En el juego político un tipo de error que acecha
es la posibilidad de convertir una victoria en
derrota. Un caso paradigmático fue el cometido por
Tabaré Vázquez en 1994. Cabe recordar la anécdota.
El Frente Amplio marcó desde su nacimiento el
objetivo de romper el bipartidismo tradicional para
luego caminar hacia la construcción de un nuevo
bipartidismo. La primera meta sustancial de ruptura
del bipartidismo significaba consagrar el
tripartidismo perfecto, lo cual ocurre en la noche
del 27 de noviembre de 1994, cuando prácticamente
empatan los tres partidos, ya que entre el primer y
el tercer partido se dio una distancia de tan solo
1.7 puntos porcentuales. Una Cámara de
Representantes con 32 diputados colorados, 31
nacionalistas y 31 frenteamplistas fue el espejo de
ese tripartidismo perfecto. En su cuarto elección
como nueva fuerza política, el Frente Amplio alcanzó
su primer objetivo, la ruptura completa del viejo
bipartidismo. En cada una de las dos elecciones
siguientes lograría los dos objetivos que le
faltaban: constituirse en la primera fuerza política
del país y luego obtener la mayoría absoluta en
ambas cámaras.
Pero esa noche de noviembre hubo un episodio que
llevó a convertir esa victoria en derrota. Aquélla
fue la última elección nacional por el viejo sistema
de elección presidencial a mayoría relativa. Ocurrió
que como resultado de una encuesta a boca de urna,
la Universidad de la República anunció el triunfo de
Tabaré Vázquez como presidente de la República. La
noticia desató el frenesí frenteamplista, de alguna
manera alentado por el candidato que se creía
ganador. Por su parte, el Frente Amplio contaba con
su propia proyección de escrutinio, que en
coincidencia con las realizadas por Factum y Cifra,
concluían en el irreversible tercer lugar para la
fuerza política de izquierda. El general Seregni, en
su última elección como presidente del Frente
Amplio, instó durante varias horas sin éxito a que
el candidato reconociese la derrota y apagase un
equivocado festejo. Lentamente la verdad se impuso,
el candidato perdedor se desvaneció por la azotea de
la sede electoral y el pueblo fenteamplista - en la
noche de su primera gran gloria - se fue a casa
presa de frustración y amargura. El primer objetivo
perseguido, alcanzado en tiempos históricos mucho
antes de lo previsto, apenas una elección después de
la traumática ruptura que puso en riesgo su
existencia (cuando lo abandonan la Democracia
Cristiana y lo que se constituyó en Nuevo Espacio),
debió dar para un largo festejo, celebrar el fin del
bipartidismo histórico y la consagración de una
nueva etapa, pero se convirtió en derrota por creer
haber alcanzado un logro mayor. (En realidad hubo un
doble yerro, porque además el entonces rector de la
Universidad y hoy presidente del Frente Amplio
involucró a la institución estatal en su conjunto en
un proyecto que tan solo era de un instituto, el de
Estadísticas, de una facultad, la de Ciencias
Económicas)
Hace cinco años, en las elecciones preliminares
del 27 de junio de 2004 (las mal llamadas
“elecciones internas”), el Partido Nacional alcanzó
un éxito formidable de características históricas.
Todos los augurios sobre la eventualidad de un nuevo
bipartidismo, con el Frente Amplio como uno de sus
polos, suponían que el otro lo sería el Partido
Colorado. Así lo reconocía el líder nacionalista
Wilson Ferreira Aldunate cuando respondía con enojo
cada vez que Seregni preanunciaba ese nuevo
bipartidismo. Además, la colectividad blanca se
había situado hasta entonces por detrás de la
colectividad colorada en todas las elecciones
habidas en el Uruguay moderno, con solo cuatro
excepciones. Sin embargo, cuando el bipartidismo
histórico muere, el que sobrevive es el partido
Nacional y no el Colorado.
Entonces votó, como ahora, casi la mitad del
electorado residente en el país, quizás un poco
menos. En relación a esa mitad el nacionalismo se
situó menos de dos puntos porcentuales por detrás
del Frente Amplio, lo que llevó a buena parte de la
dirigencia nacionalista, y en particular a su
flamante liderazgo, a la ilusión óptica de ver una
total paridad entre ambas fuerzas en el conjunto del
electorado nacional. Las falencias generalizadas en
el país en aprender y captar el uso de los
porcentajes llevó al error de proyectar el resultado
de una votación de medio país al universo del país
entero. Lo cual supone la hipótesis de que el no
votante tiene un comportamiento electoral
exactamente igual al votante, que el segmento
pasivo presenta la misma composición que el segmento
activo. La hipótesis podría ser cierta, si se
investiga y demuestra su veracidad. Pero todas las
investigaciones iban en sentido contrario. Esas
investigaciones, en la modalidad de encuestas,
sufrieron la primera de las embestidas contra este
instrumento científico. El último mes de campaña
electoral el Partido Nacional no enfocó sus dardos
contra su oponente, sino que eligió a un componente
sentado en la platea - las consultoras de opinión
pública como conjunto - que le molestaba porque
mostraban lo que la ilusión óptica impedía ver.
Cuando en la noche del 31 de octubre se conoció el
resultado, en que el Partido Nacional perdió con el
Frente Amplio por 17 puntos porcentuales medido en
votos válidos, una parte significativa de la masa
blanca sufrió la inmensa desilusión de ver esfumarse
la paridad de fuerzas que creyó ver en la ilusión
óptica de las elecciones internas.
La historia se repite y una parte importante de
la dirigencia y la masa nacionalistas creen la
ilusión óptica que en junio el Partido Nacional
obtuvo el 45% del electorado nacional, cuando obtuvo
el 45% de los votantes en una elección en que
participó menos de la mitad del electorado. En
realidad obtuvo el respaldo del 21% del electorado
nacional (y el Frente Amplio tan solo el 19%).
Medido por el único instrumento científico válido,
las encuestas, surge que la paridad existente en el
país no es entre el Frente Amplio y el Partido
Nacional, sino entre el Frente Amplio de un lado y
el conjunto de partidos tradicionales del otro. La
difusión de todas las encuestas de seriedad
reconocida, a cuyo frente hay catedráticos
universitarios, despierta dos reacciones: la
desilusión ante un escenario diferente a la ilusión
óptica o el enojo con el portador de la noticia,
pues rompe la ilusión.
El Partido Nacional obtuvo una victoria simbólica
muy importante el 28 de junio, administró de manera
óptima ese resultado y retempló a su gente. Pero fue
una victoria tan solo simbólica. Y el creer lo
contrario avizora el riesgo de tropezar otra vez con
la misma piedra y convertir una victoria en derrota.