
Conviene partir de dos
premisas: el mundo va hacia los grandes bloques regionales y
desde que el mundo es mundo, o al menos desde los últimos
400 años, todo bloque de naciones requiere un liderazgo,
individual o colectivo. Todavía no está claro cuál es la
región, si América Latina y el Caribe, la vieja Iberoamérica,
América del Sur o el Mercosur de los cuatro países. Las
últimas señales de Brasil apuntan a su sueño de demarcar la
región en América del Sur (con lo que salda su competencia
con México por el liderazgo regional), donde en teoría su
competidor es Argentina.
Argentina es un país lo
suficientemente conflictivo en lo interior, desde la era de
los Kirchner es claramente conflictivo en lo exterior,
ciclotímico (desde la exhuberancia hasta la depresión, desde
la Plata Dulce hasta la prevalencia de la indigencia), sin
política exterior, con creciente disminución en su peso
económico en el mundo y la región, todo lo cual lo aleja de
toda pretensión de liderazgo. Todo indica que Sudamérica
como bloque solo es posible si hay un liderazgo claro y que
el único en condiciones de ejercerlo es Brasil. El problema
es saber si Brasil quiere ser líder.
Las señales de Brasil son
contradictorias, probablemente porque tiene el mayor de los
problemas que puede tener país, institución o persona
alguna: no saber lo que quiere. O lo que es peor, querer
varias cosas contradictorias entre sí y no establecer
prioridades ni jerarquías.
Por un lado muchas veces ha
confundido liderazgo con dominio, lo cual es común. La
historia del mayor líder contemporánea, los Estados Unidos
de América, demuestra esa confusión. El país del norte solo
ha ejercido liderazgo cuando ha debilitado su dominio (en lo
que parece que está ahora), y cada vez que ha fortalecido su
voluntad de dominio ha perdido liderazgo.
También afronta una
contradicción entre la búsqueda de liderazgo y el regusto
por jugar en solitario. También el país del norte debió
afrontar y vencer una tentación – fuertemente acariciada por
su pueblo – de aislarse del mundo. Con un vasto océano que
lo separaba de Europa, otro aún mayor que lo distanciaba de
Asia y un patio trasero que lo consideraba propiedad suya y,
por tanto, ajeno a la política internacional, con todo ese
panorama, campeaba el gusto por olvidarse del mundo y hasta
despreciarlo. Franklin Roosevelt comprendió la imposibilidad
de ello, y tejo pacientemente alianzas y convencimientos
hasta llevar al país al compromiso mundial y, con ello, al
liderazgo.
Pero además hay una lección
que tarde o temprano los candidatos a liderazgo aprenden:
los liderazgo no son gratuitos, cuestan y mucho. Cuesta poco
y hasta da ganancias el dominio, el imperio, la
colonización, el sometimiento por la fuerza, ya fuere
militar, económica o política. Pero el liderazgo cuesta.
Silvio Berlusconi decía hace pocos años, en respuesta a
quienes le objetaban los inconmensurables gastos que Italia
se apestaba a volcar en el Mediterráneo: Italia no puede
pretender el liderazgo en el Mediterráneo si no está
dispuesta a asumir los costos de ese liderazgo. Lo que el
presidente del gobierno italiano expuso no fue una visión de
izquierda, no significó un concepto de ayuda, dádiva o
donación. Expuso con la crudeza que lo caracteriza, de un
empresario implacable y con no demasiados escrúpulos, el
concepto de inversión como diferencia con el gasto.
Hace pocos días se realizó
lo que puede llamarse la primera cumbre del G20 como
instancia de gobierno mundial. Hubo varias cumbres, de bajo
impacto. Esta es la primera en que se pretenden trazar las
nuevas reglas del ordenamiento financiero y económico
mundial. Entre esos 20 poderosos de la tierra están sentados
Brasil y Argentina. Por lo dicho más arriba, solo interesa
hablar de Brasil, que es el único llamado a y con pretensión
de liderazgo.
Fue, se sentó, intervino,
aprobó cosas, algunas de ellas agresivas para sus presuntos
liderados, y lo hizo como un global player individual. Ese
es un papel, que se puede sostener cuando se tiene la fuerza
y la riqueza para ello. No parece que sea el caso de Brasil.
La selección de los países buscó representar a todas las
regiones del mundo, pero en una concepción de representación
que proviene de la inferencia estadística y no de la teoría
de la representación política. Si uno hace una muestra de la
población mundial, es obvio que esos 19 países (más la Unión
Europea) saldrían sorteados, porque tendrían las mayores
probabilidades. Pero el tema no es estadístico sino
político. La representatividad no es cuantitativa. Requiere
que haya representantes porque hay representados, y los
representados lo son en tanto confieren diputación al
representado.
Esto no quiere decir que
debieron reunirse los diez o doce países de Sudamérica
(porque siempre fueron diez, hasta que hace unos pocos años
se descubrió que son doce, con la incorporación de Guyana y
Surinam, que siempre estuvieron volcados al Caribe; cuando
en realidad son trece, porque además está Francia con su
departamento de ultramar Cayenne). Lo que quiere decir es
que Brasil, que se sienta en el G20 por sí solo, debió
consultar a los otros países, para hacerles ver su voluntad
de representarlos, su vocación de verdadero liderazgo.
Cuánto hubiera fortalecido al país más grande del continente
sudamericano si el presidente Lula hubiese partido hacia
Londres luego de reunir a todos los jefes de Estado
sudamericanos, consensuar opiniones con ellos y ser e
portavoz de la región. Haber eso hecho hubiera marcado
madurez para un liderazgo. No haberlo hecho sigue marcando
el vacío que hay. Porque si Brasil no ejerce un verdadero
liderazgo, guste o no hay un vacío, porque no hay nadie en
este continente austral en condiciones de disputarle la
supremacía, ni siquiera de compartirla.
Para liderar una región se requiere voluntad de hacerlo,
claridad de propósitos, poder central en el país para
imponer las decisiones estratégicas internacionales por
encima de los intereses de regiones o aldeas, modus operandi
para conquistar y convencer a los liderazgos, asunción del
costo de un liderazgo.