con ello se
paga el Plan de Equidad o la educación de los niños, pero
quien da puede sentir que lo que paga es al funcionario
público que lo destrata en el mostrador, a la Policía que no
le encuentra lo robado ni le evita el robo, o la compra de
papeles para soportar los papeleos innecesarios que le
exigen.
Parecería que el camino del oficialismo por pretender
culpabilizar a la gente por enojarse con el nuevo impuesto
directo supone hablar en un lenguaje diferente al lenguaje
que usa la gente para pensar el tema de los impuestos y los
gastos públicos.