A
siete semanas de las elecciones nacionales la
campaña electoral muestra una considerable baja en
la discusión programática y un crescendo en los
cruzados ataques personales, agravios, insultos y
recuerdo del uno al otro de las malas prácticas en
que incurren. Se observa con preocupación – más allá
de la intención descalificadora – la existencia de
importante errores de diagnóstico y de confusiones
sobre los distintos fenómenos de los que se habla,
en particular en torno al término clientelismo.
Es necesario precisar que para el análisis de la
praxis política debe despejarse toda connotación
ética. Las prácticas pueden ser morales para unos e
inmorales para otros. Pero en general analíticamente
importan solo dos cosas: Una, cómo lo califica la
población, si para la gran mayoría son prácticas
aceptables o inaceptables, o cómo se segmenta la
población en cuanto a niveles de aceptabilidad,
neutralidad o rechazo. Dos, cuán funcional es a la
praxis política la existencia de esos métodos.
En general – y es materia para otro análisis – puede
pensarse que muchas de las prácticas asociadas al
clientelismo y otros métodos similares, van en
constante y creciente pérdida de eficiencia en los
niveles macro de decisiones, es decir, los que
afectan a los grandes bloques políticos y a los
partidos. Es posible – habría que estudiar
detenidamente sus efectos – que tengan una mayor
importancia en los segundos y terceros niveles de
competición, entre quienes aspiran a cargos
parlamentarios en la rama baja o posiciones a nivel
departamental.
Lo que importa, más allá de su relación con la ética
y de su funcionalidad, es no confundir diferentes
métodos, y además diferenciar los diferentes
objetivos de las distintas prácticas.
En principio corresponden diferenciar los siguientes
objetivos:
Uno, votacional, cuando la praxis tiene por
finalidad la obtención del voto del ciudadano o de
los votos de los ciudadanos, o constituyen una
retribución por el o los votos recibidos
Dos, financiero electoral, cuando el objetivo es la
obtención de recursos financieros o materiales para
el desarrollo de la acción política o más
específicamente la realización de una campaña
electoral, o es la retribución por el apoyo
financiero o material para la acción política o la
campaña electoral.
Tres, personal-político, cuando la finalidad es la
obtención de posiciones políticas, cargos públicos,
o poder, para el actor político, sus allegados, sus
socios políticos, terceras personas que han
contribuido a la labor partidaria o electoral, o
terceras personas de de su relación
Cuatro, personal no político, cuando la finalidad es
la obtención de beneficios materiales o monetarios
para el actor político, sus allegados, sus socios
políticos, terceras personas que han contribuido a
la labor partidaria o electoral, o terceras personas
de de su relación.
Estas son distinciones muy importantes, Por ejemplo,
en tangentopoli – la sucesión de procesos
judiciales, campañas políticas y periodísticas que
desembocaron en Italia en la caída de la Primera
República – se evidencian fuertes confusiones entre
prácticas destinadas a lo político )ya fuere lo
financiero-político o lo personal-político) con
prácticas cuya finalidad es lo personal no político,
es decir, el lucro personal. Especialmente en los
altos niveles casi no se encontraron casos de praxis
con finalidad de lucro personal. Pero claramente se
confundió lo uno con lo otro, que en términos de
análisis de la funcionalidad del sistema político no
son comparables.
Lo otro es distinguir métodos. Entre los cuales – a
título de ejemplo y no de inventario exhaustivo –
cabe mencionar:
Clientelismo. Otorgamiento de favores en forma
individual, o a un segmento específico de
ciudadanos, a cambio de o como contrapartida del
voto u otra forma de apoyo político o electoral.
Para que exista clientelismo debe existir el trueque
de otorgamiento del favor contra el voto o el apoyo,
en forma directa. Debe tener la forma de trueque, de
contraprestación o de contrapartida.
Proselitismo a cambio de beneficios colectivos. Una
praxis diferente – que en esta campaña electoral
muchos confunden con clientelismo – es la
realización de obras, la prestación de servicios o
el otorgamiento de ayudas, en forma genérica e
indiscriminada aun sector determinado, sin exigencia
previa de contraprestación política o electoral.
Luego – he aquí el proselitismo – el realizador,
prestador u otorgador realiza una acción
propagandística para difundir su autoría, crear la
necesidad del agradecimiento y convocar al apoyo
electoral o político. Pero a diferencia del
clientelismo, no existe un trueque específico, ni el
proselitismo a posteriori asegura que todos los
beneficiados respondan electoralmente, y a veces
tampoco asegura que lo haga una mayoría.
Amiguismo. Como define la Real Academia, es la
“tendencia y práctica de favorecer a los amigos en
perjuicio del mejor derecho de terceras personas”. Y
este favorecimiento puede ser material, monetario,
en cargos públicos o en compras, adjudicaciones o
concesiones del Estado u organismo público. Nada
tiene que ver con el clientelismo.
Nepotismo. Para la Real Academia es la “desmedida
preferencia que algunos dan a sus parientes para las
concesiones o empleos públicos”. Se puede decir que
es muy parecido al amiguismo, que solo lo diferencia
el hecho de que los beneficiarios tienen una
relación de parentesco biológico (como padres,
hijos, hermanos, nietos, sobrinos, tíos, primos) o
político (como suegros, yernos, nueras, cuñados)
Es necesario tener en cuenta que algunas prácticas
se han agotado por el cambio social, económico e
institucional del país. Por ejemplo, la mayor
eficiencia de lo público y la imposibilidad de un
mayor agigantamiento del Estado son dos elementos
que han debilitado el clientelismo. El primero,
porque ya no es necesario recurrir al favor político
ni para obtener un teléfono (como suena, se obtenía
por recomendación política hace tan poco como dos
décadas) ni para tramitar la jubilación. Tampoco es
posible en grandes cantidades la concesión de empleo
público estable y bien remunerado, porque el erario
público no admite un crecimiento exponencial del
rubro retribuciones personales (ya no es posible,
como en el presupuesto de 1960, la creación
simultánea de 10.000 cargos en la administración
central). Una praxis deviene crecientemente en
inmoral en proporción inversa a su pérdida de
funcionalidad. Esta es una regla de oro. Rara vez lo
que es funcional es visto como inmoral.
Lo que hay que atenerse sustancialmente es cuál es
el juicio de la sociedad, o de segmentos de la
sociedad, en cada caso, y cuál es la funcionalidad
de cada práctica.