
Valga el
neologismo y el uso simplificado del concepto de Yihad, que
últimamente se ha tomado como sinónimo de “guerra santa”,
fundamentalmente en base a los sectores fundamentalistas del
islamismo político. En la política general, los individuos
de concepciones fundamentalistas suelen ser necesarios y
hasta imprescindibles para motorizar diversas luchas, porque
es muy probable que sin la fe de un fundamentalista resulte
imposible llevar adelante el más mínimo plan de un segmento
del Estado, ante la enorme trenza de intereses creados que
provoca toda modificación, que todo cambio, que toda medida
diferente. El problema que acarrean los fundamentalistas que
el celo puesto en llevar adelante sus planes o programas les
hace perder muchas veces el sentido del equilibrio, de que
una sociedad es un tejido de derechos y obligaciones
entrelazadas. Entonces, ese celo lleva naturalmente al
aplastamiento de todo derecho que no sea congruente al logro
del objetivo como fin supremo. Y además, la mar de las
veces, a la frustración de la lucha emprendida, porque al ir
más allá de lo que la sociedad en su vasta complejidad
tolera, termina por anular los enormes esfuerzos realizados.
Hay una expresión popular que grafica esto último: “pasarse
de rosca”, que quiere decir que apretar tanto, tantas veces
o hacerlo en demasía, la rosca se mella y lo que se enrosca
en la rosca no aprieta, que da flojo; entonces, por querer
que las cosas queden bien apretadas, no solo quedan flojas
sino que ya no van a apretar más, salvo que se cambie la
rosca.
Hace
pocos años, entre el fin del gobierno anterior y los
comienzos de éste, la Dirección General Impositiva logró un
gran éxito cultural al generar masivamente el sentido de
cumplimiento de las normas fiscales. No solo fue un tema de
recaudación, sino de sentido de la obligación. Pero de tanto
cabalgar en su Rocinante, comenzó a embestir contra otras
normas y otros derechos, como el paradigmático artículo
presupuestal que subordina viejos derechos del derecho
liberal al objetivo de la recaudación fiscal. Piénsese que
con el objeto de evitar la evasión fiscal (ni siquiera la
defraudación, sino la mera evasión) se suprime el secreto de
confesión, el secreto entre padres e hijos, el secreto
conyugal, el secreto profesional (el de médico-paciente,
abogado-cliente, contador-cliente, periodista-informante).
Poco después, tras un cambio en la titularidad del
organismo, el siguiente director proclamó el poco liberal
principio de que en materia tributaria “todos son culpables
hasta que se demuestre la inocencia”.
En
realidad hay o ha habido sistemas políticos basados en ambos
principios: en la prohibición de todo secreto ante el Estado
y el principio de culpabilidad como base de presunción. Y
cualquiera tiene el derecho a bregar por un sistema basado
en dichos principios. Pero ocurre que no son los fundamentos
del sistema político y del sistema jurídico uruguayo, por lo
que los funcionaros tendrán el derecho a estar a favor de
ambos, pero están obligados a aplicar lo prevaleciente en el
país: la existencia de secretos ante el Estado, por
considerar que son un bien superior a proteger, y el
principio de inocencia hasta la plena demostración de la
culpabilidad. Llama la atención que no se haya armado ningún
escándalo, nadie haya renunciado, y hasta el ministro en
última instancia responsable de ello, conocido por proclamar
una firme adhesión al liberalismo político, no haya sentido
la necesidad de marcar siquiera una discrepancia.
Otro caso
se ha visto en los recientes empujes de filosofía
sanitarista, basado – como afirma Constanza Moreira – en “la
idea de que existe un "bien" de las personas que las
personas no conocen, pero sí conoce el Estado clarividente
que todo lo ve”. Esta afirmación lo que hace es marcar otro
gran debe en el debate nacional y en particular en el debate
de la izquierda gobernante, del frenteamplismo: cuántos son
partidarios de que el Estado cuide a cada uno de sus propios
errores y cuántos creen en la libertad irrestricta de cada
quién. Porque no hay duda que hay un fuerte sostén a las
políticas sanitaristas y un fuerte rechazo a las mismas. O
se puede decir que depende de qué tema se hable y de cuánto
sea el tantum de esas políticas.
Este
empuje – o más bien empujes de anteriores – comenzó con el
combate a la droga. Mientras la droga crece, se vende pasta
base en las zonas más céntricas a la vista y paciencia de
cada uno, se decidió diversificar los esfuerzos hacia el
combate al tabaquismo. El combate a la droga ha tenido gran
aceptación verbal y por lo que parece en materia de consumo
y venta, mínima aceptación fáctica. El combate al tabaquismo
en cambio logró un apoyo masivo y un acatamiento
generalizado. El tema es de la rosca. Parece que ese
acatamiento ha llevado a seguir dando vueltas a la rosca
para proteger a los individuos de sus propios impulsos
consumistas. Y en ese combate, se llega a disposiciones que
dejan sus dudas sobre si concuerdan con ciertos principios
de la libertad de comercio, como el que el Estado le indica
a cada uno que su producto deba tener una presentación única
y elegida por la autoridad estatal. Aquí existe el peligro
de que una batalla exitosa e inteligentemente llevada a
cabo, se desmadre; y ocurra por esa vueltita de más a la
rosca.
Cuando
el combate al consumo de droga y al narcotráfico sigue
siendo un gran debe de la sociedad uruguaya, se emprende
contra la venta de alcohol y la publicidad del alcohol, en
términos propios de las concepciones puritanas que llevaron
a la Ley Seca en los Estados Unidos de América. Otra vez, lo
que comenzó a debatirse como el combatir excesos en el
consumo de alcohol por determinados segmentos de la
sociedad, en lugares determinados y días específicos, se
transformó en un combate ético contra el alcohol, digno de
las concepciones fundamentalistas islámicas. Otra vez la
bendita rosca.
Si se va
más atrás se recordará una reforma educativa parcialmente
frustrada – más allá de por una feroz oposición de
sindicatos y buena parte de la izquierda – también por un
fundamentalismo que en el mismo momento llevó a su
protagonista a pelear contra los sindicatos, los estudiantes
ocupantes de liceos y centros de UTU y – lo más paradojal
pues nada tenían que ver con el tema – con los productores
rurales.
En una sociedad plural como la uruguaya, no solo plural sino
mesurada, los gobiernos deben tener cuidado de equilibrar
los impulsos a planes y programas específicos con no
afectar, arrasar o combatir otros derechos. No solo por un
problema de equilibrio sistémico, sino por la más vulgar
razón de no invalidar el propio esfuerzo. Porque la pequeña
historia reciente de nuestro país demuestra que los
fundamentalismos tienen por efecto anularse a sí mismos.