
Las encuestas de opinión
pública son instrumento científicos, de las ciencias
sociales aplicadas, por las cuales se mide (con ciertos
límites cualitativos y estadísticos) los juicios, valores,
actitudes, opiniones y comportamientos de un conjunto
población dado en un momento y en un lugar determinados. Las
encuestas político-electorales, las opinion polls, son
aquéllas cuya finalidad es determinar las tendencias de ese
conjunto poblacional en tanto electorado, a los efectos de
detectar el estado de situación en un momento determinado y
la tendencia que la sucesión de estados de situación
dibujan. Dicho en términos más criollos: permiten obtener
fotografías de determinados momentos y el conjunto de
fotografías construyen una película. El final de la película
puede inferirse de manera más clara o más oscura, a veces es
nítido que el crimen lo cometió el mayordomo, pero otras
veces hay que rebuscar en el resto de los personajes.
La difusión de las encuestas
presenta serios problemas de interpretación, en cuanto a una
interpretación sana y bienintencionada. Uno es el margen de
error estadístico, punto que se minimiza o se maximiza. Se
maximiza cuando se ven errores tan garrafales, verdaderas
burradas, como decir que si se trabaja con un margen de
error de 3% y un partido tiene el 5%, en realidad oscila
entre el 2 y el 5 por ciento. Cuando se dice que el margen
de error es 3%, es la hipótesis máxima para una categoría
(por ejemplo, partido, candidato) que obtiene el 50% y en el
nivel de confianza de 2 sigmas. Si se analiza con el margen
de 1 sigmas, el margen de error es la mitad. Pero lo más
común, ese margen de error es menor cuanto menor sea el
porcentaje de la categoría considerada es más bajo (partido,
candidato); así si el margen de error para 50% es del 3%,
para un partido con el 10% es del 1.9%.
Un segundo problema es no
darse cuenta que cuando se habla de la competencia de un
partido, los porcentajes tienen un valor diferente. Si el
Partido Nacional por ejemplo tiene el 36% del electorado y a
un candidato se le atribuye la intención de voto del 50%, en
realidad lo que se dice es que la mitad de ese 36% estaría
disputa a votarlo, que representa el 18% del país. Por
tanto, si alguien tiene 50 y otro 39, existe la ilusión
óptica que hay un 11% de electorado de diferencia. No, en
realidad están en sobre todo el electorado 18% y 14% del
electorado, la diferencia es de solo dos puntos; si el
margen de error para esos porcentajes es de más/menos 2%,
quiere decir que el 18% puede ser 16% y que el 14% también
puede ser 16%. Por tanto, nadie sabe con precisión absoluta
si hay una gran diferencia o un real empate. Si todavía se
toman los que votan con seguridad en junio, que son la
mitad, entonces los porcentajes serían no 18 a 14, sino 9 a
7, y aquí si se llegara a los máximos márgenes de error, el
segundo podría estar encima del primero.
Un tercer problema es tomar
la fotografía como el final de la película. Vaya un ejemplo
manido: si en una carrera de pista un ciclista lleva 100
metros de ventaja a otro, a la siguiente vuelta la ventaja
es de 50 y en la siguiente vuelta van iguales, quien ve la
película predice, el que venía de atrás va a terminar
ganando. Quien vio solo la foto y cree que de ahí surge la
imagen final, dice empate. Este es un error muy frecuente:
olvidarse de la tendencia y mirar solo la fotografía.
¿Para qué son las encuestas
político-electorales? Para dos cosas sustancialmente. Una
para permitir a los que toman decisiones a tener un
conocimiento profundo de la sociedad para operar en relación
a ella o meramente para poder interpretarla, sean
gobernantes, partidos, grupos políticos, candidatos,
sindicatos, cámaras empresariales, empresarios, organismos
internacionales, diplomáticos. Este es el sentido que tienen
que partidos y candidatos contraten total o parcialmente
encuestas, como un insumo significativo para la toma de
decisiones en periodos de gobierno y en tiempos electorales.
El otro papel es dar a conocer a la sociedad el espejo de sí
misma, para que la sociedad se refleje y se conozca a sí
misma, y no el conocimiento que cada uno puede tener del
pequeño entorno en que se mueve, que en general tiende a ser
muy homogéneo y no representativo del conjunto.
Como en toda actividad o
profesión, hay institutos o profesionales de muy alta
calidad, otras de media calidad, otros muy mediocres y otros
impresentables. Esto pasa en Uruguay y en el mundo. Lo que
ocurre en el mundo es que cuando algún medio de comunicación
importante compara encuestas, trata solo de presentar las de
más alta calidad, o al menos excluir a los impresentables.
Nadie que sea serio promedia lo confiable con lo no
confiable. Como en toda actividad o profesión, cada
individuo tiene más confianza en un profesional que en otro,
lo cual es muy válido, y la mayoría de la gente tiende a
confiar en algunos y en desconfiar de algunos otros.
Pero hay un maluso de las
encuestas, que es cuando se cambia su fin para transformarse
exclusivamente en objetos de propaganda o de
contrapropaganda, de donde la difusión es parte de la
campaña de uno y el ataque, descalificación o difamación es
la jugada defensiva del otro. Este maluso plantea dos
problemas. Uno, que le cuesta ver a los actores políticos,
sobradamente demostrada en Uruguay y en el mundo, es que
cuando un político ataca las encuestas emite señales de
debilidad hacia la sociedad. Nunca casi nadie exitoso ataca
las encuestas (casi nadie, porque la excepción mundial es
Jorge Batlle, que atacó las encuestas en el camino a su
victoria, pero es parte de todo lo que el anterior
presidente sale de las reglas). Lo segundo y más profundo,
que esa exageración del maluso de las encuestas parte de una
premisa equivocada, o al menos errónea en una dimensión tan
elevada: la creencia que se está frente a un electorado de
alta volatilidad que además su único motivo del voto es
votar a ganador, el manido y poco demostrado voto útil,
llamado en el mundo académico por el sofisticado nombre de
voto estratégico (cuando no tiene nada de estratégico sino
de táctico). La gran mayoría de la gente vota por cosas más
profundas, que en el caso de una competencia interna se
pueden reducir a la confianza que otorga el precandidato
como posible candidato de todo el partido, la confianza que
otorga como gobernante, pero por sobre todo la coincidencia
en valores, en formas de ver y comportarse en la vida.
La culpa de que las encuestas estén en debate no es solo de
los políticos, sino muy grande del mal manejo de los medios
de comunicación, pero también de algunas encuestadoras
menores o de golondrinas de verano, que han jugado al juego
que saben hacer, que es ensuciar la cancha. Pero a las
encuestadoras serías, con trayectoria, más allá de que se
concuerde con ellas o se discrepe, de sus aciertos y de sus
errores, hay que respetarlas.