
Todo
gobierno en todo momento afronta un difícil dilema entre la
cantidad y la calidad. Entre distribuir recursos con la
mayor dispersión posible a la mayor cantidad de gente o
concentrar recursos a la búsqueda de altos resultados
cualitativos. De apostar al mejoramiento de la calidad de
vida de la mayor cantidad de gente posible o de apostar a la
conformación de una elite de alta calidad. Este es un dilema
de acero, al cual no es posible escapar. Se puede poner más
énfasis en lo uno o poner más énfasis en lo otro, pero es
muy difícil equilibrar lo uno y lo otro, porque a lo sumo se
puede apostar un poco a la cantidad y otro poco a la
calidad, menos cantidad que si se destinase todo a la
cantidad, menos calidad que si se apostase a pleno a la
calidad. Hace un tiempo, ante un planteo similar, un
calificado pensador de izquierda dijo que no debía
renunciarse a la utopía de compaginar ambos propósitos Pero
más acá de la utopía, el dilema subsiste y los gobiernos,
todos los gobiernos, con independencia de tiempo y de lugar,
tiene el drama de tener que elegir, de optar entre dos
alternativas igualmente deseables.
Esa
opción puede tener un tanto de ideológica y un tanto de
pragmática. En lo ideológico sin duda va a tener como
valores extremos contrapuestos el de la igualdad y el de la
excelencia. Cuando se habla de igualdad es menester evitar
algunos equívocos. Uno, que no es lo mismo el igualitarismo
como fin que el igualitarismo como inicio, es decir, una
cosa es buscar que todas las personas partan del mismo punto
en la vida, tengan igualdad de oportunidades, y otra cosa es
que se busque la igualdad entre todas ellas. Tampoco debe
confundirse igualdad con equidad (que contra lo que muchas
veces se cree, no son sinónimos), ya que equidad en buen
romance significa igualdad de ánimo, moderación, templanza,
dar a cada uno lo que merece (que no quiere decir dar lo
mismo a cada uno). Por tanto, si se busca analíticamente uno
de los extremos, no es el de la equidad sino el de la
igualdad, el del igualitarismo. E igualitarismo significa
entender que toda distinción entre los humanos es de por sí
incorrecta, que cada cual debe recibir lo que necesita (con
independencia de su aporte) o que cada cual debe recibir lo
mismo que cada uno de los demás. Ya fuere entonces basado en
la concepción de la igualad como un valor supremo, ya fuere
en el de la equidad, se parte de un segmento ideológico cuya
consecuencia es la búsqueda del mejoramiento de la cantidad,
del mayor número posible de personas.
Cuando se
busca la calidad sin duda hay una previa determinación de
qué tipo de calidad - para qué y dónde - busca ese país.
Normalmente las políticas en procura de la calidad son
anti-igualitarias, ya que se busca estimular la formación
personal – lo más alta posible, si es necesario – de un
conjunto reducido de personas, se busca estimular además la
mayor dedicación al trabajo consciente, razonado y
eficiente; ello lleva a que se establezcan mecanismos de
incentivos que necesariamente producen desigualdad.
Entonces, aunque suene duro, cuando se apuesta a la cantidad
se trabaja en contra de la calidad, cuando se apuesta a la
calidad se trabaja a favor de la desigualdad.
La
apuesta a lo uno y a lo otro se puede medir en término de
intenciones o en término de resultados. Es muy común que los
gobiernos lo midan en término de intenciones, y así
planteen, por ejemplo, en objetivos de cantidad, cuántas
personas son asistidas en un plan determinado, sin que se
examine si ese número de personas asistidas lo ha sido en
forma alta o baja, con resultados buenos, malos o nulos. Y
en objetivos de calidad planteen cuánto dinero se destina a
la educación universitaria o a la investigación, sin evaluar
qué resultados producen esos dineros. La medición de la
cantidad en términos de resultados es diferente, pues lo que
se mide ya es no cuantas personas fueron asistidas sino
cuántas lo fueron en forma correcta, por técnicos de nivel,
y qué efectos produjo esa asistencia. Y la medición de
resultados en términos de calidad mide - para seguir los
ejemplos mencionados – no cuánto dinero se ha destinado a la
educación a la investigación en términos globales, o en
relación a la población, o al producto interno bruto, sino
qué produjo ese dinero, ya fuere en resultados de
investigación, ya en graduados o posgraduados
universitarios, y qué nivel alcanzan en términos
comparativos internacionales esos graduados o posgraduados.
En este
gobierno conviven los dos discursos, discurso no en el
sentido de mejor mensaje comunicacional, de palabrería, sino
en el sentido profundo de programa, de concepción, de
orientación. El discurso dominante del gobierno, el que se
aplica en la mayor cantidad de áreas, supone la apuesta a la
cantidad, al mejoramiento de la calidad de vida de la mayor
cantidad de personas. El discurso que tiene como elemento
central a la dirección de Planeamiento y Presupuesto es lo
contrario, es la apuesta a la calidad, a la búsqueda de la
exigencia. En general puede decirse que hay diversos caminos
en el gobierno que atentan contra la calidad: la búsqueda de
resultados cuantitativos, las compras del Estado centradas
en la obtención del menor precio posible, la valoración de
las políticas de cantidad en función de intenciones y no de
resultados (cuántas personas se asisten, cuántas reciben
ayuda, no de qué resultados produjo). Por otro lado hay
fuertes apuestas a la calidad, todavía más en etapa de
planificación y preparación que de ejecución, que pasan
desde las concepciones de reforma del Estado hasta la
institucionalización de la innovación y la investigación.
El país necesita sin duda un gran debate
sobre el tema, ya que el próximo gobierno – el que fuere –
va a tener nuevamente que hacer una opción entre cantidad y
calidad, o sobre cuánto de cada cosa, y va a tener que
fijarse en si mide por el lado de las intenciones o mide por
el lado de los resultados obtenidos. Pero esto no es una
discusión teórica, no es una disquisición de gabinete,
aunque lo parezca. Es una discusión previa y necesaria a la
ejecución del gobierno, pues va a determinar para dónde se
quiere que vaya la sociedad uruguaya.