
En estos días a nivel de gobierno se
ha hablado de “emergencia demográfica”, es decir, la
situación de un país que está al borde de comenzar a perder
población y que acelera su envejecimiento. El problema tiene
muchas complicaciones. Antes que nada, los datos objetivos:
la población del país jamás creció de manera significativa
por la forma de crecimiento de las sociedades que prevé la
naturaleza, es decir, por la procreación masiva, sino que el
mayor crecimiento se debió a la inmigración. Un buen día,
apenas pasar la mitad del siglo XX, la inmigración se frenó;
y cuando todavía el país no se había acostumbrado a dejar de
ser país de inmigrantes, comenzó la emigración: A este país
que no creció significativamente por la vía biológica y que
comenzó a desangrarse con la emigración, se le sumó la
modernización de las familias, que en buen romance quiere
decir que las parejas cada vez empezaron a tener menos
hijos, que cada madre década a década parió menos críos.
La emigración fue primero juvenil y
económica, luego política (combinación de verdadero exilio,
de exilio por las dudas, de exilio con matices económicos) y
finalmente luego con una motivación que no se sabe como
llamarla, porque es algo económica, pero no tanto de
presente sino de futuro, por lo que uno diría que es una
emigración existencial, de temor al futuro de esta tierra.
Si a muchos le impactan las cifras, al que verdaderamente
estudia y piensa el tema lo que le espanta es una cosa mucho
peor: no es que sean tantos los que se van, sino que se va
el recambio del país, los jóvenes más capacitados. Pero
desde el punto de vista cualitativo, que de eso se trata, no
es solo que la emigración desangra calidad, sino que la
población que apenas crece y ahora va a dejar de crecer,
logra no caer en picada por la fenomenal tasa de crecimiento
de los niveles más pobres, menos calificados y menos
instruidos de la sociedad.
Entonces la ecuación es complicada: el
país está apunto de perder población, nacen pocos niños, la
mayoría de los que nacen lo hacen en la pobreza y después
van a recibir baja instrucción, los otros – los que reciben
buena instrucción – se van. Y si no es más complicada aún,
es porque la expectativa de vida crece. Lo cual hace que los
números no caigan tanto, pero que la tasa de envejecimiento
crezca velozmente, como para hacer insostenible cualquier
plan de seguridad social que exista en el mundo o que
alguien se imagine.
Llegó la hora, como lo proclama el
gobierno, de pensar en la emergencia demográfica. El
problema no es pensarlo ni sentirlo, porque lo siente el
país entero, sino que la cosa está en encontrar soluciones,
si las hay. El decreto del retorno es muy positivo parta
facilitar el retorno de los que deseen volver; pero no basta
con traer un auto y muebles sin impuestos, porque después de
volver hay que tener vivienda y tener trabajo, buen trabajo;
y ni lo uno ni lo otro se arregla por simple decreto. Además
y más allá de las bondades del decreto, sería interesante
que alguien estudiase cuántos uruguayos radicados en el
exterior están dispuestos a volver; lo que se presume es que
son muchos los que desearían volver, que no es lo mismo que
estar dispuesto a hacerlo y en el corto plazo. Porque una
cosa es el corazón y otra la razón. En definitiva, la
emergencia demográfica ni va a desaparecer ni se va a
amortiguar por el retorno más o menos inmediato, a corto o
mediano plazo.
Lo que corresponde entonces es
comenzar un gran debate nacional para construir una política
demográfica, de la cual el país carece desde hace más de
medio siglo. Porque hace un siglo y un tercio que sí comenzó
a construirse una política demográfica, con objetivos claros
y perseguibles, y la generación de los instrumentos
jurídicos y fácticos necesarios. Podrá gustar o no la
concepción de esa política, sin duda fue racista – en el
sentido positivo o peyorativo del término, el que más guste
– y hoy sería violatoria o rechinante de la mayoría de los
pactos sobre derechos humanos. Pero lo cierto es que
política hubo, se aplicó y fue eficaz para el desarrollo del
país. Esa política murió y no es reproducible, porque no es
reproducible una Europa hambrienta, militarista, guerrera y
además ideológica y religiosamente intolerante. Así como
Uruguay no acoge inmigrantes sino que expulsa emigrantes,
Europa no genera oleadas de emigrantes sino que recibe
oleadas de inmigrantes, acoge a los que le sirven y expulsa
a los demás.
Lo que vale la pena rescatar de
quienes pensaron la política demográfica entre el último
tercio del siglo XIX y la mitad del XX, es que la pensaron.
Que hubo objetivos y herramientas. Hoy no hay ni lo uno ni
lo otro. No se sabe lo que se quiere. Ni siquiera se atisba
lo que no se quiere. No se sabe si los uruguayos quieren
importar latinoamericanos pobres y hambrientos, como ayer
importaron europeos pobres y hambrientos, o qué es lo que
desea recibir. Tampoco se discute demasiado cuál es el
déficit poblacional del país, cuál debería ser el punto de
equilibrio. Porque no es claro si tres millones y monedas es
poco o mucho, y de no ser mucho y ser poco, cuál es el
número necesario. Y además, discutir necesario para qué:
para financiar el sistema de pensiones, para crear trabajo
en la era en que vale cada vez menos el trabajo físico y es
sustituido por la automatización, o para qué otra cosa.
Porque un país donde se vende
mercadería en las calles, plazas y ferias, donde hay
millares de personas que viven de la recolección y el
reciclaje de basura, no parece ser el lugar ideal para
levantar un pregón y gritar: ¡necesitamos inmigrantes!
¡necesitamos brazos para trabajar! Como lo gritaron desde
1870 hasta algún día de 1956. Porque allí había necesidad de
brazos, no había hurgadores, ni ambulantes y sobraban
puestos de trabajo.
Uruguay puede hacer
muchas cosas malas: no tomar conciencia de la emergencia
demográfica, no debatir el tema, no tener idea de qué hacer
con la población y su estancamiento o caída, no saber hacía
dónde ir como sociedad, no saber qué tipo de cultura se
quiere tener y cómo puede impactar sobre determinada
inmigración sobre el modelo actual o el imaginado. Lo único
bueno que puede hacer es tomar conciencia de la emergencia
demográfica y comenzar a debatir qué hacer con el problema,
sin facilismos (porque el tema es difícil) y sin prejuicios
(que lejos de ayudar, entorpecen).