En las últimas campañas
electorales en Uruguay se nota una cierta disociación
entre lo que ven, hablan, escriben e interpretan muchos
comunicadores, analista y observadores con lo que ve,
interpreta y siente la gente común. Esa diferencia está
basada en un hecho fundamental: los políticos tienen una
forma de comunicarse que le permite llegar sin problemas
y en profundidad al votante común – que es la casi
totalidad de los votantes – aunque por lo que se puede
ver no llegan con claridad a un sector reducido de
personas que pretenden algo muy preciso y detallado, que
además no resulta claro qué es. Lo sustancial de esa
discrepancia es ver afirmaciones como que en esta
campaña electoral están ausentes las propuestas, o son
muy vacías, o los candidatos dicen generalidades, o no
se sabe qué es lo que dicen. Estas afirmaciones sobre la
primera de las campañas del 2009 no son nuevas, fueron
las mismas que se hicieron en las dos campañas
nacionales de 2004, en las tres de 1999 y en la única de
1994.
Sin embargo, ocurre todo
lo contrario: no da el tiempo para un analista que
pretenda leer, escuchar y analizar todas las propuestas,
el tomar conocimiento de todo lo que dicen y proponen
los candidatos, ni siquiera si se reduce a los cuatro
con mayores probabilidades de llegar a la primera
magistratura o los seis con un caudal superior al 5% del
electorado. ¿Dónde están las propuestas? En algunos
casos en libros de algún que otro centenar de páginas,
con abordaje detallado área por área, sector por sector.
En otros, dispersos en discursos particularizados ante
decenas o cientos de sectores poblacionales y
productivos. Hay cataratas de propuestas, de Astori,
Carámbula y Mujica en el Frente Amplio, y del Frente
Amplio que cuenta con un programa y propuestas aprobados
por su Congreso, de Lacalle y Larrañaga en el Partido
Nacional, de Bordaberry en el Partido Colorado. Ello sin
contar que los demás candidatos (con menor fuerza
electoral) cuentan la mayoría de ellos con propuestas
muy elaboradas y serias, obviamente con diferencias
tanto en el punto de partida como de llegada. Y además
las propuestas de los demás partidos, en particular de
los dos con probabilidades de representación
parlamentaria, el Partido Independiente y la Asamblea
Popular.
Casi no hay idea que no
esté representada en algún partido, sector o
candidatura. Pero lo realmente sustantivo, en términos
de corto plazo con resultado práctico, corresponde
centrarse en los dos partidos con mayores probabilidades
de llegar per se al gobierno. Es claro que en este nuevo
bipartidismo del país hay un eje divisorio que deja de
un lado al Frente Amplio y otro al Partido Nacional.
Esto no quiere decir un país divido en dos, polarizado,
porque hay un mar de visiones sobre el Estado y la
sociedad que comparte no menos del 70% u 80% del país
(todos los frenteamplistas y la mayoría absoluta de
blancos y colorados, voten a quien voten), y hay otros
aspectos que comparte una gran mayoría de la sociedad,
con exclusión de los extremos frenteamplista y
blanco-colorado. Esos valores compartidos por el 70-80%
de la sociedad condicionan a cualquier gobierno, con
independencia del resultado de la elección. Son la
primacía del interés colectivo sobre el individual, del
valor de la igualdad sobre la iniciativa individual, del
camino propio del país sobre el copiar o trasplantar
modelos del exterior, la protección del ambiente por
encima de la creación de puestos de emprendimientos
productivos o puestos de trabajo, la seguridad pública
por encima aún de los derechos humanos.
A partir de allí, de
esos niveles de común denominador de las tres cuartas
partes de la sociedad, hay diferencias sustanciales en
los énfasis. No hay duda que el Frente Amplio sintoniza
mucho más con el Estado fuerte, el welfare state (por
tanto las fuertes políticas sociales), el igualitarismo.
Y que el Partido Nacional otorga más énfasis a la
competencia, a los emprendimientos privados, a la
iniciativa personal. También es claro que el
nacionalismo tiene dos grandes corrientes históricas,
una de las cuales se ha reformulado en las últimas
décadas hacia el más fuerte énfasis en el libre mercado
y la otra continúa, en modelos diferentes al de
izquierda, en mayor sintonía con los valores dominantes
en la sociedad uruguaya a lo largo del siglo XX,
especialmente en cuanto al rol del Estado. El Frente
Amplio tiene a su vez corrientes diversas, en un proceso
que aún no ha concluido de redefinición y alineamiento,
con grandes contradicciones al interior de la fuerza
política, al interior de las propias corrientes y de
cada sector. Una de las principales es cuanto contiene
su proyecto de transformación profunda de la sociedad y
cuánto de corrección y mejoramiento de la misma
sociedad; qué valor tiene el trabajo, independientemente
del factor relación de dependencia; cuánto el esfuerzo
propio y cuánto la dependencia de lo estatal; cuánto
debe haber de autonomía y libertad y cuánto de
regulación y control estatal. Y hay una contradicción
muy fuerte en la izquierda, con énfasis diferentes, si
se apuesta a la calidad (que se quiera o no afecta la
igualdad) o se apuesta a la igualdad (que se quiera o no
afecta a la igualdad). Sin embargo, si se observa
detenidamente, hay corrientes y candidatos que ponen más
énfasis en lo uno, y otros candidatos y corrientes que
ponen más énfasis en lo otro.
Hay algunas afirmaciones que parece necesario realizar:
Uno, gane quien gane hay un sustrato básico del país que
seguirá siendo el mismo, sin cambios fundamentales. Dos,
a partir de ese sustrato básico común, no es lo mismo
que continúe el Frente Amplio (donde continuará una
política hasta el límite de sus posibilidades
materiales) de mucho énfasis en las políticas sociales y
el igualitarismo, o que regresen los partidos
tradicionales (con mayor énfasis en la inversión, la
competencia. Tres, en mucha menor medida, en el terreno
de los matices y no de las divergencias sustantivas, no
es lo mismo Astori que Mujica y no es lo mismo que
Lacalle que Larrañaga. Pero son matices, énfasis, porque
habrá un Astori con Mujica o un Mujica con Astori, como
habrá un Larrañaga con Lacalle o un Lacalle con
Larrañaga, y esto va más allá de la voluntad de ellos
mismos, porque van a estar juntos los electores y van a
empujar a los dirigentes.