En este país hay mucha confusión sobre cuál es el
papel de la Corte Electoral y cómo se satisfacen
distintas necesidades de la población en materia de
elecciones, en un país de larga tradición electoral
(un siglo de elecciones de alta confiabilidad., con
escasísimas excepciones), democracia estable y
consolidado sistema de partidos. Pero además un país
en que la sociedad no discute el veredicto de las
urnas; guste o no, todo el mundo lo acata. Eso se
complementa con otro dato: el uruguayo es votador.
En elecciones como las del día de hoy, voluntarias,
en que solamente se eligen candidatos y órganos
partidarios con funciones electores, la concurrencia
supera holgadamente, casi duplica, la media de
participación en las recientes elecciones para el
Parlamento Europeo, y es superior a la participación
de los ciudadanos norteamericanos en las elecciones
presidenciales de su país. La sociedad tiene dos
demandas diferentes: una es tener un conocimiento lo
más rápido posible del resultado electoral en
términos macro, que en esta oportunidad quiere
decir, conocer cuál es el vencedor en cada partido
por la candidatura presidencial única, números más,
números menos; en las instancias posteriores será
saber si hay o no balotaje (como ocurrió en octubre
de 2004) o de haber, quiénes van (como en octubre de
1999); y de haber balotaje, saber quiénes resultaron
elegidos presidente y vicepresidente de la
República. La otra demanda es que las elecciones
resulten absolutamente confiables, sin lugar a
ninguna duda.
Estas dos demandas no pueden ser satisfechas por el
mismo proveedor, a riesgo de que se privilegie la
una o se privilegie la otra. Si se concentra la
respuesta a ambas demandas en la Justicia Electoral,
se pone a la misma en la disyuntiva de qué
privilegiar. Si se privilegia lo primero, la
velocidad, el satisfacer la curiosidad ciudadana –
como ocurriera en 2006 en México, con el Instituto
Federal Electoral – se arriesga la confianza en la
credibilidad del proceso: cualquier error de
información afecta el prestigio de la autoridad
organizativa o jurisdiccional electoral, y un
prestigio afectado es el primer camino hacia la
sospecha de fraude. Si la Justicia Electoral
privilegia las garantías, necesariamente debe poner
en segundo plano la velocidad, la primicia, el
satisfacer la demanda de un resultado macro,
aproximado y no oficial.
Si la sociedad uruguaya es a escala universal la que
más confía, o una de las que más confía (pero no hay
otra que confíe más), en los procedimientos
electorales, ello se debe a múltiples factores: la
cultura cívica de los ciudadanos, su forma de
proceder, el nivel de los actores políticos y
algunos otros más. Pero sustancialmente se debe a
que a la cabeza del proceso electoral, de su
organización y su juzgamiento, hay una Corte
Electoral cuya seriedad, trasparencia y rigor son
reconocidos por todos, y la consecuencia es la
existencia de absolutas garantías de que loque los
ciudadanos voten es lo que, contado y sumado, se
traduce en un conjunto de estadísticas llamado
resultados electorales.
La Corte sin ninguna duda necesita modernización, y
recursos para ello. A esta altura de la tecnología
no se justifica que el acta de escrutinio no se
labre en un procedimiento digital que permita a la
vez su impresión (para la consiguiente documentación
y firma) y su trasmisión on-line y en tiempo real
para la acumulación de datos. Con ello la Corte
tendría el escrutinio primario cuasi finalizado en
las primeras horas de la madrugada. Tampoco se
justifica que no haya un registro magnético (junto
al manual) de los votantes. Y uno diría que punto,
porque cuidado con novelerías como el voto
electrónico u otros parecidos que están en retroceso
en el mundo, por la reiterada acumulación de errores
y dudas en sus garantías. Pero es pueril reclamar,
como se hace desde algunas tiendas periodísticas o
académicas, que la Corte Electoral se apresure a dar
resultados apenas cerradas las urnas. Cuando se dice
como crítica: “serán los privados los que darán
resultados”, no se entiende la absoluta diferencia
de roles. La Corte no está para dar primicias, sino
para otorgar garantías. Porque si esas garantías
fallan, si la Corte Electoral fallase, estarían en
cuestionamiento las instituciones democráticas. La
democracia requiere que la Corte Electoral haga su
trabajo con los tiempos que le insuma verificar cada
dato, procesar cada recurso, fallar en cada uno, y
arribar a conclusiones que estén más allá de toda
sospecha. El haber actuado históricamente así es lo
que determina que este organismo sea un orgullo
nacional.
Es otro el rol de los privados, de los llamados
encuestadores, aunque en realidad es el trabajo de
institutos o consultorías que realizan una
proyección estadística de resultados de votos reales
y no de productos de encuestas. Es satisfacer la
primera de las demandas, el dar la noticia macro, en
este caso, quién es el candidato de cada partido.
Necesidad que viene siendo satisfecha por los
privados, casi sin errores desde que se usan estas
técnicas (hubo un error en TV privada por un
instituto oficial y no privado, y otro error por
radio de una consultora privada)
Lo importante para la democracia es que si un
instituto privado se equivoca, si un medio de
comunicación se equivoca, habrá algún que otro
malestar, pérdida de prestigio y hasta incidente,
pero las instituciones no sufren. Si la Corte
Electoral se le ocurriese, como al IFE en México,
ser quien da datos por aproximación, en caso de
fallar en esos anuncios las consecuencias serían
funestas. Por eso es una falsa oposición la de
confrontar el trabajo de los institutos privados con
el de la Corte. Todo lo contrario, son labores
complementarias: uno aporta toda su sapiencia y
arriesga su capital académico para satisfacer la
necesidad de urgencia que tiene la sociedad por
conocer el macro resultado, a cuenta de que asume
para sí todo el riesgo de un posible error. La Corte
aporta la trasparencia y la garantía de que el
resultado final es a prueba de todo cuestionamiento.