
El 28 de junio se dieron tres resultados en el plano
simbólico que representaron sendo golpes para la
izquierda política: el triunfo del Partido Nacional
sobre el Frente Amplio, la mayor convocatoria de
Lacalle en relación a Mujica y la mayor convocatoria
de Larrañaga en relación a Astori. A esas tres
dimensiones, hay que agregar un cuarto elemento de
medición de la caída de convocatoria del Frente
Amplio: mientras ambos partidos tradicionales en
conjunto lograron una participación en más de 20 mil
votantes en relación a las elecciones preliminares
de 2004, el Frente Amplio aumentó la participación
en solo 13 mil. Es decir, que con la formidable
competencia Mujica-Astori-Carámbula, la izquierda
tuvo un aumento de su caudal electoral menor que los
partidos tradicionales y un puñado de votos en más
de cuando tenía candidato único y, por tanto, una
elección burocrática, sin efecto político alguno.
Qué pasó es fácil de determinar con objetividad y
sin preconceptos, y sin querer seguir la política de
negar la realidad. Lo que no es fácil determinar es
por qué pasó eso. Por lo pronto hay un conjunto de
indicadores en sentido contrario, que apuntarían a
que el Frente Amplio tendría que tener una
convocatoria y un apoyo mayor al registrado cinco
años atrás: bajó la pobreza y mucho más aún la
indigencia, aumentó sensiblemente el ingreso de los
hogares, la cantidad de personas beneficiadas en
este periodo de gobierno - en términos materiales -
es varias veces mayor que la cantidad de personas
perjudicadas; en el plano de lo simbólico, es
importante la cantidad de personas que en el acceso
a la salud ascendieron socialmente, es decir,
pasaron de la asistencia pública al sistema mutual.
Ninguno de estos indicadores son controvertidos, lo
que la oposición discute es otra cosa: que estos
resultados en general no son mérito del oficialismo,
sino efectos de la bonanza económica mundial, y en
particular de la extraordinaria bonanza económica
regional, de la que se benefició el Uruguay en los
tres primeros años y medio de este gobierno. Es
difícil pensar que la gente que se ve beneficiada,
tienda a pensar que no aprecia los beneficios porque
no hubo suficientes previsiones anticíclicas en la
conducción económica, ni porque la tasa de
crecimiento medida en términos de distribución debió
haber sido mayor si las políticas hubiesen sido
otras y no las aplicadas. Eso es una muy buena
discusión académica, sin ganadores ni perdedores
porque nadie puede probar lo que no ocurrió ni
demostrar las bondades de lo que hubiera ocurrido;
pero es una discusión estéril en términos
electorales, pues la gente se conduce por cosas más
tangibles y visibles.
Entonces, la primera sorpresa, es que las
condiciones objetivas – fueren gracias a la labor
del gobierno, gracias a factores externos sin arte
ni parte del gobierno, o pese al gobierno – resultan
favorables al oficialismo y la reacción de la gente
no se corresponde con ello. Aquí hay o un problema
de comunicación o, quizás mejor, más
sustancialmente, la existencia de desafectos
promovidos por otros factores. Probablemente un
conjunto de esos factores tenga que ver con que
medido en términos de mejoramiento de vida, de
cambio de la vida de un hogar, una familia o una
persona, mejorar el 25% o el 30% sus ingresos no le
cambia nada: le hace llegar mejor a fin de mes, le
da algo más de holgura, pero su vida sigue siendo la
misma. Eso contrasta seguramente con el nivel de
expectativas, que normalmente es
inconmensurablemente alto y se mueve no en el
terreno de lo posible sino en el terreno de lo
mágico: que a partir de un cambio de gobierno a una
persona le cambia sustancialmente la vida, va a
vivir de otra manera, va a pegar un salto
cualitativo. Y eso o ocurrió, en principio
sencillamente porque es imposible que ocurra.
Además, el gobierno invirtió en muchas cosas que le
cambian la vida a pocos, como un mayor nivel de
ingresos, e invirtió poco en cosas que sí cambian
radicalmente la vida, como es la vivienda. Y en
materia de educación, en que el cambio en la vida se
nota con los años y no con un solo lustro, el
gobierno casi no invirtió, ya que lo hizo en sueldos
de los docentes y el personal de la enseñanza, pero
eso no se traduce en el corto plazo en cambio en la
calidad de la educación.
Otra línea explicativa del por qué lo del 28 de
junio en el FA tiene que ver con la desmovilización
de su estructura, que es más que un problema de
aparato, recursos y logística, es un problema de
desmotivación de la militancia, de los activistas
reales o potenciales. Es que el gobierno rompió con
la militancia y lo hizo de manera expresa. La
estructura frenteamplista quedó marginada de toda
participación; no hubo debate ni consulta en nada,
ni en el nombramiento o recambio en el gabinete
hasta la toma de trascendentes decisiones como el
Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos o la
ley del aborto, la promoción de la misma y el veto a
la misma. Pero lo más relevante es que esto no
ocurre en un partido cualquiera, sino en un partido
que marcó como diferencia sustancial con los
partidos tradicionales, el ser un partido de acción
política permanente y no meramente electoral, y de
ser un partido participativo, en que sus miembros
son partícipes de las decisiones. Entonces, el
divorcio es mucho más que un problema de olvidos, es
un cambio ideológico sustantivo en la concepción del
papel del partido. Cuando en un partido se concibe
la estructura como maquinaria electoral, se la forma
y mantiene como tal, y cuando se la necesita,
funciona. Cuando una estructura se la concibe como
de participación política y se la reduce a
maquinaria electoral, desaparecida la participación,
no funciona como maquinaria electoral. Y así
ocurrió.
Pero también la política del gobierno cosechó
beneficiarios sin que políticamente se consolidase
la adhesión de esos beneficiados y en cambio cosechó
desafectos en núcleos duros, de hierro, provenientes
de la época en que ser frenteamplista implicaba
riesgos y sacrificios.
Otra dimensión es la creciente personalización,
ayudado por el sistema político-electoral de 1996.
El Frente Amplio pasó de privilegiar la adhesión a
partidos y sectores, a grupos institucionalizados,
por el juego de las adhesiones personales, de tipo
caudillista o lideral. En ese sentido fue muy fuerte
la impronta de Tabaré Vázquez, que jugó a un
personalismo en las adhesiones sin la contracara de
una conducción coherente, no fue el expositor de un
rumbo, de un modelo de país, de la construcción de
un ideario, sino más bien el exponente de
sensibilidades, de sentimientos. Y Vázquez aparece
sucedido por dos figuras de impronta personalista,
como el más caudillista José Mujica o el más lideral
Danilo Astori. Pero algo pasa cuando la acción
combinada de los tres demuestra escasa convocatoria;
basta con recordar que la recolección de firmas por
la reelección presidencial alcanzó apenas las 100
mil, es decir, que firmó menos de 1 cada 20
electores.
Por acá andan algunos, y no todos, los por qué de
ese resultado.