
Dardo Rocha fue el primer gobernador de la Provincia de
Buenos Aires tras el desgajamiento de la ciudad homónima
en1880.
Fue además el fundador de la ciudad de La Plata, proyectada
específicamente para ser capital de la provincia. Cuando
hacia 1886 Julio Argentino Roca – líder del Partido
Autonomista Nacional (PAN) - finalizaba su mandato como
presidente de la Nación, su correligionario Rocha proclamó
sin éxito su candidatura a la sucesión; fue desplazado por
Miguel Juárez Celman. Nunca pudo alcanzar la primera
magistratura; ni él, ni ningún gobernador posterior de la
primera provincia argentina. De allí surgió la leyenda:
sobre los gobernadores de Buenos Aires cae la maldición de
no poder alcanzar el sillón de Rivadavia, la maldición de
Dardo Rocha
Parecería que en esta orilla del Plata pesa similar
maldición sobre los vicepresidentes de la República: si no
logran acceder a la primera magistratura mientras son
vicepresidentes, por muerte del titular, entonces el sillón
presidencial les está vedado. El cargo de vicepresidente de
la República se creó en la Constitución de 1934, duró en esa
primera etapa hasta la instauración del colegiado en 1952,
se restauró con la Constitución de 1966 y dura hasta ahora,
con la interrupción del periodo militar. Doce fueron los
elegidos vicepresidentes en la historia nacional, once por
elección directa y uno por elección de Convención
Constituyente (el primero, Alfredo Navarro).
Uno de los doce murió en el ejercicio del cargo: Hugo
Batalla en 1998. Otros dos pasaron casi enseguida de la toma
de posesión a revestir como presidentes de la República, por
muerte de los titulares electos; así ocurrió con Luis Batlle Berres en 1947 y con Jorge Pacheco Areco en 1967. Y otros
dos más fueron víctimas de azares constitucionales: Alfeo
Brum (1951-52) cesó al año de asumir, al desaparecer el
cargo y transformarse en presidente de la Cámara de
Senadores y de la Asamblea General; y Jorge Sapelli fue
cesado a los cinco meses de producido el golpe de Estado,
por oponerse al mismo (1972-73). Los tres primeros no
aspiraron a la primera magistratura, dos de los cuales
tuvieron un fugaz pasaje por la política (Navarro, 1934-38,
y Juan José Guani, 1943-47), mientras que César Charlone
continuó en el plano senatorial y solo tuvo una postulación
simbólica al Consejo Nacional de Gobierno en 1954.
Los cuatro restantes – que son cuatro de los cinco de la
posdictadura – intentaron sin éxito aspirar a la primera
magistratura y aquí sí, inequívocamente, cayo sobre ellos la
maldición oriental de Dardo Rocha: Enrique Tarigo perdió las
elecciones primarias del Batllismo Unido (1989) frente a
Jorge Batlle; Gonzalo Aguirre Ramírez retiró su candidatura
a pocas semanas de los comicios (1994); Luis Hierro López
perdió la competencia en las elecciones preliminares frente
a Jorge Batlle (1999) y Ricardo Nin Novoa como es notorio no
es precandidato presidencial del Frente Amplio (aunque nunca
anunció formalmente su candidatura, sin duda su nombre
estuvo en el manejo político y de opinión pública todos
estos años).
Más allá de la apelación a la magia, blanca o negra, el
que este fenómeno ocurra reiteradamente merece un análisis
en profundidad en busca de cuáles son las razones para que
quien está a un paso de la Presidencia - y en los últimas
décadas la ha ocupado muchas veces - ese pequeño paso le
resulta muy difícil de dar. No solo en este lejano sur, sino
también en el norte del hemisferio: desde Jefferson hasta
Bush Sr. ningún vicepresidente pudo llegar a la Casa Blanca.
Con una excepción relativa: Nixon lo logró pero dos periodos
después (aunque quizás le haya ganado a Kennedy, duda que
pervivirá tanto como la de si ganó o no el vicepresidente
Gore a Busch Jr.; dos casos en que sobrevoló la sospecha del
fraude). Y también podrían ser excepción quienes primero
llegaron a la primera magistratura por muerte del titular
electo, y desde ella obtuvieron la reelección (Theodore
Roosevelt, Coolidge, Truman). Pero lo concreto es que en 180
años ningún vicepresidente desde su sillón logró saltar a la
célebre oficina oval del Ala Oeste.
En el caso uruguayo se suma otro factor, y es que no solo
el vice no puede heredar al número uno, sino que en el
último cuarto de siglo el primer mandatario tampoco logra
per se ungir al sucesor, intento en el que fallaron
Sanguinetti dos veces (con Tarigo y con Hierro), Lacalle con
Ramírez, Batlle con Stirling y recientemente Vázquez con
Astori. Al respecto es necesario aclarar que si Astori vence
en las elecciones preliminares y luego en las nacionales, ya
lo será en una pelea desde abajo, por sus propios méritos, y
no en función de la influencia directriz.
Hay varias hipótesis. Una puede ser que el cargo de
vicepresidente hace perder perfil al titular, que queda
mimetizado y ocultado por el presidente. En esa línea fue el
consejo de Eisenhower a Nixon, cuando le sugirió no repetir
como vicepresidente, ocupar un cargo en el gabinete y con
luz propia lanzarse a la Presidencia. Otra hipótesis – no
excluyente con la anterior - puede ser que por más alta que
fuere la aprobación del presidente, siempre acumula
desgaste, y este desgaste es absorbido por el número dos.
En definitiva, salvo por muerte del
presidente, la vicepresidencia es el peor cargo para aspirar
a la Presidencia. Que se tome nota cuando se armen las
fórmulas presidenciales después del 28 de junio. Que quien
tenga en mente aspirar a la primera magistratura en 2014,
tenga mucho cuidado antes de aceptar el segundo lugar en la
fórmula.