
El Frente Amplio discute y negocia en
todos los ámbitos como recorrer el camino de la sucesión
presidencial, un problema que ha atormentado a todos los
oficialismos de los últimos tiempos, desde Pacheco Areco
hasta Batlle, pasando Lacalle y dos veces por Sanguinetti.
El F.A. tiene a su frente diversos caminos.
En términos prácticos son: Uno, consenso en la fórmula
Astori-Mujica. Dos, consenso en que la fórmula la integren
Astori y Mujica, pero quién va a presidente y quién a vice
surgiría de las elecciones preliminares del 28 de junio.
Tres, que el Congreso del F.A. en diciembre proclame un
candidato oficial (seguramente Mujica) y autorice a Astori a
competir en junio (candidato oficial versus candidato
autorizado). Cuatro, que ambos compitan el 28 de junio como
candidatos oficiales ambos o autorizados ambos. Por ahí anda
los que a hoy es más probable, pero pueden aparecer caminos
inesperados.
Pero existen tres de cuatro
probabilidades que con independencia de la forma el 28 de
junio se enfrenten por un lado el líder tupamaro, ex
ministro de Ganadería y una especia de segundo
vicepresidente de la República, y por otro el hasta hace
pocos días ministro de Economía y jefe del equipo económico.
Cabe recordar que junto con el candidato único de cada
partido a la Presidencia se elige simultáneamente el Organo
Deliberante Nacional (ODN), que para el caso de los Partidos
Nacional y Colorado es a su vez la Convención partidaria.
Ocurre que la ley reglamentaria de las elecciones
preliminares – las mal llamadas elecciones internas –
establece un corsé en las candidaturas a la ODN. En una ley
mal redactada (como toda esa reforma constitucional), con
graves confusiones técnicas y errores de lógica, se
establece que si un candidato figura en listas que concurran
en la misma hoja de votación con un determinado pre-candidato
presidencial, no pueden integrar listas que en otras hojas
de votación concurran con otro u otros pre-candidatos
presidenciales. Dicho en términos de mostrador de boliche,
que es el lenguaje que usaron los constitucionalistas de
1996, si una lista “apoya a un precandidato” no puede
“apoyar a otro precandidato”.
Entonces, de darse la hipótesis de la
confrontación Astori-Mujica en junio, con la forma que fuere
y las reglas que se determinaren, los grupos políticos del
Frente Amplio tienen en principio que alinearse detrás de
uno o detrás del otro. Y esto significa generar dos bloques
en la interna de la izquierda, congelar dos polos, trazar
una línea divisoria entre los mujiquistas y los astoristas,
donde no solo desaparecen los términos medios, sino también
desaparece un espacio para el propio Tabaré Vázquez, o para
los tabarecistas. El F.A. afronta pues el riesgo de una
división. No en el sentido de ruptura, que es el fantasma
remanente de 1988-89, cuando el retiro del lema del Partido
por el Gobierno del Pueblo (la Lista 99) y el Partido
Demócrata Cristiano, es decir, de los seguidores de Hugo
Batalla. Sino en el sentido de división que se ha usado
tradicionalmente en los partidos tradicionales: como una
separación de aguas, la construcción de polos distantes
entre sí.
Este riesgo es algo que preocupa a
muchos sectores frenteamplistas y a corrientes dentro de
algunos sectores, particularmente a todos los grupos y
dirigentes que no están definidamente alineados ni con uno
ni con otro. Obviamente la primera forma de evitar la
división es eludir la confrontación electoral. Pero lo que
se estudia es la hipótesis de que la confrontación fuere
inevitable o conveniente. En tal caso, una primera solución
sería que muchos grupos pudiesen apoyar a ambos candidatos,
porque lo que la ley prohíbe es que las mismas personas
figuren en listas diferentes junto con pre-candidatos
presidenciales distintos. Sin embargo, menudo lío sería
conformar dos listas socialistas, dos listas vertientistas,
dos listas de otros. Porque además ¿no se correría el riesgo
de trasladar el problema, de para evitar la división del
Frente Amplio provocar la polarización interna de unas
cuantos sectores, o agudizar las rispideces ya existentes en
algunos?
Otra solución sería que el F.A.
reduzca la competencia interna exclusivamente al plano
presidencial (y al departamental si se quiere, que tiene
otras reglas y no colide con lo nacional). Vale decir, que
junto con cada pre-candidato presidencial haya una única
lista elaborada sin criterio político, por ejemplo, toda con
delegados de las bases, o con figuras sectoriales mechadas
aleatoriamente. Es decir, listas ficticias para una ODN que
además no va a tomar decisiones políticas reales, no va a
votar. Entonces, en ese caso, no estarían en la calle – o
mejor dicho en las urnas – las hojas con números clásicos
como 77, 90, 609, 738, 1001, 2121 y 99000; tendrían que
aparecer nuevos números, que no representen otra cosa que la
adhesión a un pre-candidato o al otro. Sin duda tampoco es
una buena solución, pero al menos es factible y evita ese
riesgo de polarización.
Es
necesario tener presente que el Frente Amplio es el partido,
de los tres mayores, el que más funciona como partido, que
define tácticas y estrategias para el conjunto partidario, y
que la acción política no se reduce a un juego de
fracciones. No es poco lo que en ello pesa un liderazgo por
encima de partes como el de Tabaré Vázquez, ni tampoco la
existencia de una estructura con mucha tradición. Ese
funcionamiento de partido difícilmente pueda sobrevivir a
una fuerza política divida en dos bloques, con fronteras
precisas. Entonces, la izquierda podría reproducir ese juego
fraccional bipolar que centró durante mucho tiempo el
accionar del Partido Colorado y que hoy se percibe en el
Partido Nacional.