
Como
aconsejaba Vaz Ferreira, conviene no atorarse con las
palabras y apelar a los conceptos. Hay palabras que aquí y a
algunos rechinan: no se acepta ser “paraíso fiscal”, ni que
se hable de eliminar el benemérito “secreto bancario”, ni
mucho menos figurar en una “lista negra”. Quizás haya que
hablar entonces no de paraíso, sino de los Campos Elíseos
fiscales, el Jardín de las Delicias tributario o el Walhalla
hacendístico. ¿Que tal si se habla del pudor financiero? ¿Y
de las “listas de color oscurísimo”?. El tema es, se cambien
las palabras que se quieran, que los conceptos no varían.
Hay un punto
de previo y especial pronunciamiento desde el punto de vista
del realismo político y otro de la ética política. En el
mundo hay quienes imponen las reglas, quienes se ven
sometidos a acatarlas y quienes logran algún que otro
dribbling. Desde que el mundo es mundo, al menos así lo
enseñó hace ya bastante tiempo Armand Jean du Plessis,
Cardenal de Richelieu, son los poderosos los que imponen las
reglas, los socios de los poderosos los que se benefician o
buscan no perjudicarse por esas reglas y los que no son
poderosos ni amigos, por las buenas o por las malas, son los
obligados por esas reglas. Descubrir ahora que el mundo es
así peca de ingenuidad. La ética política es otra cosa, la
cual a veces va a veces de la mano del realismo y otras en
contra del realismo.
La reciente
decisión del G20 provocó sorpresas en quienes los cristales
opacados por la fuerte ideología les impide percibir con
claridad los acontecimientos: como ocurrió con los marxistas
leninistas del socialismo real hace dos décadas, ocurre hoy
con los devotos ortodoxos del liberalismo económico. Los
unos o los otros podrán tener razón en cuanto a qué es lo
más justo o lo más sensato, lo cierto es que el mundo no fue
por aquel camino en las postrimerías de los ochenta y
abandona este otro camino en el ocaso de la primera década
del tercer milenio. Otros directamente quedaron cegados por
los intereses grupales, personales o corporativos. Y otros,
prisioneros de sus palabras. Lo que todos tuvieron en común
es no atender el parte meteorológico, que sí miró un
candidato al que tirios y troyanos apedrearon: mirar de
dónde vienen y hacia dónde van los vientos. El fin de los
Elíseos tributarios y del pudor financiero se veía venir,
bastaba con leer desde hace bastantes días la prensa
europea.
La
Organización de Cooperación y Desarrollo Económica (OCDE)
elaboró tres listas. La lista negra (guste o no la llaman
así en toda la prensa europea, formalmente “Jurisdiction
that have not commited agreed tax standard”), la integran
cuatro países: Costa Rica, Filipinas, Malasia y Uruguay. La
lista gris oscuro, 30. Y la lista gris claro la componen
otros ocho, entre ellos cuatro miembros fundadores de la
propia OCDE, como Austria, Bélgica, Luxemburgo y Suiza, más
un candidato al ingreso a la organización, Chile. En la
lista blanca figuran entre otros todo el G8 y Argentina (que
parece ser un paraíso ético desde el punto de vista fiscal y
hacendístico). El país que parece ser de otra galaxia,
porque no figura en ninguna lista, es Brasil, que se les
perdió por el camino a los autores del Index. Pero en las
listas grises (clara y oscura) hay que sumar tanto al Reino
Unido (porque en esas listas figuran varias posesiones y
territorios del país o de la Corona) como también a los
Países Bajos (por sus Antillas Holandesas). Algo no anda muy
bien, cuando el tronante premier británico Gordon Brown
anuncia (junto a Obama) el fin de los paraísos fiscales,
mientras sus propios territorios se encuentran en esa
calidad.
Sobre el pudor
bancario (ya que la palabra secreto molesta) de lo que se
trata es muy simple: los países deben primero no proteger la
evasión fiscal de otros países y luego dar información
suficiente para combatirla. Lo que no es secreto, y no hay
vestiduras que puedan rasgarse al menos mirándose al espejo,
es que Uruguay, vía bancaria o inmobiliaria, es un santuario
para evasores fiscales de Argentina y en menor grado de
Brasil. Tampoco es un secreto que en varios países europeos
Uruguay figura en las black list de las agencias
tributarias. Es lo suficientemente conocido como para que
cualquier contador o asesor impositivo de esos países alerte
a sus clientes que no tengan en su contabilidad facturas de
servicios brindados desde Uruguay, porque ofician de azúcar
para las moscas inspectivas de la recaudación fiscal. Y
también Uruguay figura en alguna que otra black lista, como
la de la Agenzia dell´Entrate italiana; los ciudadanos
italianos residentes en el Uruguay para no pagar en Italia
tributos generados en el exterior, deben probar
fehacientemente residir en Uruguay, con pruebas concretas y
materiales, so pena de aplicársele tributación global. En
otras palabras, en lenguaje fiscal y bancario, Uruguay no es
una palabra virtuosa en buena parte del mundo; al menos
tiene la misma connotación pecaminosa que tienen palabras
como Suiza, Panamá, Liechtenstein, Andorra, Mónaco o San
Marino.
Lo que en
Uruguay debió preverse es que si la Suiza de Europa capituló
hace algunas semanas, la Suiza de América (aunque el
calificativo originalmente se refiere a otra faceta, la
democrática, la política) no podía resistir. No es producto
de ninguna perversidad, ni de un marxismo fundamentalista,
ni de un radicalismo ideológico, pensar que Uruguay va a
tener que recorrer y a pasos apresurados el camino que lo
lleve a la aceptación de los acuerdos de estandarización
tributaria en el mundo. Este gobierno dio unos pasos
pequeños y tímidos (como la eliminación de las Sociedad
Anónimas Financieras de Inversión) y acentuó otros que se
iniciaron en gobiernos anteriores (como algunas limitaciones
al secreto bancario).
Pero además en
este país debió advertirse que si el G8 buscó ampliar su
potencial con la incorporación de otros once países (más una
representación colectiva de la Unión Europea), para
conformar el G20, algo debía dar a cambio a los nuevos
socios, para que exhibiesen su pertenencia a la upper class
de los países del mundo. Y así el G20 dio a Argentina y a
Brasil un instrumento contra Uruguay que –más allá de que
vaya en sintonía con lo que buscan los países del G8– era un
objetivo largamente perseguido por los dos grandes de
Sudamérica.
Lo que resta
ahora es que el país busque todos los intersticios posibles
para reducir todo lo posible el impacto negativo que pudiere
tener esta medida, en un mundo que las reglas son unas u
otras según convengan a los más poderosos, como ha sido
desde que existe la humanidad.
Pero lo
políticamente más relevante no es tanto la decisión del G20
y la OCDE. Lo realmente significativo es que haya generado
sorpresa en Uruguay. Para decirlo simple y mal, que haya
habido tanto despiste.
Escrita esta nota, OCDE
informa que el ministro de Economía de Uruguay comunicó al
organismo que Uruguay adopta formalmente los estándares de
transparencia e intercambio de información fiscal. Sale de
la lista negra precisamente porque hizo lo que no hacía
hasta ahora: comprometerse a no ser un Elíseo fiscal (para
no usar palabras que molestan). Más clara fue la declaración
del secretario general de OCDE: “Estamos complacidos que
Uruguay se una al creciente número de países que desean
cooperar para combatir la evasión fiscal y otros abusos
fiscales”. Ratifica entonces que consideraba que Uruguay no
cooperaba contra la evasión fiscal.