
Una prostituta de lujo, Patrizia D’Addario,
cuarentañera, se ha constituido en el foco de
atención mediático no solo en Italia sino también en
toda Europa, por el hecho de haber participado en
fiestas licenciosas en la(s) casa(s) de Silvio
Berlusconi y haberse acostado con el jefe del
gobierno italiano, a la tarifa (discutida su
exactitud) de mil a dos mil euros la noche.
Realmente significativo es que la prostituta grabó
las conversaciones suyas con el gobernante, mientras
diversos paparazzi lograron imágenes de algunas
escenas – dicho en lenguaje de hace medio siglo –
“subidas de tono”. Esas grabaciones de audio,
grabaciones de video y fotografías han sido
desplegadas en los medios de comunicación
sensacionalistas y en otros nada sensacionalistas
pero vinculados a las corrientes políticas de
centro-izquierda e izquierda, particularmente en la
misma Italia y en España. El diario La Repubblica de
Roma hace un juego completo: cubre in extenso el
tema, difunde las grabaciones y paralelamente
encarga una encuesta que arroja una pérdida de
popularidad del primer ministro. El hecho de que
haya habido intención de grabar las conversaciones y
las escenas, hace sospechar a muchos defensores del
gobernante de la existencia de una conspiración
política o periodística.
Circa una década y media atrás, una pasante llamada
Monica Lewinsky fue el foco mediático por haber
tenido sexo oral con el presidente de los Estados
Unidos en el mismísimo Salón Oval del Ala Oeste, lo
que derivó hasta en el inicio de un juicio de
destitución al jefe de Estado (“impeachment”).
En el caso actual, Italia no solo está sacudida por
los devaneos sexuales de un hombre bastante mayor
con pretensiones de juventud eterna y costumbres muy
liberales, sino que también está sacudida por los
impactos de la gran crisis económica y financiera
internacional, sumada a una particular crisis
estructural de la economía italiana que viene de
larga data. Pero lo que está en los primeros planos
no es la crisis, sino los escándalos.
Ambos casos – el norteamericano y el italiano -
plantean el tema de cuál es el nivel de vinculación
y el nivel de separación entre la vida privada y la
vida pública de las personas públicas, en particular
de quienes tienen importantes responsabilidades de
gobierno o de Estado. Al respecto surgen dos tesis
opuestas, una amplia y una restrictiva. La tesis
amplia sostiene que una persona pública debe
necesariamente carecer de vida privada, es decir,
como se acostumbra a decir en Estados Unidos, debe
vivir en una pecera. Porque su vida privada
demuestra cuáles son sus valores, su conducta, sus
responsabilidades, sus virtudes y sus vicios, sus
desviaciones y defectos. Con ello, cada cual podrá
tener un cuadro completo del personaje público,
ponerle a cada cosa el peso que le pareciere y sacar
las conclusiones que considerase del caso. Los
partidarios de esta tesis sostienen que ocultar a la
gente la vida privada de los personajes públicos es
ocultarle una faceta importante de sus vidas,
restringir la información suficiente para
valorarlos.
La tesis restrictiva sostiene que una persona
pública debe ser analizada, juzgada y valorada
acorde a su actuación pública, a sus logros,
realizaciones, exposiciones, virtudes y defectos,
logros y falencias, en el quehacer público. Y que la
vida privada debe quedar confinada a lo privado,
siempre y cuando no traspase determinados límites,
que son los impuestos por el derecho, básicamente
por el derecho penal. Con ello se preserva a la
sociedad de varios males: uno es la
“farandulización" de la política”, el invertir el
debate público para privilegiar el juego de
denuncias y contradenuncias en torno a hechos
privados, y minimizar la discusión sobre los
problemas colectivos, sobre los problemas del país y
de la sociedad, sobre lo que afecta a la Nación en
cuanto tal y a cada individuo en particular. Pero
además se evita que haya una inversión en las
cualidades que se exige a un gobernante; dicho en
términos groseros, que más vale ser buen padre y
buen esposo, aunque absolutamente incapaz para
llevar adelante un país y resolver sus problemas,
que ser un buen gobernante aunque mal padre o
cónyuge infiel. Se sostiene que los países que
privilegian hurgar sobre la vida privada cometen
generalmente dos grandes errores: por un lado
banalizar la política y por otro elegir para los
cargos de gobierno a santurrones incapaces; y que lo
uno y lo otro significa un elevado costo para la
sociedad, que más tarde o más temprano tendrá que
recurrir a gente capaz (sin importar su ética
privada) y a debatir los problemas reales. Y
finalmente se agrega que existe una clara
preferencia de la gran mayoría de los medios de
comunicación por la farandulización de la política,
por dos razones: uno, que la audiencia o circulación
de un medio que difunda escándalos privados es
siempre superior (varias veces superior) a los
medios que difundan debates económicos, financieros,
políticos, sociales o jurídicos; dos, que cualquier
periodista con escasa formación puede cubrir con
solvencia la información sobre escándalos sexuales,
pero solamente periodistas muy bien informados
pueden encarar la información sobre los problemas de
fondo de un país, una sociedad o el mundo.
Estas dos tesis plantean la alternativa entre dos
visiones de la relación entre el gobernante y la
sociedad, especialmente en las democracias modernas.
Pero fuera de ello, el problema que tiene el uso de
la vida privada en la competencia pública, es que se
presta con mucha facilidad a juegos políticos ajenos
al necesario “fair play” en que se asienta la
democracia. El Partido Republicano no encontraba en
aquella época la forma de enfrentar ni a Bill
Clinton ni al predominio del Partido Demócrata, cuya
actuación concitaba el apoyo mayoritario de la
población. En la Italia de hoy, un centro-izquierda
desorientado, sin proyecto político sólido, a la
deriva, sin liderazgo, recientemente fallido en el
breve ejercicio del gobierno, obsesionado por la
invencibilidad política de Silvio Berlusconi,
necesita ensayar el camino del espionaje político y
el escándalo sexual para ver si logra debilitar el
apoyo popular del gobernante. Es decir, aunque la
tesis amplia surja como una visión ética de la
política, que busca una total sinonimia entre la
vida privad ay la vida pública de los personajes
públicos, puede derivar en una forma de juego
político antiético, por fuera de las reglas y los
caminos políticos, para encontrar atajos en la
búsqueda del poder propio o el debilitamiento del
poder ajeno. Como decía un humorista por estos días:
“Si me inquieren qué opino de Berlusconi, primero
pregunto: ¿para novia de mi hija o para jefe del
gobierno?, porque para cada caso tengo una respuesta
diferente”
Uruguay tiene una larga tradición de tesis
restringida, de separación rígida entre la vida
pública y la vida privada. Y en cada campaña
electoral algunos actores y muchos periodistas
cuestionan esta tradición. Es un debate que no está
abierto, pero si latente,