
Las elecciones primarias, es
decir, la definición de una candidatura presidencial
mediante elecciones abiertas y por consiguiente a través de
campañas electorales abiertas, se ha revelado como una
carrera en el pretil, con más probabilidades de caer que de
llegar a la meta. Es el invento electoral más similar a la
ruleta rusa. Y esto es así tanto donde se inventó, en los
Estados Unidos de América, como en las experiencias habidas
en este lejano sur. Un partido puede dirimir la competencia
dentro de reglas civilizadas, donde los aspirantes luchen
exhibiendo sus mejores virtudes, donde su discurso vaya por
la positiva, o pueden hacerlo por la negativa, mediante la
demonización del adversario.
La primera experiencia de
primarias – parciales, incompletas – ocurrió el 28 de mayo
de 1989, cuando una fracción del Partido Colorado (el
“Batllismo Unido”) apeló a una elección de tipo primaria
para definir su candidatura presidencial. Fue a padrón
abierto, es decir, toda persona habilitada para votar en la
República podía a su vez participar en dichas primarias,
siempre y cuando firmase una declaración de adhesión a la
fracción, lo que fue conocido como la firma de la “Fe
batllista”. Allí confrontaron el entonces vicepresidente
Enrique Tarigo y el entonces primer senador de la mayoría
oficialista Jorge Batlle. El nivel de dureza, de
descalificación del uno al otro, marcó la erosión mutua de
ambos contendientes. La forma de administración del
resultado fue otro factor destructivo, porque allí se
demostró que si es difícil saber perder, no siempre se sabe
ganar. El resultado fue que un Partido Colorado situado en
el entorno del 40% del electorado (tanto el resultado de las
elecciones de 1984 como la intención de voto registrada por
el entonces único instituto encuestador) llegó a los
comicios nacionales en el 30%.
Cuando se inauguró este
nuevo sistema, con el ciclo electoral 1999-2000, se instauró
lo que los redactores de la Constitución llamaron
erroneamente “elecciones internas y simultáneas”. En
realidad lo que se configuró fue un sistema de elecciones
generales destinadas primordialmente a elegir el candidato
único de todos los partidos. El Partido Colorado administró
bien la competencia, en base a la premisa de que “el que se
quema con leche, ve una vaca y llora”.
El Partido Nacional se
estrenaba en esas lides. Una competencia tetralateral, por
la propia lógica que surge en las teorías de juego, devino
esencialmente en una competencia bilateral en la que
confrontaron el ex presidente de la República Luis Alberto
Lacalle y su ex ministro del Interior Juan Andrés Ramírez.
Este último siguió una estrategia centrada en el ataque
directo a su contendor, mediante fuertes acusaciones éticas.
Hay un momento en que se bifurca el camino estratégico y el
protagonista debe optar; es cuando la persecución de su
objetivo solo es posible mediante el propio suicidio. Lo
normal, lo que se enseña en las teorías de juego, es que
todo actor busca lo mejor para sí y su lucha contra el
oponente tiene como límite su propia destrucción. Esto marca
la posibilidad de dos caminos: uno es minimizar el objetivo
para no autodestruirse; el otro, el elegido por Ramírez, fue
abrazarse a su contendor para hacerlo caer, y en esa caída
derrumbarse los dos. Y de paso se derrumbó el partido. A
fines de enero de 1999 la Encuesta Nacional Factum
registraba un triple empate de los tres partidos grandes. En
octubre de 1999, el nacionalismo logró el tercer lugar, casi
con la mitad de votos que el primero (que lo fue el entonces
Encuentro Progresista-Frente Amplio). Así como el
coloradismo en 1999 aprendió la lección de una década antes
(y en 2004 no tuvo real competencia), el nacionalismo en
2004 aprendió la lección de un lustro antes, y la
competencia Lacalle-Larrañaga transcurrió dentro de los
carriles más civilizados. De ambos partidos surge una
lección: no se necesita que ambos competidores jueguen
fuerte para que la lucha resulte in civilizada, basta que
uno solo practique el juego brusco.
Pero el Frente Amplio no
tiene experiencias previas. La candidatura presidencial
siempre fue la postulación obvia del líder indiscutido (como
Liber Serení en 1971 y 1989, o Tabaré Vázquez en 1994, 1999
y 2004), o un vicario consensuado para una candidatura
nominal y sin posibilidades (Crottogini en 1984). La
competencia primaria de 1999 no lo fue tal, por la
formidable disparidad de fuerzas entre el candidato
oficialmente proclamado por el Congreso y apoyado por todos
los sectores frenteamplistas menos uno (Vázquez) y el
solitario desafiante apoyado tan solo por su grupo político
(Astori); el resultado de 82% a 18% evidenció esa no
competencia.
Pero ahora es diferente.
Porque lo que está en juego son dos cosas diferentes y
simultáneas: lo obvio, la competencia entre Danilo Astori y
José Mujica por la candidatura presidencial (que en el
Frente Amplio se cree que es por la obtención sin duda
alguna de la primera magistratura) y lo que hay detrás, la
lucha entre Tabaré Vázquez y José Mujica por el liderazgo de
la izquierda. En esencia pues es una competencia entre
Mujica y la dupla Astori-Vázquez.
Los límites para que la
competencia sea civilizada son traspasables cuando: Uno, un
contendiente tiene como objetivo principal destruir al otro.
Dos, para uno de los contendientes la obtención del premio
(liderazgo, presidencia) es el valor supremo, por encima por
ejemplo de la preservación del propio partido. Tres, se está
a una altura de la vida en que se siente que no se puede
decir “esta vez, paso”, porque la biología es implacable.
Cuatro, alguno considera que la persecución de la victoria
no admite límite alguno de ninguna clase.
Salvo lo primero, los otros
tres puntos están presentes hoy en la contienda
frenteamplistas. Y como se afirmó antes, basta que de un
solo lado se juegue fuerte, para que la cancha se ensucie.
El Frente Amplio inicia esta contienda con nubarrones que
anuncian que si sigue por este camino en el futuro se
recordarán las competencias Batlle-Tarigo y Lacalle-Ramírez
como juegos de salón.
El nivel de dureza que despunta en estos primeros días, el
uso de tácticas solo conocidas en el juego político
argentino, son alarmas que la colectividad frenteamplista
tendría que oír si no quiere que se repita la historia
colorada del ’89 y la historia blanca del ’99. Porque como
en ambos casos el ganador se puede encontrar con una
victoria a lo Pirro o el perdedor se puede encontrar con su
propia destrucción.