
Eduardo Víctor Haedo fue un personaje singular.
Fugazmente diputado, consejero nacional de Gobierno, primer
mandatario, ministro, senador la mayor parte de su vida.
Hijo de una madre soltera, lavandera, hace más de un siglo
ese origen marcaría su ser. De una inteligencia superior,
buen calibrador de los seres humanos, cierta soberbia y un
culto al cinismo marcaron límites prácticos a esa
inteligencia y esa capacidad de percepción. Ya mayor, fuera
de cargos públicos, en su casona puntaesteña “La Azotea”
contaba a un puñado de jóvenes una enseñanza temprana.
Siendo muy joven, apenas pasados los treinta años, fue
designado ministro de Instrucción Pública y Previsión
Social. A poco de andar en el cargo pasó a serle natural que
oyese “Pase usted primero, señor ministro”, “Usted ordene,
señor ministro”; que al entrar en una sala todos se pusiesen
de pie; que en una velada fuese el centro de atención.
Primero pensó qué halagos reciben los ministros; pasado el
tiempo sintió que los halagos no eran al ministro secretario
de Estado, sino a la persona de Eduardo Víctor Haedo, a él,
por sí mismo, por ser quién era, por sus propias virtudes y
sus propios talentos.
Un buen día, como más tarde o más temprano ocurre en la
política, y ocurre en general en la vida, un recambio de
gabinete lo dejó sin sillón. A la mañana siguiente tocan a
la puerta de su casa. Un obrero uniformado de la Oficina de
Claves – la que entonces manejaba la red de teléfonos
oficiales – busca un papelito enrollado en el bolsillo, lo
desenrolla, lee y pregunta: “¿Aquí vive un señor llamado
Eduardo Víctor Haedo? Vengo a retirar el teléfono oficial”.
Entra, se dirige al dormitorio, corta con una pinza los dos
cables que unen el aparato a la pared, los enrolla en el
aparato y se va. “Me quedé mirando un buen rato esos dos
cables pelados que salían de la pared”, “allí se había ido
todo mi poder”. (No olvidar que en los años treinta – y en
los setenta también – no existían los derivados ni los
múltiples enchufes, además penalizadas por la empresa
telefónica estatal. Por una razón que nunca nadie explicitó,
casi todo el mundo hacía colocar el teléfono oficial en el
dormitorio, en la mesa de luz).
En periodos de mucha estabilidad política funcionan las
carreras políticas. La gente sube escalón a escalón, como en
toda carrera escalafonada. A veces, muy a veces, alguien da
un pequeño saltito, como subir un tranco en dos peldaños.
Ese método lleva a que la mayoría llega a los cargos más
altos, o al más alto de su carrera, con una idea fuerte de
los límites del poder, de las ventajas y las desventajas de
la altura.
Pero en todo cambio de gobierno hay
figuras que llegan con rapidez a niveles muy elevados, que
dan saltos altos en el escalafón de la vida, saltos con
garrocha. O que directamente que se encaraman entrando por
el techo. Muchas veces llegan a la política desde otras
esferas, con otras reglas, códigos y jerarquizaciones. Y
como ocurre con mucha generalidad, a casi todo el que no ha
subido escalón a escalón la altura lo marea. Tiene que pasar
el tiempo, que darse muchos golpes contra la pared, que
quedar con los cables pelados del teléfono, para darse
cuenta de lo efímero de esa gloria y de ese poder.
Este es un mal casi inevitable en una
actividad como la política, el gobierno y la administración
de confianza, en que no hay escalafones (como se quejaba
Discepolo sobre la vida), en que se pueden subir los
peldaños de a cuatro en cuatro, y hasta descolgarse desde el
cielo (caer en paracaídas, como vulgarmente se dice en la
administración pública). Mucho más cuando se trata de cargos
de gobierno o de administración, porque en la mayoría de los
cargos electivos el electo tuvo que luchar bastante para
llegar, para conseguir los votos suficientes para sentarse
donde se sienta, y comprender enseguida que al otro día de
sentarse comienza la lucha por permanecer y, si es posible,
ascender.
Cuando al gobierno llega un partido o
un sector con larga trayectoria en los cargos públicos, el
fenómeno es cuantitativamente menor, y en tanto lo es
cuantitativamente, lo es también cualitativamente. Pero se
ha dado en todos los partidos la llegada con elencos nuevos
(que no quiere decir necesariamente joven), con gente que
siempre miró el poder desde lejos. Entonces, ese fenómeno
del deslumbramiento ocurre. Y sucede cuando se instala el
gobierno, pero también cuando se producen recambios en el
mismo. Cuanto más nuevo en la política es el personaje,
cuanto más empezó por el techo, más vértigo siente en la
altura; porque no solo marea la altura real, sino que además
quien siente vértigo cree que la altura donde está es mayor
a la real, mucho mayor. A veces no se distingue el Monte
Everest del Cerro Catedral, el Himalaya de la Sierra de
Carapé.
Hay dos cosas que los presidentes
aprenden rapidamente: uno es cuan efímero es un quinquenio,
cuan mucho es lo que se quiere hacer y cuan poco es el
tiempo para hacerlo; lo segundo es que cuando todavía no se
acomodó el cuerpo al sillón, ha pasado más de la mitad del
mandato y se vienen encima las siguientes elecciones.
Entonces los presidentes aprenden el valioso tiempo que
muchos de sus colaboradores han perdido en regodearse con
las alturas del poder. Sin embargo, los presidentes se
sienten prisioneros entre la necesidad de renovar, de
inyectar sangre fresca, y el peligro de que esa sangre
fresca (que cabe repetir, no quiere necesariamente decir
joven) pudiere sufrir de apunamiento político.
Es un fenómeno para reflexionar, aunque parece que no para
remediar, porque desde que el mundo es mundo y el hombre es
hombre, no se ha encontrado remedio. Que hay que convivir
con el fenómeno. Cuya contratara es el hombre sentado frente
a los cables pelados del teléfono, de su teléfono.