Conviene una vez más insistir en que las elecciones del
domingo pasado no fueron elecciones internas y
simultáneas, porque no fueron al interior de los
partidos, organizadas por los partidos, en locales
partidarios, con reglas trazadas por los partidos y con
electorados previamente definidos por los partidos.
Elecciones internas y simultáneas son las elecciones
diferentes pero sincrónicas. Estas en cambio son
elecciones generales, donde bajo la organización y
juzgamiento de la Corte Electoral, la totalidad del
Cuerpo Electoral uruguayo es convocado a participar para
elegir tres cosas: el candidato único de cada partido a
la Presidencia de la República, el Organismo
Deliberativo Nacional (ODN) de cada partido y el
Organismo Deliberativo Departamental (ODD) de cada
partido en cada departamento. Es la primera elección de
tres vueltas para definir los órganos nacionales del
Estado, algo muy original en el mundo, por lo que
Uruguay más que un balotaje tiene un sistema de elección
por eliminatorias, un sistema de copa o de play-off. Lo
que se jugó el domingo fueron los cuartos de final.
Toda
elección se juega en el plano de los efectos jurídicos
(es decir de lo que efectivamente se traduce de votos a
cargos) y en el plano de lo simbólico. No hay cosa que
marque más el carácter simbólico de la elección que la
fenomenal competencia para un órgano sin poder ninguno,
como el Organismo Deliberativo Nacional del Frente
Amplio: 16 listas de promedio en cada una de los
departamentos para un cuerpo cuya única función es
proceder a la formal elección del candidato a
vicepresidente de la República que previamente hubiere
seleccionado el Plenario Nacional de esa fuerza
política. Demasiada competencia para un acto inútil. Sin
embargo, los resultados para esa elección inútil ha
provocado desde el fortalecimiento de dirigencias de
algunos sectores frenteamplistas, hasta fenomenales
trifulcas en otros, según que al resultado se lo
considerase un éxito, un fracaso o un más o menos.
La
competencia entre partidos, que jurídicamente existe,
porque la gente no vota dentro de los partidos sino a
los partidos (más exactamente, vota a los lemas), tiene
una dimensión extraordinaria en el plano de lo
simbólico. Y en ese plano hay ganadores y perdedores,
rankings confirmados y rankings alterados. De las urnas
del domingo pasado emerge un ranking alterado, quien
debió ser el primero obtuvo el segundo lugar, a la
inversa quién debió ser segundo salió primero, y por
tanto hubo un ganador neto y un perdedor neto entre los
partidos. Como es obvio, el ganador lo es el Partido
Nacional y el derrotado el Frente Amplio. Discutir esto,
como algún dirigente frenteamplista o analista con
camiseta tricolor ha querido hacer, es una conducta
digna del avestruz, de esconder la cabeza para no ver la
realidad. Tampoco la derrota quiere decir preanuncio de
derrota en octubre, ni la victoria del victorioso
preanuncia su triunfo en octubre. Ni lo uno ni lo otro.
Una
elección de carácter voluntario, como antecedente de una
elección de carácter compulsivo, no mide la efectiva
adhesión de la gente a los actores políticos, sino que
mide más bien el poder de convocatoria de cada uno. El
nivel de adhesión en este caso no lo miden las urnas,
sino los estudios cuantitativos de opinión pública, es
decir (perdón por la palabra que a muchos provoca
urticaria), las encuestas. Las urnas midieron el domingo
28 de junio el nivel de convocatoria de partidos y
candidatos.
Cabe
recordar también que junto con la elección nacional
(candidato presidencial, ODN), hubo una competencia
departamental, la elección de los Organismos
Deliberativos Departamentales, que es la elección
preliminar de las elecciones municipales del 9 de mayo
de 2010. Es decir, estuvo también en juego el
fortalecimiento o debilitamiento de los intendentes
municipales, de los partidos en relación a los gobiernos
departamentales y de figuras que aspiran a la
intendencia municipal de cada departamento.
En el
plano de la convocatoria, el Frente Amplio fue derrotado
varias veces:
Uno.
Como partido, porque pierde el primer lugar por primera
vez desde octubre de 1999,
Dos.
De José Mujica se esperaba un alud de votantes, en un
fenómeno al estilo del Perón de 1945 o de 1973, un alud
de convocatoria. Mujica tiene el perfil del “padre de
los pobres” y se esperaba que “el pobrerío” (para usar
una expresión de aquella época, técnicamente el nivel
socioeconómico bajo, y en particular el segmento
conformado por los excluidos) concurriesen masivamente a
darle su respaldo. Resulta que en Montevideo al menos,
los barrios más pobres tuvieron menor concurrencia que
los barrios más ricos o más medios. Y la sorpresa de
todas las sorpresas resultó que Luis Alberto Lacalle
tuviese más convocatoria que Mujica
Tres.
Danilo Astori era el delfín ungido por Tabaré Vazquez,
cual Príncipe de Asturias. No solo tuvo el desafío de
Mujica, el tercer lugar en la votación del Congreso del
Frente Amplio, el segundo lugar en las urnas el domingo
pasado al interior de la fuerza política oficialista,
sino que individualmente demostró sustancialmente mucho
menor poder de convocatoria que Jorge Larrañaga.
Cuatro. Un gran salto cualitativo de la izquierda en las
elecciones nacionales de 2004 fue la obtención por
primera vez de gobiernos departamentales fuera de la
capital, y en una cantidad significativa: 7 en 18. Esta
vez fue derrotado en esos 7 departamentos, no ganó en
ninguna de las jurisdicciones en que gobierna en el
interior del país. En Florida, Paysandú y en Treinta y
Tres el FA fue virtualmente duplicado por el Partido
Nacional. En el departamento clave de Maldonado y en
Rocha perdió por una relación grosso modo de 4 a 3. En
Salto perdió por menos de 10 a 9, pero esa amortiguación
fue producto de otro fenómeno, la extraordinaria
votación del Partido Colorado, que obtuvo la cuarta
parte de los sufragios (por lo que en relación a los
partidos tradicionales, casi fue duplicado). Y
finalmente la elección más ajustada fue la de Canelones,
donde pese a tener al intendente municipal como
precandidato presidencial perdió por una relación de un
poco menos de 10 a 9.
Esta
es la magnitud del golpe que en el plano simbólico
sufrió el Frente Amplio, que hace tres años se
encaminaba a revalidad el poder de manera avasallante y
que tan cerca como hace un año calificados dirigentes
apostaban a que no bajaría del 60% del electorado. Es un
gran golpe de realismo y a la vez un fuerte coscorrón a
muchas soberbias que todavía se mantenían. Cabe ahora
(será materia para otro domingo) comenzar a bucear sobre
las causas de esta derrota.