
El Frente Amplio siente los
problemas de una transición estructural y conceptual aún no
concluida. Su concepción básica inicial fue la de una
alianza de movimientos y partidos políticos de carácter
permanente, no exclusivamente electoral, (nunca fue una
coalición, en tanto siempre tuvo ánimo de permanencia,
autoridad central única y mandato imperativo, cualidades
excluyentes en una coalición); tuvo al consenso como
elemento central, una conducción colectiva presidida por un
primus inter pares que resultase del acuerdo de los aliados
y a su vez tuviese como misión central buscar el resumen de
posiciones. La candidatura presidencial quedó ligada a esa
figura intermedia entre el papel de liderar y el papel de
mediar y sintetizar. En una segunda etapa se fue perfilando
un líder central, es decir, alguien que impone sus propios
criterios, estrategias y decisiones, por encima de los
sectores integrantes y en un plano superior a los líderes
sectoriales; mantiene el consenso como origen de su
liderazgo y la candidatura presidencial como derivado
natural de ese liderazgo.
El primer liderazgo, el del
general Liber Seregni, tuvo dos desafíos. El primero el del
abogado Hugo Batalla, que nunca adquirió la forma de
competencia por un liderazgo sino de contraposición de
proyectos, y devino en su abandono del Frente Amplio. El
segundo el del médico Tabaré Vázquez, que transcurrió por
una forma oblicua: la obtención de la presidencia del
Encuentro Progresista, el juego de una diarquía Seregni-Vázquez
como expresión de la dualidad Frente Amplio-Encuentro
Progresista, la creciente pérdida de poder interno y de
opinión pública de parte del general, la renuncia de éste y
el campo libre para el médico. Pero nunca hubo una real
disputa abierta por el liderazgo ni menos por la candidatura
presidencial. La excepción podrían ser los desafíos de
Danilo Astori, pero no pasaron del plano de lo simbólico,
nunca amenazaron (ni en 1994, ni en 1999 ni en 2004) la
inexorabilidad de la candidatura Vázquez, por tanto, los
problemas que hoy aparecen siquiera fueron discutidos.
La concepción de alianza
política derivó sociológica y estructuralmente hacia un
partido político federativo. La base de soberanía se
trasladó en etapas desde la alianza de movimientos y
partidos hacia los afiliados al partido (en la terminología
frenteamplista, hacia los adherentes). Sus órganos
superiores son elegidos por esos afiliados en elecciones
mediante distintos procedimientos (listas cerradas y
bloqueadas, candidaturas individuales). Un complejo
procedimiento donde intervienen el Plenario Nacional (órgano
superior de carácter permanente) y el Congreso (órgano ad-hoc
con funciones específicas) se aplica para la definición
tanto del cargo de presidente del Frente Amplio como para la
candidatura presidencial.
Desde la asunción por parte
de Vázquez de la Presidencia de la República, quedó
disociada la figura del líder (el primer mandatario) de la
de presidente del Frente Amplio, con una función de tipo
gerencial. Dos problemas enfrenta hoy el partido gobernante:
la definición de la candidatura presidencial y
posteriormente la de su futuro liderazgo. Primero tiene un
tema de contradicción en sus bases de soberanía: sustituye
sin haberlo decidido específicamente, por la vía de los
hechos, la base de soberanía por parte de sus afiliados por
el mismo principio de base de soberanía de los partidos
tradicionales, que es muy difícil de definir, porque la
constituyen todos los ciudadanos uruguayos (estrictamente
todos los habilitados para votar, ciudadanos o no) que
deseen libremente inmiscuirse en la definición de la
candidatura presidencial de un partido, adhieran o no,
piensen votarlo en las elecciones nacionales o no. Contra lo
que se cree por estos parajes, es un sistema bastante
original en el mundo.
Los partidos tradicionales
aceptan como sistema de decisión el que surge de la ley
reglamentaria de la reforma constitucional. Consiste en: a)
es elegido candidato único el pre-candidato que obtuviese
más de la mitad de los votos del partido o, en su defecto,
un mínimo del 40% del total de votantes del partido y una
distancia de diez puntos porcentuales con el segundo
candidato; b) de no cumplirse ninguna de las dos
condiciones, la elección recae en el Órgano Deliberante
Nacional (ODN, llamadas popularmente “convenciones”),
elegido contemporáneamente con la elección de candidatura
única.
El Frente amplio no tiene
nada resuelto al respecto. Si los pre-candidato son dos,
necesariamente uno de ellos obtiene más de la mitad de los
votos (salvo el improbable caso de empate). Pero si los
candidato son tres – o más – surgen varias interrogantes:
Una ¿Es elegido el más votado, en régimen de pluralidad
(mayoría relativa) o se aplican las dos condiciones
alternativas de la ley reglamentaria? Dos, en caso de que se
siguiesen las reglas de la ley y no hubiese definición en
las urnas ¿quién decide luego: el Plenario Nacional, el
Congreso o la ODN? Esta última hipótesis no es menor
conceptualmente, pues supone excluir a la representación de
las bases de la definición final.
El Congreso del Frente
Amplio se limitó a elegir un candidato y a autorizar a otros
cinco a concurrir a esas elecciones preliminares del 28 de
junio de este año. Desde el punto de vista formal o jurídico
no hay diferencia alguna entre el candidato oficial y los
candidatos autorizados. Pero nada dijo el Congreso de cuál
es la regla de decisión para el Frente Amplio ese 28 de
junio, si la que marca la ley o alguna otra definida por sí
propio.
Más vale, de haber una tercera candidatura, que las reglas
se aclaren con anterioridad a la votación. Porque definir
con resultado a la vista no aparece como lo más sensato para
obtener una aceptación pacífica del resultado. La lucha por
el liderazgo vendrá después, a la luz de los resultados del
28 de junio y del 31 de octubre.