
La reforma constitucional de 1966-67 creó la arquitectura
formal para llegar a una gran personalización del Poder
Ejecutivo, tras salir del extremo opuesto como lo fue la
despersonalización de un órgano colegiado con presidencia
rotativa. Sin embargo, el sistema no operó ni fue visto con
el nivel de personalización y presidencialización que emerge
de las últimas reformas constitucionales orgánicas de
1996-97. Qué fue lo que operó para llegar a esta situación,
cuando no hubo demasiados modificaciones sustanciales a las
potestades presidenciales, e incluso algunos elementos en
sentido opuesto como el jugar el nombramiento y cambio de
los directorios de los entes autónomos y servicios
descentralizados en función de la existencia o pérdida de
respaldo parlamentario al gobierno.
El sistema electoral anterior para la elección de Poder
Ejecutivo operaba en un esquema de alta complejidad y alto
refinamiento, que contra la creencia de muchos intelectuales
de aquí y de afuera, era comprendido perfectamente por el
ciudadano más simple y elemental. Hay estudios concluyentes
en cuanto a la claridad con que ese ciudadano de a pie
comprendía cabalmente los efectos de su voto y la
complejidad de opciones que se le presentaban. Esa
complejidad y esa sofisticación dio al elector muchos puntos
de enfoque en la toma de decisiones, producto de la
aplicación del doble voto simultáneo para la elección de
Poder Ejecutivo, sumado a la posibilidad de combinaciones
relativamente libres para los actores políticos de un mismo
lema para la presentación de ofertas electorales para ambas
cámaras.
Ese sistema fue sustituido por una elección presidencial
a tres vueltas eliminatorias. Más que un balotaje, en
Uruguay lo que se introdujo fue el sistema de torneos por el
método olímpico, es decir, a varias vueltas de carácter
eliminatorio. Hay una primera vuelta mal llamada de
elecciones internas y simultáneas, que en puridad tampoco
son elecciones primarias, y cuyo objetivo es hacer una
primera ronda de selección de aspirantes, donde todos
compiten al interior de cada lema. Una segunda vuelta donde
cada seleccionado de cada lema compite con sus iguales, los
demás seleccionados de los otros lemas. Y eventualmente una
tercera vuelta donde se define entre los dos más votados de
la ronda anterior, la que en puridad es una segunda vuelta.
En el interior del país esa primera vuelta va acompañada de
otra primera vuelta para las elecciones de intendente
municipal (va en todo el país, pero tiene efecto político
real solo en el interior), es decir, también hay una
hiperpersonalización de la elección del poder ejecutivo del
gobierno departamental.
Tanto este primer turno de junio como el segundo de
octubre van acompañados de otras elecciones. En el primer
turno de las elecciones de órganos deliberantes nacionales y
departamentales (ODN y ODD respectivamente), que son tomados
como una preclasificación para la elaboración de las listas
parlamentarias (por la mayoría pero no por todos). Y el
segundo turno va acompañado de las elecciones para diputados
y senadores. Sin embargo, la mecánica de estas tres vueltas,
la acentuación de las diversas elecciones hacia la
Presidencia de la República como norte, han dado un carácter
de elección subsidiaria a las de los cuerpos colegiados,
sean órganos deliberantes o cámaras legislativas. Basta ver
las encuestas, las noticias de los medios de comunicación,
los comentarios y los actos de los actores políticos, para
ver que la elección presidencial domina por encima de todas
las demás, al punto de esfumar la existencia de las otras.
Si esta es la visión de las elecciones, naturalmente se
traduce en que en el plano simbólico hay una elección de un
único gobernante omnímodo, que cuenta con la opinión pública
enfocada en él y en gran parte detrás suyo.
Un segundo elemento hacia esa hipersonalización la da el
que el presidente de la República sea elegido necesariamente
por la mayoría absoluta de los votantes afirmativos, lo cual
implica que también en el plano simbólico siente que él es
por sí y solo él la expresión plena de la ciudadanía, el
depositario de la soberanía. No rige la vieja máxima vasca
de: recordad señor que cada uno de nosotros vale tanto como
vos, y que todos juntos valemos más que vos. Más bien, a lo
sumo, todos juntos los parlamentarios, la mayoría, terminan
valiendo lo mismo que el señor presidente; producen un
empate pero no una reversión de fuerzas.
A esto cabe añadir un tercer elemento que ocurre bajo
este gobierno. En el gobierno anterior (único elegido bajo
las nuevas normas constitucionales) operó un sistema de
frenos y contrapesos políticos, producto de que el
presidente de la República debió sustentar su apoyo en dos
factores para él debilitantes: no contar con el liderazgo
pleno de su partido y necesitar del apoyo del otro partido.
En suma, Jorge Batlle debió compartir el poder esencialmente
con Sanguinetti y Lacalle, pero también con Larrañaga que
fue el detonante de la ruptura de la coalición de gobierno.
La mayoría parlamentaria bajo el gobierno anterior (y
también bajo la coalición explícita de la segunda
administración Sanguinetti) fue bipartidista. En cambio,
ahora hay una mayoría parlamentaria monopartidaria, pero
además de un partido acostumbrado a un funcionamiento
monolítico y a un presidente que es el líder todo el partido
y está por encima de los liderazgos sectoriales. Recién en
este cuarto año de gobierno, y más claramente en la segunda
mitad de este cuarto año, es que ese monolitismo se
resquebraja, paralelo al descaecimiento de liderazgo
partidario absoluto del presidente de la República. Pero en
la casi totalidad del tiempo útil de gobierno, del tiempo
anterior a que comenzase a sobreponerse los temas
electorales, el presidente contó con un partido
incondicional y mayoritario detrás suyo, con la autoridad de
haber sido elegido por la mayoría absoluta del país y,
además, salvo algún momento excepcional, con el apoyo
mayoritario absoluto de la opinión pública. Estos elementos
sin duda han sido extremadamente fuertes para llegarse a
esta hiperpresidencialización.
Lo cierto es
que Uruguay cuenta con una constitución que en lo formal es
semipresidencial o semiparlamentario. Pero opera con una
praxis política, una visión de la sociedad, una percepción
de los actores políticos y de los analistas políticos, que
se traduce en un régimen hiperpresidencializado. Esta es la
distancia que va de la Constitución formal a la Constitución
sustantiva.