
La dirigencia política, y en
particular los aspirantes a los cargos máximos, tienen
serias dificultades para saber cómo reaccionar ante
encuestas que les dan cifras adversas. Esto sucede en
Uruguay y en el mundo. Sin embargo, la solución es muy
sencilla, es de una muy simple obviedad, aunque tan obvia,
que a los actores les cuesta descubrirla, al punto que
recién el otro día, un candidato presidencial con encuestas
adversas dio una lección magistral sobre el punto.
La primera y más habitual de
las actitudes es reaccionar contra el instrumento: “las
encuestas se equivocan”, “cómo va a decir que estamos mal,
si cada vez va más gente a los actos”, “cada vez hay más
entusiasmo”. Hace más de 15 años que se oyen estos
comentarios, desde todos los partidos. El actor político,
sobre todo el candidato de primera fila, es normalmente una
persona de formidable intuición, de gran olfato, al menos
los que sobreviven, los que ejercen liderazgos estables.
Pero ocurre que en el calor de la campaña electoral son
víctimas de cuatro fenómenos: el primero, que cada vez
tienen menos tiempo de ver u oír a los que no están con él;
el segundo, que viven un microclima (sincero, honesto)
producido por su equipo de campaña, sus militantes y sus
seguidores; el tercero, que a medida que avanza una campaña
electoral, con muy pocas excepciones de casos desahuciados,
es mayor la cantidad de gente que se acerca al candidato y a
los actos; el cuarto, que esa gente se acerca cada vez con
mayor entusiasmo, es más enfervorizada. Entonces esto lleva
a varias confusiones, pero fundamentalmente a tres. Una
estadística: no percibir que aunque vayan 2 mil personas a
la plaza en un pueblo determinado, los votantes allí son 40
mil, es decir, convocaron como mucho al 5% de la población.
Segundo, comparativo, se razona. “si nosotros llevamos el
doble que nuestros oponentes, entonces tenemos muchos más
votos que ellos”, sin percibir que el nivel de participación
no es igual en todos los grupos políticos; sectores con
mayor intención de voto pueden tener menor concurrencia a
reuniones, y sectores con menor electorado pueden tener
mayor activismo. Tercero, que es además el fundamento de lo
anterior, el perfecto sofisma basado en la premisa de que
hay una relación directa entre convocatoria a votar y
movilización, cuando son dos variables independientes que no
necesariamente interactúan, y si lo hacen, es con distinta
intensidad según los partidos y los sectores. Cuarto, que
hay una relación directa entre fervor militante e intención
de voto, lo cual es una correlación todavía más alejada de
la realidad; no es más la cantidad de votantes porque sean
más ruidosos o más fanáticos.
Una vez más hay que recordar
que el Partido Nacional ganó en 1958 sin darse cuenta que
iba camino a la victoria, que el Partido Colorado perdió sin
percibir la tendencia declinante en el país. Que en 1962 el
Partido Colorado festejó ruidosamente por la avenida 18 de
Julio durante al menos seis horas, en unas elecciones que
perdió por más de tres puntos porcentuales. Que buena parte
del Frente Amplio creyó que podía ganar las elecciones de
1971, cuando fue menos de la mitad de cualquiera de los dos
partidos tradicionales, y menos de la quinta parte del país.
Y aquí no es que se equivocaron fueron las encuestas, sino
que en todo caso se equivocaron los votantes, que
porfiadamente hicieron lo que les pareció mejor y no lo que
estuviese acorde al sueño de algún partido, sector o
candidato.
Otra actitud, cuando hay
diferencias entre las encuestas, es jugar al conteo de
cuántas dan para un lado y para el otro, en una suma de
tranvías con zapallitos, porque se cuentan datos de dudosa
fiabilidad con otros que – aun en el error – son de elevada
confiabilidad. O se buscan promedios. Se llega entonces a lo
que decía uno: si un médico dice que la nena está embarazada
y otro dice que no, concluyamos que está medio embarazada. Y
las peores de todas las reacciones son tres: inventar
encuestas, sacar de la galera encuestas de muy baja
credibilidad, o lisa y llanamente hacer acusaciones de
venalidad contra el portador de las malas noticias. También
puede darse que profesionales serios y rigurosos discrepen
entre sí, como en toda profesión, lo cual implica que
corresponde estudiar las causas. Pueden ser: que se comparan
encuestas diferentes de tiempos o universos diversos, que no
se analizan los márgenes de error estadísticos, que a tres
meses de las elecciones el electorado cuenta con diversos
niveles de firmeza y duda, y cada uno puede estar midiendo
expresando como resumen cifras que corresponden a niveles
distintos, o lisa y llanamente que alguno pudo tener en una
investigación puntual alguna desviación o error (en el
campo, en la muestra, en los procesos, en el cuestionario).
Lo que no perciben los
candidatos y dirigentes es cuál es la interpretación de la
gente. Y la gente común, esa que compone la opinión pública,
toma nota del enojo y con ello confirma que ese candidato o
ese grupo político van mal, que está en caída, y además que
da señales de mal perdedor. Y cuando las acusaciones son de
tipo ético, generan suspicacia en la gente, porque infieren
que si alguien es capaz de pensar mal de otro, es porque
está dispuesto a hacer cosas indebidas. Este es otro peligro
que deben cuidar los partidos, sectores y candidatos. Hay un
viejo dicho: en política se puede hacer cualquier cosa por
muchas razones, menos por sacarse las ganas.
Lo que hizo en
estos días un candidato presidencial, no importa quien sino
su gesto, es que no hizo nada fuera de tono, sino que aceptó
el resultado, tomó cuenta de cuál es el panorama a más de
tres meses de las elecciones, y dijo: “Me
hubiera preocupado otro resultado que quizás nos hubiera
anestesiado. Tengo ahora mil estímulos para romperme el alma
y seguir trabajando. Tengo mucho más paño todavía”. Además
expuso las cinco razones por las cuales cree que se
diferencia de su principal contendor y su convicción que al
país y a su partido le van a ir mejor si él gana. No solo se
posicionó como un hombre realista,
que acepta la
adversidad, que es un buen perdedor (si pierde, si le va
mal), que si es buen perdedor puede entonces ser también un
buen ganador, que no se deja conmover por una noticia
negativa y saca fuerza de la adversidad para seguir
peleando, para redoblar la lucha. En realidad, no hay
razones para que esto no lo hagan todos. Precisamente las
campañas electorales están para convencer a la gente, para
afianzar las ventajas y revertir las desventajas. No son un
mero ejercicio gimnástico ni un concurso artístico de piezas
publicitarias, son un esfuerzo de proselitismo. Y no se hace
proselitismo por deporte, sino para sumar voluntades, porque
la victoria es producto de pelear para convencer a la gente,
que es la que decide.