
Se denomina
desempoderamiento al fenómeno que muestra la pérdida de
poder de alguien que naturalmente lo tiene, o que lo tiene
por un tiempo determinado. A nivel político un caso especial
lo fue aquella especia de emperador azteca como el
presidente de los Estados Unidos Mexicanos durante la
hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Como se sabe, producto de la Revolución de 1910 y de la
reacción frente al porfirismo, se estableció en dicho país
que el presidente de la República no puede ser reelegido
jamás y su periodo de gobierno tiene una duración de seis
años. Durante algo más de cinco años de ese sexenio, ese
presidente encarnaba al emperador azteca, tanto en lo
simbólico como en el ejercicio efectivo del poder. Hasta que
un día se producía el destape. ¿Qué quiere decir? Que el
sucesor era anunciado por el presidente en ejercicio después
de un oscuro proceso de selección, sobre el cual no hay
mucho material conocido. En lo formal, lo único que hacía el
presidente era anunciar al PRI su preferencia por un nombre
para la candidatura presidencial. Invariablemente el PRI
designó siempre como candidato al sugerido presidencialmente
y el pueblo mexicano eligió siempre al candidato del PRI. En
la realidad, el presidente destapaba el nombre del sucesor.
En ese instante, el de la ceremonia del destape, el poder
comenzaba a desplazarse lentamente desde el emperador en
ejercicio hacia el emperador designado; día a día el poder
del presidente disminuía a ojos vista. El destape constituía
el momento supremo del ejercicio del poder y el comienzo del
fin de ese poder.
Por estas latitudes el
destape se produjo el domingo 14, pero al revés. Contra la
voluntad del primer mandatario el Congreso del oficialista
Frente Amplio eligió como candidato oficial a José Mujica
por la apabullante mayoría del 72% y además, en acto que los
penalistas calificarían de alevosía, relegó al tercer lugar
al preferido presidencial. Esta semana, el pintoresco
senador adquirió visos de presidencialidad; para unos
aparece como el futuro presidente y para otros como el
futuro candidato único presidencial de la izquierda. Como
fuere, algunas cosas indican su empoderamiento: “¿Vd. se va
a mudar a la Residencia Suárez o va a seguir viviendo en su
chacra?” pregunta un periodista; un centenar de empresarios
de un lado y otro del Río de la Plata, a 250 dólares
americanos el cubierto, asisten al quincho de su amigo
Varela a contribuir a los fondos del presidenciable y así
posibilitar la compra del “Pepemóvil”. Son actos de
empoderamiento, porque no es el producto del destape, sino
de la rebelión de los militantes. Entonces, Mujica no es
solamente el aspirante a suceder a Vázquez en la Presidencia
de la República, sino el desafiante del presidente en la
disputa del liderazgo de la izquierda. Desafío para el cual
cuenta con el apoyo de tres de cada cuatro militantes,
alrededor de la mitad de los parlamentarios y con el grupo
más poderoso de la izquierda.
El fracaso de Vázquez es el
quinto destape fracasado en el último cuarto de siglo. Nunca
el presidente logró imponer el sucesor. Sanguinetti fracasó
con Tarigo y diez años más tarde con Hierro, Lacalle fracasó
con Ramírez, Batlle fracasó con Stirling. Parece que los
destapes no funcionan en este país sin aztecas, casi ningún
charrúa y pocos guaraníes. Si Astori llegase a ganar en
junio, que es una posibilidad relevante, ya no sería el
producto del dedo presidencial, sino el resultado de una
lucha personal y desde atrás, porque ahora el economista es
el challenger del incumbent Mujica.
Hubo pues un cuádruple
fracaso de Vázquez en el Congreso: no pudo imponer la
fórmula Astori-Mujica, su propuesta ni siquiera fue
considerada, se eligió a quien él no quería y se relegó a su
preferido al tercer lugar. Pero el desempoderamiento, cuyos
primeros síntomas se advierten desde hace un par de meses,
tiene otros elementos adicionales y anteriores: la réplica
(en la oportunidad, fondo y forma) de Mujica y de Fernández
Huidobro al primer mandatario, que quebró su intocabilidad;
el alineamiento del 95% del Frente Amplio en contra del
presidente en la ley del aborto; la oposición de la gran
mayoría del Consejo de Ministros a la decisión del
mandatario; el que éste, enfrentado a la casi totalidad de
su partido, hubiese tenido que recurrir al apoyo de la
oposición para mantener el veto a la ley; la dura
declaración del Congreso del Partido Socialista contra el
veto; la renuncia de Vázquez a la afiliación a ese Partido;
las no consecuencias de su renuncia, dado que no solo no
hubo fractura sino que continuó su camino sin disidencias
con su propio candidato presidencial sin adherir al
preferido presidencial; y por último el intento fracasado de
dividir al Partido Comunista.
Sin duda puede discutirse
mucho la representatividad del Congreso, que representa a
los activistas del Frente Amplio o en el mejor de los casos
a los afiliados, y no necesariamente representa a los
votantes de ese partido. Pero que los candidatos y las
autoridades emerjan de los activistas o de los afiliados es
concepción de soberanía partidaria predominante en el mundo,
en las democracias occidentales basadas en partidos, y es la
concepción que predomina en la izquierda uruguaya, en toda
ella, desde hace un siglo. Pero no solo es teoría, sino que
es praxis aceptada en algún momento por todos los
contendores. Porque fuere cual fuere la teoría, lo cierto es
que Astori fue ungido por la misma institución Congreso como
candidato vicepresidencial en 1989, como segundo de Seregni,
y Vázquez fue tres veces ungido por esa misma institución
Congreso.
Hace un mes en Trinidad, el
presidente Tabaré jugó todo su peso y toda su autoridad en
un gesto caudillesco, de fuerza impresionante, que hizo
pensar en el nacimiento del primer caudillo del tercer
milenio. No fue así. Porque el caudillo es tal cuando se
gesto de autoridad deviene en acatamiento, que no hubo.
Entonces, hoy aparece como el último gesto para imponer per
se su liderazgo, el último intento.
Y así como Astori tiene por delante que subir la cuesta en
pos de la victoria en las elecciones preliminares de junio,
Vázquez tiene por delante que combatir por la defensa de su
liderazgo jaqueado.